Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2001/03/12 00:00

Colombia según los ‘yuppies’

No es legítimo hacer pasar la ingeniería social — la ‘recetología’— por una ciencia ni por un corolario de la ciencia

Colombia según los ‘yuppies’

Sabia usted que para acabar la violencia, la pobreza y la corrupción de Colombia bastaría con duplicar las penas, construir más cárceles, ponerles sueldo a los guerrilleros, cambiar las clínicas y escuelas públicas por un cheque para cada familia pobre, sumar los residuos electorales de un mismo partido, sacar al Ministro de Hacienda de la

Junta Directiva del Banco de la República, integrar al Sena y al Icbf dentro del Sisbén, bajar los senadores de 102 a 51, quitarle funciones al DNP, modernizar la técnica presupuestal, dar libertad a las regiones para usar las transferencias, pasar la Superbancaria al Emisor, limpiar las Fuerzas Militares y no tener siete sino cuatro directores de la banca central?

Esa —con unos detalles más— es literalmente la receta que una misión internacional de prestigiosos economistas acaba de anunciar en el foro de Anif-Fedesarrollo. Y la receta es muy interesante, no sólo ni tanto por lo que dice sobre Colombia, sino por lo que dice sobre los economistas, sus foros y sus misiones.

Si fueran ideas sueltas que algún estudioso avanza para resolver este o aquel problema específico, habría que sopesarlas en su contexto y alcance una por una. Por ejemplo: lo de duplicar las penas supondría que funcione la justicia, la Junta del Emisor podría reducirse no a cuatro sino a un miembro (ya que todos piensan lo mismo), el subsidio en dinero es una linda teoría que no ha ensayado ningún país, sí conviene modernizar la ley de presupuesto, sumar residuos es fortalecer las maquinarias, el sueldo estatal a los guerrilleros es un exabrupto, sacar al ministro de la Junta tiene sus más y sus menos, limpiar las Fuerzas Militares es una frase bonita, el Banco-Superintendencia funciona en Alemania, el Icbf (pero no el Sena) podría integrarse al Sisbén… y así con las demás iniciativas.

Pero no se trataba de fórmulas dispersas, sino de una empresa intelectual de alto calibre: de comprender y eliminar el “gran desorden institucional” que ha conducido a la crisis colombiana. Y es aquí donde la liebre —mejor dicho las liebres— le saltaron a nuestra misión de afamados economistas.

Cierto que Douglas North mereció el Nobel por situar las ‘instituciones’ en el propio centro de la teoría económica. Y cierto que el ‘neoinstitucionalismo’ ha producido modelos rigurosos y análisis históricos sumamente penetrantes. Pero con cuatro condiciones que los economistas-consultores (aun los más famosos) se saltan a la torera. Una, que las ‘instituciones’ no son las leyes o reglamentos del Estado, sino las reglas formales o informales, explíticas o implícitas, que practican los actores. Otra, que por eso mismo, las ‘instituciones’ no se cambian con cambiar las leyes. Otra, que cada institución tiene resultados múltiples. Y otra, para rematar, que las instituciones no funcionan solas sino en su conjunto.

O sea que no es legítimo hacer pasar la ingeniería social —la ‘recetología’— por una ciencia ni por un corolario de la ciencia. Y así, los expertos invitados no hicieron sino dos cosas. La primera fue partir de los prejuicios de los yuppies: “Lo que este país necesita es disciplina monetaria, subsidios en vez de servicios, menos políticos y más mano dura”. La segunda fue encajarle una receta sencilla al ‘caso’ de Colombia, sin enredarse en los vericuetos de nuestra historia. O de eso que North llamaría “nuestras instituciones”.

Yo por supuesto celebro que los economistas hayan mirado esta vez más allá de sus narices. Celebro su aporte de ideas claras y estimulantes al debate nacional. Es más: ni siquiera digo que sus propuestas anden descarriadas.

Me limito a apuntar que este revuelto de ideologismo, ingenuidad, buena formación matemática, simplismo y capacidad de influir es materia bastante para una columna. Sobre todo porque a la hora de entregarla a imprenta, el presidente Pastrana duerme —si es que pudo dormir— en San Vicente.

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