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Opinión

  • | 2017/06/20 15:11

    Nos falta mucho todavía...

    Y así, es muy difícil que logremos hacerle caso al papel y que dejemos de matarnos por bobadas...

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La situación en Colombia no está fácil. Nuestro futuro es incierto. La firma del acuerdo de paz con la guerrilla, en esencia, no era más que la impresión de unos nombres sobre el papel para validar una serie de consensos y mecanismos para dejar de matarnos. Sin embargo, para lograr un cambio de fondo, se necesita más que la buena voluntad de las partes y un par de esferos a la mano. Más allá del acuerdo, del decreto, de la norma y de la ley, se requiere un cambio profundo en la conciencia colectiva, que tristemente se ve todavía muy lejos.

No existe una manera más acertada para entender cómo piensa nuestra sociedad en su conjunto, que la de analizar su comportamiento luego de una tragedia: la reacción colectiva ante la bomba del Centro Andino nos ha dejado ver que, más allá de lo que diga el papel, que buena parte de los colombianos seguimos sin estar listos para vivir en paz.

Miremos la forma como reaccionamos ante este fatídico hecho que acabó con la vida de mujeres inocentes. Voy a empezar diciendo algo que puede sonar feo, incómodo, o incorrecto, pero que se ha vuelto ya una constante entre nosotros: en Colombia, las tragedias comienzan a importar cuando les pasan a los ricos. ¿Qué hubiera sucedido y cuál habría sido la reacción, si esa misma bomba la hubieran puesto en un centro comercial en Buenaventura o en Quibdó y no en el punto de encuentro de la mal llamada “alta sociedad” de Bogotá. ¿Los noticieros le habrían dado el mismo despliegue? ¿Ese hecho se habría vuelto también el centro del debate nacional? ¿Iríamos hasta allá a ponerles flores y mensajes a las víctimas?

Muchas veces se nos olvida en qué país hemos vivido. No recordamos que nuestros campesinos están en el abandono, que mucha de nuestra gente no tiene con qué comer, que en Colombia violan a más de 30 niñas y niños cada día y que en los rincones más recónditos de nuestro territorio tragedias tanto o más graves que esa se han visto casi a diario durante décadas. Sin embargo, como pasó con el caso de Yuliana Samboní, que se hizo célebre por la condición social del violador-asesino, fue necesario que este atentado ocurriera en el Centro Andino para que la sociedad se levantara a condenar el hecho. Es difícil que los colombianos empecemos a entendernos, o por lo menos a respetarnos, mientras no creamos que todas las vidas tienen el mismo valor.

Por otro lado, vimos la forma asquerosa e irresponsable en la que los distintos sectores políticos, particularmente el Centro Democrático, echaron mano del amarillismo y de la mentira para sacar provecho de esta situación.

No tiene presentación que líderes que gozan de toda la credibilidad de sus adeptos, sean tan poco serios como para salir a señalar al culpable de una bomba, apenas minutos después de la explosión. Sin ninguna prueba, o indicio siquiera, y con la única intención de desprestigiar al Gobierno y de ganarse unos voticos a costa de los muertos, como bien sabe hacer la derecha.

Es increíble que todo se nos vuelva una discusión política. Que tengamos nuestro corazón enfermo y tan lleno de odio, que ni siquiera seamos capaces de unirnos como país, durante unos días, después de una tragedia, con el fin de apoyar a las familias de las víctimas y condenar a sus victimarios sin buscar réditos políticos.

Para volver al principio, es claro que uno de los grandes males de Colombia, si no el mayor, es que pueden contarse con los dedos de la mano los dirigentes que estén trabajando sin agenda propia, por el simple gusto y vocación de servir y de buscar lo mejor para el país. Aquí lo importante es destruir para ganar elecciones; es lograr la muerte política del contrario y la glorificación y el enriquecimiento personal. Y así, con ese esquema, en una tierra en la que cada uno hala para su lado sin pensar por un momento en las consecuencias de sus actos ni en el bien del país, es muy difícil que logremos hacerle caso al papel y que dejemos de matarnos por bobadas...

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