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Opinión

  • | 2011/03/19 00:00

    Colombia y Unasur

    Que Venezuela haya aceptado compartir la Secretaría General con nuestro país puede significar que Hugo Chávez está entrando en una etapa política distinta.

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Duele decirlo: en los últimos años Colombia ha sido un país problema para la región suramericana. El conflicto armado interno, la escabrosa presencia del narcotráfico, las agudas disputas con Venezuela y Ecuador, la adopción incondicional de las perturbadoras políticas de Bush para la región nos colocaron en contravía a los esfuerzos que hacían la mayoría de los países por consolidar la democracia, dar un salto en la economía y avanzar hacia una comunidad de naciones que se acerque a lo que ha conquistado Europa.
 
No somos el único país que ha interferido en los propósitos de unidad y prosperidad de la región. También Venezuela, empecinada en una ruptura con Estados Unidos e ilusionada con un modelo económico y político fracasado en otras latitudes, ha hecho más lento y tortuoso el camino de la integración.
 
Pero el pasado 11 de marzo, día en que tomó fuerza legal la conformación de la Unión de Naciones Suramericanas, Unasur, en un acto especial en la ciudad de Quito, los cancilleres de la región tomaron una decisión que le puede cambiar la cara a la integración: en un acto inesperado, designaron a María Emma Mejía y a Alí Rodríguez, candidatos de Colombia y de Venezuela a la Secretaría General de Unasur, para que se alternaran en este cargo en el periodo 2011 a 2013.
 
La exaltación de la excanciller Mejía a la Secretaría General durante el primer año de vigencia legal de la organización es, sin duda, un reconocimiento a los cambios que ha tenido la política exterior colombiana, liderada por María Ángela Holguín.
 
Y el que Venezuela haya aceptado compartir esta responsabilidad con nuestro país puede significar que Hugo Chávez está entrando en una etapa política distinta. Quizás acepta ahora que ni él ni su país tienen condiciones para ejercer un liderazgo absoluto en la región; quizás sus declaraciones de conciliación con nuestro país son profundas y sinceras.
 
Pero Brasil y los demás países suramericanos no han hecho esta designación de manera gratuita. A todos les interesa un final negociado de nuestro conflicto armado. Para todos es imperativo poner freno al narcotráfico y a la criminalidad que emana de nuestro territorio. Van a insistir una y otra vez en un proyecto de paz para Colombia, quieren que la Secretaría General en manos de María Emma Mejía sirva para generar confianza en un papel mediador de Unasur en la reconciliación nacional.
 
Ahora bien, la guerra que aflige a Colombia y las disputas que se han presentado en el Área Andina han sido los obstáculos más visibles de la integración suramericana, pero no son los únicos y quizás no son los principales.
 
Europa, con todas las angustias y los altibajos en su proceso de unidad, ha demostrado que un salto en la integración está precedido de un fortalecimiento de las instituciones democráticas, una reducción de la desigualdad social y una mayor estabilidad económica.
 
Los retos son realmente descomunales. Para lograr que Unasur tenga una larga y fructífera vida, es menester conjurar la amenaza de los autoritarismos de izquierda y derecha que aún palpita en varios países, dejar atrás la condición de región con mayores desigualdades sociales del planeta y construir un modelo económico que permita crecer y distribuir tal como lo ha hecho Brasil en los últimos años.
 
Así mismo, será necesario forjar unas relaciones tranquilas con los Estados Unidos, fundadas en el respeto de Washington al proceso de integración y en la aceptación por parte de todos los países del sur de la importancia capital que tienen los vínculos estrechos con el norte.
 
La paradoja del asunto es que Colombia y Venezuela, que tendrán una posición prominente en los esfuerzos de integración en los próximos años, no tienen las mejores credenciales en igualdad social y democracia. Colombia es el país más desigual de la región y Venezuela no es propiamente un ejemplo de respeto a la oposición y a la institucionalidad democrática. La primera tarea de estos dos países es aprender de los buenos ejemplos de algunos socios de Unasur.
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