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Opinión

  • | 2017/03/08 07:41

    Nuestras costas y la necesidad de una política marítima

    El mar es un espacio estratégico que no puede seguir relegado para el Estado y para los colombianos que cohabitan en estos espacios.

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Uno de los grandes pecados que tenemos como nación es el hecho de no contar con una política marítima integral enfocada hacia el gran potencial marítimo que tiene Colombia como Estado privilegiado, al tener costas en los dos océanos.

Esto, que lo hemos dado por sentado durante toda nuestra historia, representa una gran deuda histórica y un tema que no puede seguir pasando inadvertido en pleno siglo XXI.

El mar es un espacio estratégico que no puede seguir relegado para el Estado, los colombianos y los demás actores formales e informales que cohabitan en estos espacios. La política integral marítima es una necesidad transversal, más allá de la simple intervención oficial, o su destinación como escenario de interdicción asociado al narcotráfico, ni un lugar para recordar en coyunturas políticas o convenientes visitas a territorios insulares.

El mar Caribe es un espacio desaprovechado históricamente y sólo aparece en la agenda nacional esporádicamente con temas asociados a migrantes ilegales, rutas del narcotráfico y procesos internacionales como los que se han desarrollado con cuestionados desenlaces en la Corte Internacional de Justicia.

Es una lástima que Colombia no haya desarrollado una industria pesquera de gran calado, una política sincera de protección y sostenibilidad ambiental, un turismo a gran escala y un mercado común de integración efectivo, como producto de la gran cantidad de tratados, instrumentos y organismos que comparten este espacio geográfico esencial.

El Caribe colombiano es un potencial de recursos en muchos aspectos, pesca, industria marítima, ecoturismo, construcción de comunidad, economía, tráfico y y transporte, y por supuesto, seguridad y ventaja estratégica.

Vendría bien una diplomacia paralela que permitiera compaginar los elementos clásicos de instituciones del Estado, militares y políticas; a la par de una estrategia de lazos de cooperación y dinamismo de agendas compartidas regionales a través de oferta de turismo, cultura, movilidad y construcción de comunidad, entre otros aspectos.

Los festivales musicales isleños, caribeños y antillanos; la cultura común, las lenguas nativas y compartidas y la homogeneidad en sistemas de subsistencia son las llaves que deberían abrir ese capítulo de una integración más profunda y menos institucional.

El Caribe como región hemisférica y estratégica debe poder jalonar esfuerzos que coadyuven el gran Caribe de nuestro continente, convirtiéndose en un eje articulador del desarrollo y la cooperación, como se previó casi desde tiempos coloniales y aún hoy, en pleno siglo XXI, sigue desaprovechado y olvidado por los gobiernos centrales y los Estados que indolentemente dejan perder sus recursos, o no ven en el una prioridad comercial, estratégica, de comunicaciones, entre otros aspectos.

Colombia necesita incluir un capítulo exclusivo sobre la política marítima ahora cuando se anunció la necesidad de revisar el sistema nacional ambiental, y toda la institucionalidad jurídica y política alrededor de un potencial único colombiano gracias a la diversidad,la biodiversidad,el clima y el potencial turístico y económico que reviste.

Si el panorama es sombrío en el Caribe, ni qué decir del Pacifico colombiano, escenario olvidado y permeado por la pobreza, el abandono, los grupos armados ilegales y las muchas deficiencias que padecen nuestras poblaciones ribereñas.

En el pasado se pensó en un Pacifico con zonas de desarrollo localizadas, buscando fomentar la industria, el comercio y la deslocalización de la industria con cercanía al puerto de Buenaventura. Sin embargo, el proyecto no llegó a buen puerto, en el sentido de que el desarrollo del Pacífico pasa por una estrategia que debe ser integral y articulada.

Mientras que no haya bienes públicos, oferta de servicios, seguridad y estabilidad, difícilmente un ejecutivo o inversionista se querrá establecer en ciudades en donde no hay oferta educativa, cultural, recreativa o deportiva.

Es un lugar común referirnos a la necesidad de desarrollar nuestra infraestructura portuaria y conectar los mares con los polos productivos, sin embargo, la realidad nos sigue mostrando una radiografía muy cruda de un atraso histórico que estamos en mora de corregir en este período.

Anhelo sinceramente que uno de los principales dividendos de la paz sea la posibilidad de lograr una infraestructura de calidad que acerque e integre las costas con el interior, pero sobre todo, que logremos dinamizar áreas productivas, zonas francas y complejos turísticos y urbanísticos socialmente responsables, integrales y ambientalmente sostenibles en los departamentos del Pacífico colombiano.

La clave del desarrollo de nuestro país siempre ha estado en esas dos ventajas que no hemos aprovechado y estamos en mora de convertir en una prioridad de la agenda nacional. Tal vez de cara al 2018 el tema se pueda posicionar como un interés prioritario de los aspirantes.

*Rector Universidad Autónoma del Caribe

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