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Opinión

  • | 2017/06/06 12:45

    Lo positivo del no

    Nadie está obligado a aceptar nada, pero al menos deberíamos afirmar el compromiso de dar respuesta.

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“A cuanto se le pide contesta afirmativamente; cualquiera que sea el favor que de él se solicite nunca dirá que no, pero promesa hecha, promesa olvidada. Siempre dispuesto a poner diligencia; nunca da un paso”, escribe sobre el carácter de los colombianos Gaspard-Théodore Mollien. 

Y también dice en el mismo Capítulo X: “La paciencia será pues una virtud indispensable para el extranjero; cuanto más quiera estimular la actividad de una persona con quien esté asociado en un negocio, menos conseguirá, y hasta podría suceder que por efecto de su insistencia las buenas disposiciones de que se hiciera gala en un principio se transformaran en aversión. Las prisas con un colombiano son como despertar intempestivamente a alguien que esté durmiendo: no le gusta actuar más que según su capricho; pretender reglamentarle es imposible, y hasta pudiera ser contraproducente para el que lo intentara”.

Esta descripción del talante nacional tiene casi 200 años, está recopilada en “El viaje de Gaspard-Théodore Mollien por la República de Colombia en 1823” y, con todo y lo discutible que sea la descripción que hiciera en dos tomos y 25 capítulos de la naciente república, este francés alcanzó a captar un aspecto que hoy nos sigue marcando y que, si los economistas hablaran más con la gente, tal vez incluirían como una de las variables para entender los aspectos que frenan el avance del país: la dificultad para responder con un no.

Sencillo de pronunciar pero tan difícil de decir. Me refiero al no cotidiano, al que acaba con el carameleo, tan nocivo y común en Colombia. El no directo, claro, amable y oportuno. Ese no que nos hace un favor, que muchas veces hace justicia, reconoce al otro, le otorga valor; un no por respeto y consideración. Pero llevamos siglos diciendo lo contrario.

¿Cuánto le cuesta a este país esa tara con el no? Sin cálculos ni expertos en la materia, los casos sobran. El ingeniero al que le piden una propuesta para que su empresa atienda un tema de infraestructura, estudia el caso, la lleva y el potencial cliente la toma, ajusta a su gusto y le pide a un tercero que la ejecute, ojalá por menor precio, sin dar mayor razón ni respuesta a quien presentó la solución.
Le pasa al productor atento a que le confirmen el pedido y nunca llega la respuesta. Sería mejor decirle de una vez que no pierda tiempo, recursos y la opción de buscar otro cliente. Lo mismo le sucede al publicista o al economista que pasa una propuesta y otra… y otra más mientras espera respuesta, como tantos contratistas en este país de microcamelladores, pero nadie da razón chica ni grande sobre quién se ganó el concurso; ya ni le responden un correo.

El caso se repite en las firmas caza talentos que le piden ¡urgente! la hoja de vida a un profesional pero en el apuro y trajín de entrevistas y valoraciones se les pasa notificar el resultado a los candidatos que no fueron seleccionados. Claro, su verdadera empresa es otra, pero precisamente les falta talento humano a la hora de actuar en beneficio no solo propio, sino del candidato. Tanto desempleado en el país que gasta horas y dinero para llegar a la entrevista para que, al final, ni siquiera le digan no.

Cuánta gente en este país sobrevive a punta de vuelva mañana, llámeme la próxima semana, ¿recuerda el número del radicado?, repita la cuenta de cobro porque la otra se refundió; facturación nada que saca el cheque, y el clásico del descaro: como salgo de viaje, prefiero pagarle al regreso, en unos quince días, o no dice nada y mete un cheque chimbo. Así sucede en todas las instancias, en los más diversos gestos cotidianos; es allí donde se esconde una de las patas del estancamiento en el que nos vemos hoy y nos tiene braceando en una arequipe amargo.
Esa dificultad en decir no, para mantener aceitadas ciertas relaciones, por conveniencia propia a corto plazo, para ahorrarse la jartera de dar la cara y asumir una posición es, en términos interpersonales y sociales, tremendamente costoso porque rompe la confianza.

Es un comportamiento que se instala y se hereda como parte de un modo de ser nacional donde es preferible incumplir lo acordado a tener el carácter de decir no (“dígale que no estoy, que llame mañana”). Tal vez de ahí esa cultura de no responder, de sacar el cuerpo a punta de un laberíntico PBX o por intermedio de una asistente que ayuda a desconectar. Es un caso de estudio para nuestros psicólogos sociales.
En este país del sí ligerito -sobrevalorado como sinónimo de capacidad y asertividad- todos los colombianos perdemos mucha energía y mente esperando, buscando el ladito, volviendo sobre el asunto la próxima semana o dentro de un mes. Ganaríamos impulso y crearíamos nuevas opciones al no decir no, evitaríamos paros, violencia y ser cómplices activos o pasivos de la corrupción, de la artimaña del sí pero no.

Se vale decir no. Nadie está obligado a aceptar nada, pero al menos deberíamos afirmar el compromiso de dar respuesta.
@Polymarti

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