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Opinión

  • | 2017/04/15 22:00

    La guerra siria y la paz en Colombia

    Lo sorprendente en este mundo atribulado, donde todo parece degradarse y despedazarse por minutos, es que Colombia está transitando por el sendero contrario.

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El bombardeo a Siria ordenado por el presidente Donald Trump me cogió parqueada en Jerusalén -a las cuatro de la madrugada del 7 de abril pasado-, en el preciso momento en que varios colegas, académicos y exmiembros del equipo de paz del gobierno Santos salíamos del hotel rumbo al Aeropuerto Internacional Ben Gurión de Tel Aviv, luego de haber estado una semana en Israel invitados por la AJC Project Interchange.

Durante el trayecto, el conductor del bus, visiblemente afectado, prendió la radio para seguir paso a paso los desarrollos de esa noticia que tenía por qué preocuparlo. Los misiles Tomahawk que habían sido lanzados por Estados Unidos estaban cayendo en Damasco, la capital Siria que queda a tan solo 218 kilómetros de Jerusalén, más o menos la misma distancia que hay entre Bogotá e Ibagué, que es de escasos 200 kilómetros.

No obstante, cuando llegamos al aeropuerto Ben Gurión, atestado de gente que salía a celebrar la Semana Santa, la noticia del bombardeo sobre Siria dejó de ser relevante, como si esta guerra que ya lleva seis años se hubiera convertido en una realidad dantesca con la que infortunadamente no solo el Medio Oriente, sino el mundo occidental ha aprendido a convivir.

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Evidentemente la guerra que se libra en Siria es muy distinta a la que hemos padecido los colombianos, así muchos de nosotros nos hayamos acostumbrado también a convivir con su olor a muerte.

Mientras la de nosotros es una guerra de baja intensidad, no religiosa, que ha producido en los últimos 30 años más de 300.000 muertos, cerca de 60.000 desaparecidos y más de 7 millones de desplazados según los registros de Memoria Histórica, la que se libra en Siria es una guerra de alta intensidad en la que los Ejércitos más poderosos del mundo han bombardeado grandes poblaciones. La de Siria ha sido la guerra más letal de este siglo: en seis años ha causado cerca de 500.000 muertos y 12 millones de desplazados; su población ha sido bombardeada con armas químicas y miles de niños han muerto por gas sarín en operaciones militares impulsadas por el régimen de Bashar al Asad, el presidente de Siria quien ha decidido aplastar a la oposición de mayoría sunita, recurriendo a las armas químicas. No obstante, los sirios no solo han sido víctimas de un gobierno autoritario que se ha mantenido en el poder gracias al apoyo de Irán y ahora de Rusia. También han padecido actos terroristas perpetrados por los grupos islamistas radicales sunitas que quieren derrocar a Asad y que en concepto de muchos analistas pueden ser peores que el tirano presidente sirio: es el caso de Al Nusra, grupo islamista radical cercano a Al Qaeda o el temible Dáesh (Isis). Los dos no solo mantienen control militar sobre ciertos territorios de Siria y de Irak, sino que luchan por imponer un Estado islámico en Siria que desconozca las minorías religiosas.

En la guerra civil de Siria se está reeditando una nueva versión de la Guerra Fría que infortunadamente parece no tener por ahora ningún asomo de solución por la vía de la negociación. La sensación de que la guerra va a seguir siendo inevitable por muchos años más la siente uno también en Israel, país que ha decidido ver las atrocidades que se cometen en Siria con cierto desprendimiento ya que es el escenario en el que los enemigos del Estado de Israel han terminado enfrentados. “Les deseamos muchos éxitos en ese empeño” nos dijo en algún momento un exoficial israelí cuando estábamos en las montañas del Golán y podíamos ver Siria frente a nosotros.

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Lo sorprendente es que en medio de este mundo atribulado, donde todo parece degradarse y despedazarse por minutos, Colombia, pese a todos los obstáculos, esté transitando por el sendero contrario. Aunque haya quienes intentan devolvernos a la guerra y a la confrontación con retóricas populistas que apelan al odio y a la estigmatización, cada vez nos estamos alejando de la confrontación y cada día que pasa nos acercamos más a la posibilidad de poder afincar una paz duradera, que les permita a nuestros hijos vivir en un país distinto al que han vivido y padecido dos generaciones de colombianos.

Contrario a lo que pasa en el mundo, donde solo se oyen cantos de guerra, Colombia, con el viento en contra, se apresta a finalizar una guerra. Las Farc están iniciando su proceso de dejación de armas, en contra de todos los pronósticos del Centro Democrático, que auguraban que eso no iba a suceder y ante la fuerza de los hechos la sociedad pese a su polarización, ha tenido que ir cambiando de narrativa y entrar en una fase de reconciliación donde la voz de las víctimas va a ser fundamental. Es cierto que todavía nos falta transitar un tramo importante, pero creo que ante la posibilidad de volver a la guerra y al statu quo que la mantuvo, la mayoría de colombianos va a hacer hasta lo imposible por desafiar a los enemigos agazapados de la paz que tanto aprendieron a nutrirse de la guerra.

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