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Opinión

  • | 2017/02/20 07:37

    Hygge

    No sabemos qué hacemos en el segundo lugar de los países más felices si es que acá vivimos de insulto en insulto.

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Cada año sale el mismo listado que un par de veces ya hemos ganado. Esta vez quedamos en segundo lugar, pero seguimos sin entender qué hacemos allí, trepados en el podio de los países más felices del mundo. ¿Cómo somos tan felices si somos tan violentos? ¿Acaso somos felices precisamente porque somos violentos, porque la mezquindad es nuestra esencia y sentimos placer nadando entre la envidia y el esperpento? Y ahí tenemos el ejemplo de un país “haciendo la paz” mientras sus dos grandes líderes no paran de injuriarse. A veces imagino que, de noche, este par se pone de acuerdo en los insultos que se gritará públicamente al día siguiente con tal de dar solaz a un pueblo que necesita alimentarse de sus odios. Parafraseando a cierta política paisa, “Si nos dan garrote, es que nos aman”.

La violencia y las muestras de odio en Colombia están ligados a lo cultural, a la educación que recibimos encargada de perpetuar el machismo -y de ahí el aplauso al “Te doy en la jeta, marica”- y otras formas de violencia, como la inequidad, la impunidad y la negación de oportunidades. ¿Cómo puede ser feliz un país que -como la hiena, que ríe mientras mira con profunda rabia- se nutre de carroña y de cizaña? ¿Cómo puede ser feliz un país que vive a la defensiva, que sueña noche y día con la embestida?

En Europa, en tanto, el debate va por otro lado. Hace poco El País publicó un reportaje sobre cómo la criminalización de expresiones de odio divide a Dinamarca luego de que a un periodista de 74 años le grabaran una conversación telefónica en la que dijo “El islam no es una religión sino una ideología totalitaria". Catorce días después el hombre fue multado por un juez amparado en una ley que penaliza las “expresiones que públicamente amenacen, ridiculicen o degraden a un grupo por su raza, etnia, color de piel, sexo o religión”. Según advierte El País, “La UE quiere ahora que todos sus países miembros cuenten con leyes que penalicen los discursos de odio, incontrolable en las redes sociales”. La idea promete discusión a fondo: ¿dónde queda la libre expresión? ¿Dónde la libertad?

Más allá de la ley y su polémica,  la condena del discurso de odio es parte de la cultura y tradición danesas. Hay allá ese “”exotismo” que llaman “sanción social” (aquí hasta la corrupción es bien vista). La costumbre hace ley y Dinamarca es el país de la felicidad, del Estado del bienestar, del pleno empleo, de la economía fuerte y del hygge, una palabra sin traducción que habla del placer por las pequeñas cosas que nos regala la vida. Como sentarse a tomar un café y ver pasar la gente. En Dinamarca la gente vive con pronoia, que es lo contrario a la paranoia que se respira aquí, y la felicidad no está asociada al dinero sino a la calidad de vida. Es también “un país de mucho diálogo, los gobiernos son de consenso, no hay mayorías y el debate es una tradición”. Aquí no hay debate, ni consenso ni diálogo. Aquí hay imposición. Y la tal “tradición” no es más que el poder lo ostenten las mismas tres o cuatro familias siempre.

El día que las noticias informaron que Colombia es el segundo país más feliz del mundo El Espectador tituló a doble página, “Cada 28 horas hay un suicidio en Bogotá”. En Colombia el hygge no es ver pasar la vida, sino ver pasar los muertos.

@sanchezbaute

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