Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2009/04/11 00:00

Colombia en Afganistán

Nuestro éxito en el control del territorio y la protección a la población podría ser inspirador.

Colombia en Afganistán

No es casual que Estados Unidos y sus aliados de la Otan hayan invitado a Colombia a participar en los esfuerzos por recuperar la seguridad en Afganistán. Esta invitación es el reconocimiento internacional más importante al enorme éxito de la política de seguridad democrática. En efecto, la experiencia colombiana tiene mucho que aportar para ayudar a sacar del pantano en que se encuentran los aliados después de más de ocho años de intervención en ese país asiático.

Afganistán y Colombia son dos países radicalmente distintos. Afganistán es de los más pobres del mundo, dividido en al menos 10 etnias importantes, siete lenguas distintas y dos religiones irreconciliables, con pocas y débiles instituciones nacionales. Colombia es un país de desarrollo medio, mucho más integrado nacionalmente y más institucionalizado. Pero en ambos países han existido amplias zonas del territorio nacional sin presencia del Estado, donde grupos armados irregulares se han empoderado por décadas, y con una persistente presencia del narcotráfico.

Pero Colombia ha logrado en relativamente poco tiempo recuperar su seguridad. Lo ha hecho aplicando una estrategia de control territorial por parte del Estado, de protección de la población, mayor presencia institucional, y ofensivas sostenidas contra los grupos irregulares que, sin embargo, han mantenido las puertas abiertas para negociar su desmovilización. Con otros términos y distintos énfasis, esta es la orientación de la nueva doctrina de acción contrainsurgente de Estados Unidos, plasmada en el más reciente manual de sus fuerzas militares. Y en un mundo tan inestable, hay elementos suficientes para pensar que este es el tipo de conflictos que mayoritariamente tendrá que afrontar en el futuro Estados Unidos, pasando a un segundo plano las guerras convencionales.

El inspirador de este nuevo manual de contrainsurgencia ha sido el general David Petraeus, hasta hace poco encargado de las operaciones en Irak, a cuyo liderazgo se deben los importantes avances logrados en la normalización de ese país, y quien ahora tendrá a su cargo las operaciones en Afganistán. Para él, Afganistán será "la campaña más larga de la larga guerra". Entiende la complejidad de la situación y no se despacha con fórmulas simplistas. Comprende que allí se libra una guerra contrainsurgente y no sólo una campaña antiterrorista. Que la guerra se libra no sólo en términos militares, sino también políticos. Sabe que además de restaurar la seguridad y erradicar los santuarios de los extremistas islámicos, es necesario invertir en desarrollo económico y social, fortalecer el imperio de la ley, y favorecer prácticas e instituciones democráticas. Para los críticos de izquierda esta nueva doctrina es la versión más reciente del neocolonialismo, para los de derecha es lo más parecido a una campaña de construcción de Estado, para lo cual no están preparadas las fuerzas armadas.

Para estos propósitos la experiencia colombiana puede ser muy útil. Nuestro éxito en el control del territorio y la protección a la población, con programas como los de seguridad vial, redes de informantes, policía local, soldados de mi pueblo, carabineros, podría ser inspirador. Igual podría serlo la forma como se ha restaurado la presencia del Estado en muchas regiones mediante la protección de los procesos electorales, las autoridades locales y el poder judicial. También el apoyo a las víctimas de la violencia, el retorno de los desplazados, e incluso -aunque menos- la sustitución de cultivos ilícitos. No serán menos interesantes los programas que promueven la deserción de los grupos irregulares y la iniciativa que concluyó en la desmovilización voluntaria de los grupos paramilitares.

Pero, además de poner un grano de arena en la pacificación de esa convulsionada y crítica región del mundo, Colombia también debe hacer valer en Afganistán sus propios intereses nacionales. El principal: nuestra política de alianzas militares y geoestratégicas. La forma: haciendo méritos para solicitar nuestro ingreso al Programa Asociación para la Paz de la Otan, del cual ya hacen parte Australia, Nueva Zelanda, Japón y Corea del Sur. Ser un socio privilegiado de la Otan en Suramérica no es poca cosa. Este debería ser un propósito de nuestra política de defensa nacional que nos brindaría una gran protección externa frente a las veleidades hostiles de ciertos vecinos, nos ayudaría a seguir modernizando nuestras Fuerzas Militares, y potenciaría nuestra voz en el concierto regional. La Otan bien vale una misa... o una campaña en Afganistán.

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