Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2000/12/11 00:00

Coctel de lealtades

Lo que la historia enseña de estos episodios un tanto paralelos es que el electorado perdona las malas compañías pero no la deslealtad.

Coctel de lealtades

En medio de tanto suspenso que han despertado las elecciones en Estados Unidos (por cuenta del insólito empate de dos candidatos a pesar de los 100 millones de votos que hacían impensable este resultado; por cuenta de las versiones de fraude en la Florida, que también habíamos supuesto imposibles; por cuenta del debate sobre el sistema electoral gringo que permite que las elecciones pueda perderlas quien las ganó; y por cuenta, principalmente, de que el hecho claro es que todavía es oscuro quién será el próximo presidente de Estados Unidos) se nos ha pasado inadvertido un parecido que los protagonistas de la actual contienda electoral norteamericana tienen con los de la colombiana.

Bill Clinton fue, en este debate electoral, un fantasma que en todo momento persiguió las posibilidades electorales de su candidato Al Gore, como lo fue en su momento Ernesto Samper frente a las de María Emma Mejía en su aspiración a la Alcaldía de Bogotá, y a las de hace dos años de Horacio Serpa en su aspiración a la Presidencia.

Y no es que un episodio de oral sex tenga algo que ver con los Rodríguez Orejuela de Cali, Colombia. Sino que tanto Clinton como Samper quedaron estigmatizados ante la opinión por razones morales, aunque ellas provinieran de tan distinta índole.

Por eso, tanto a Gore como en su momento a Serpa, y más recientemente a María Emma Mejía en su campaña a la Alcaldía de Bogotá, se les presentó una cruel disyuntiva: distanciarse de sus mentores políticos o insistir en su lealtad hacia ellos.

María Emma se resolvió por lo primero, y son muchos los analistas políticos que insisten en que ello fue razón fundamental de su derrota: los antisamperistas la castigaron por haber sido samperista y los samperistas por haberse vuelto antisamperista.

Algo parecido podría sucederle a Al Gore. Al escribirse esta columna se mantenía el suspenso de los resultados, pero todo parecía indicar que si Gore no es quien pierde las elecciones su triunfo podría ser uno de los más apretados de la historia.

Los electores, al igual que a María Emma, castigaron a Gore porque también optó por independizarse de Clinton. Lo primero que hizo María Emma fue rodearse de galanistas en la campaña. Lo primero que hizo Gore fue rodearse de anticlintonistas. Comenzando por el candidato a vicepresidente, Joe Lieberman, que no fue elegido por ser judío —razón que podría ser muy legítima, para atraer a la colonia judía norteamericana— sino por haber sido el primer congresista que rompió abiertamente con el gobierno para criticar a Clinton por el caso Lewinsky.

La semana pasada The New York Times le dedicó toda una página al hasta ahora desconocido distanciamiento entre Clinton y Gore. En su campaña, este último se mostró obsesivo ante la posibilidad de aparecer siquiera una vez en la misma tarima con el presidente de Estados Unidos. Aparentemente hacía seis meses que no se hablaban, hasta una reciente reunión que hubo entre los dos en la Casa Blanca. Las familias también estaban distanciadas, comenzando por las dos esposas: Tipper Gore siempre mantuvo una postura duramente moralista frente al affaire de Clinton.

Así, al igual que Samper con María Emma, Clinton, frente a Al Gore, pasó de estar sentido al principio, a estar absolutamente indignado al final.

Y a todas estas, ¿quién viene a ser el Horacio Serpa del paseo gringo? Hillary Clinton. Así, como a pesar de haber perdido las elecciones todo el mundo le atribuye el futuro electoral que todavía tiene Serpa, así como su indudable solidez política, a su lealtad hacia Samper, con Hillary sucedió lo mismo: el electorado la premió por haber sido leal con su marido, no escondiéndolo ni negándolo jamás durante su campaña al Senado por Nueva York. A pesar de ser la mujer engañada, la víctima de las andanzas del presidente, Hillary no hizo más que aparecer al lado de su marido y con frecuencia cogida de la mano. Incluso cuando se le preguntó si nunca había pensado en divorciarse de él en pleno desarrollo del escándalo, ella dio una respuesta que en lenguaje samperista sería: aquí estoy, y aquí me quedo.

Lo que la historia enseña de estos episodios un tanto paralelos es que el electorado perdona las malas compañías pero no la falta de lealtad. Así como nadie se comió el cuento ni por un instante que de la noche a la mañana María Emma se hubiera vuelto independiente, al electorado de Estados Unidos no se le olvidó ni por un segundo que Gore era el vicepresidente de Clinton. Que éste se hubiera empeñado durante su campaña en aparentar que no lo era es lo que podría costarle la presidencia de Estados Unidos —o por lo menos las altas posibilidades que tiene de perderla, así termine ganándola— en un país donde la tradición hace impensable que a pesar de su infinito poder, todo un vicepresidente termine perdiendo las elecciones frente a un gobernador.



Entretanto… ¿Quién diablos ha entendido en qué consiste el acuerdo que supuestamente se está abriendo paso entre el gobierno y la oposicion?

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