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Opinión

  • | 2017/07/10 12:28

    Dejar el miedo a perder el miedo

    Para vivir mejor, ¡Pa´l carajo el miedo! Hay 6.500 a la ene posibilidades menos de ser víctimas de un secuestro, una bomba o un combate.

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Pa´l carajo el miedo, decía una iniciativa ciudadana que movilizó a la gente a las afueras del Centro Comercial Andino una semana después del acto terrorista que se llevó la vida de 3 mujeres. Una consigna que empodera como pocas, porque no llama únicamente a expresar una idea sino a obrar un cambio interior potente: la convocatoria a mandar pa´l carajo el miedo es el llamado a un acto de liberación colectiva de los grilletes que los violentos nos imponen con sus actos.

Desde chiquitos nos dicen que el miedo es malo, que hay que mantenerlo en el cajón de los sentimientos que no se desean, como la tristeza y otros a los que la incesante búsqueda de la felicidad y el bienestar, desprecian. “No temas, todo va a estar bien” se recita a lo largo de la vida como un mantra para espantar la parálisis que el miedo produce, que distorsiona la toma de decisiones y nubla el entendimiento. Vencer el miedo es un aprendizaje vital que recibimos desde que estamos en brazos, cuando se impulsa a un bebé a estirar la mano para acariciar a un cachorrito, al decirle a un niño “sea macho, mijo” o cuando se alienta a superar un obstáculo con un cariñoso “vamos, que tu puedes”.

Aunque el miedo se siente en tiempo, modo y lugar presente, siempre presagia un futuro imperfecto en el que lo peor posible va a suceder: perder, desconocer, no entender, carecer, ser señalado, ser lesionado, sufrir o morir. Si sentir miedo fuera opcional, como fumar, la cajetilla diría “El miedo es dañino para su salud mental, absténgase de sentirlo”.

Pero si la posibilidad de ocurrencia del peor escenario produce miedo, su inevitabilidad pone una disyuntiva: o se supera, se controla, se maneja y se vence, o se deja manar el odio como último recurso de oposición al - supuesto o real - mal que acecha. Así como dicen que el amor y el odio no son opuestos sino dos caras de la misma luna, tampoco hay odio sin miedo, aunque quien odia y lo expresa no reconozca que ese es su resorte.

El hecho incontrovertible de la entrega de todas las armas personales de los guerrilleros de las Farc y la destrucción de toneladas de munición, deja arrinconados a los opositores ciegos del proceso de paz, porque significa el fin de la evidencia de la capacidad de daño que la guerrilla tenía. Cuando un guerrillero deja de serlo y entrega el arma con la que puede amenazar o asesinar, deja de producir miedo; 6.500 personas que en razón de cualquier sinrazón habrían podido ser verdugos para cualquiera de nosotros, ahora son personas desarmadas que comienzan a enfrentar el diario vivir de los civiles.

Muchas personas temieron y presagiaron que las Farc no se iban a desarmar, pero la evidencia demostró otra cosa. Así que llegados a este punto, quienes descreyeron solo tienen dos opciones para asumir los hechos; entender que esa tropa desarmada son conciudadanos igual a todos, o cerrarse a la banda de odiar alimentando mentiras y agravios para legitimar una oposición violenta. Con este proceso de fin de las Farc no nos estamos estrenando en desarme y desmovilización, en miedos superados, ni tampoco en odios heredados.

Después de 53 años de una guerra en la que los civiles siempre llevamos la peor parte, los odios de hoy buscan demostrar, a como dé lugar, que las razones para el miedo subsisten, que no se puede perder el miedo a tener miedo. Como si vencer el miedo fuera un triunfo de los violentos, y no una ganancia personal para asumir con actitud positiva la realidad irrebatible de 6.500 guerrilleros y guerrilleras que comienzan de cero una nueva vida sin fusil al hombro. Superar el miedo y aceptarlo, no significa tener que apoyarlos políticamente ni votar por ellos, es simplemente no permitir que exista razón alguna que justifique su discriminación, su segregación ni mucho menos su asesinato.

¿Por qué la apatía? Se preguntaba esta revista por la actitud de la opinión pública frente al desarme de las Farc. La apatía está alimentada del miedo aun no superado y de los odios que incentivan los que necesitan la guerra para subsistir. Para vivir mejor, ¡Pa´l carajo el miedo! Hay 6.500 a la ene posibilidades menos de ser víctimas de un secuestro, una bomba o un combate. Neguémonos a seguir cargando miedos heredados, a cargar con el miedo a perder el miedo.

Como dicen varias cadenas que circulan por ahí en las redes sociales, hay que hacer el esfuerzo de deponer también la palabra armada, bajar los odios que destila la polarización política, y engrandecer la palabra como herramienta de discusión y de persuasión.

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