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Opinión

  • | 2014/06/01 00:00

    El síndrome de la mujer maltratada

    Colombia sufre el síndrome de la mujer maltratada. Mientras más rejo recibe, más se enamora. No de otra manera se explica que Uribe y su movimiento reciban tanto respaldo en las urnas.

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Que un energúmeno como Uribe, mentiroso de siete suelas, haya gobernado durante ocho años es ya inquietante para cualquier sociedad. Pero que por lo menos un tercio de esa sociedad lo quiera de regreso es verdaderamente perturbador. 

La historia da de vez en cuando personajes siniestros cuyo ascenso al poder sólo se explica por las sociedades que los sustentan, aquellas que son el caldo de cultivo para sus extremismos, de sus delirios. Eso lo explicó muy bien Umberto Eco para el caso de Italia, cuando dijo hace unos años que el problema no era Berlusconi sino los italianos. Y se ha escrito en miles de textos que hablan de la sociedad alemana que insufló a Hitler. 

Entonces, ¿por qué los colombianos hemos producido a Uribe? 

La explicación para mí está en que la guerra moldeó nuestra personalidad política. Lo peor de que las dos últimas generaciones de colombianos hayamos crecido en medio del conflicto armado es que los valores de la violencia se han arraigado en una parte de nuestras mentes y nuestros corazones. El miedo, el sentimiento de derrota y el individualismo exacerbado son parte de esos valores que heredamos del conflicto. Y otros más dañinos.

La insolidaridad, por ejemplo. La guerra siempre les pasa a otros que son extraños, que a veces ni siquiera reconocemos como colombianos: el indio de Cauca, el cocalero de Putumayo, el campesino pobre de los Montes de María o el negro chocoano. Los únicos momentos de solidaridad se despiertan cuando la violencia golpea nuestra puerta y las bombas indiscriminadas rompen esa burbuja. Por eso la paz parece irrelevante para quienes votan en las ciudades. Porque ya no viven de cerca el conflicto y por tanto, no alcanzan a entender lo que ella significa para millones de colombianos que hoy duermen bajo el miedo y la zozobra. O que tratan de reconstruir sus vidas a partir de las ruinas que ha dejado el conflicto.

Ahora, si de vez en cuando se despierta la solidaridad, esta es selectiva. Somos una sociedad indiferente ante la desaparición forzada, que la han cometido casi siempre las fuerzas del Estado, pero que se conmueve frente al secuestro que han cometido los guerrilleros. Que repudia la violencia de las insurgencias, pero justifica la de los paramilitares. Que se horroriza de pensar que Timochenko pueda llegar al Congreso, pero que sigue votando por los parapolíticos y sus descendientes. 

Porque se ha arraigado la idea del todo vale que tanto ha criticado Antanas Mockus. Una idea con la que han actuado las elites desde que tenemos memoria, invocando siempre la seguridad y el orden. Vale matar adversario a balazos como lo hicieron con Gaitán, y con Galán, y con Jaramillo y etcétera. Y vale recibirles plata a los narcos, con tal de ganar elecciones, y vale torcer la ley para beneficiar a unos cuantos. Si así actúan las clases dirigentes, ¿quién espera algo diferente del resto de la sociedad? 

A eso se suma nuestro desconocimiento de la democracia. Colombia siempre se ha sentido orgullosa de sus formas democráticas, de las instituciones que la sustentan. Pero no ha tenido, por lo menos en el último medio siglo, una experiencia democrática realmente profunda y generalizada. La libertad de expresión, por ejemplo, es un valor al que acceden unos cuantos, dependiendo del lugar donde vivan. O el derecho a la diferencia, saboteado siempre por ese arraigado sectarismo político y religioso; o el derecho a votar libremente, tan básico para la democracia, pero que no existe en medio país.
 
En últimas, nuestra democracia es una ficción urbana que no existe donde todavía hay guerra, que es la Colombia profunda. 

Y el pensamiento acrítico, que es consecuencia, entre otras cosas, de la mala educación que recibimos desde cuando entramos a la escuela; y de la mediocridad de nuestros medios de comunicación. Y también de una estructura social que se representa en unas ciudades segregadas espacialmente por estratos. La pésima cultura política que tenemos es culpa no sólo de las instituciones políticas, sino de la reproducción de una idiosincrasia antidemocrática que se respira hasta en el uso del espacio público.

Con tan precario ejercicio de la ciudadanía, es apenas normal que un sector del país piense que si le dan rejo es porque lo quieren. Que la violencia es amor.

En Twitter: @MartaRuiz66
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