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Opinión

  • | 1992/02/24 00:00

    COLOMBIA 0 - VENEZUELA 2

    LO MAS PROBABLE ES QUE LAS CONVERSACIONES DIRECTAS CON VENEZUELA NO NOS LLEVEN A NINGUN PEREIRA

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NUEVAMENIE LA FRAGILIDAD COLOMbiana frente al diferendo colombo-venezolano salió a bañarse en chingue sobre las aguas en litigio. Al país en general lo tomó por sorpresa, una mañana de la semana pasada, la noticia de que Venezuela construiría un puerto en Coquivacoa. El presidente Carlos Andrés Pérez, como se ha vuelto común entre los políticos venezolanos en épocas de campaña electoral, también quiso recuperar algo de su perdido prestigio haciendo olas en las aguas del golfo. por lo que al anuncio de la construcción del puerto le colgó la declaración de que había que demostrar, por las circunstancias innegables de los hechos, por qué se llama el golfo de Venezuela y porqué es de Venezuela".
Ante esta declaración de Pérez, el Gobierno colombiano no tuvo más alternativa que rezar. Perdimos cualquier otra opción desde que el 18 de agosto de 1987, el presidente Virgilio Barco ordenó el retiro de la corbeta Caldas de las aguas en litigio, cediendo ante el hostigamiento de la armada venezolana. Las corbetas son buques de guerra que compran los Estados con el objeto, si es el caso, de dejarlos hundir en defensa de la soberanía de sus aguas. A la media noche de aquel 18 de agosto el presidente Barco le ordenó a la corbeta Caldas que huyera para no dejarse hundir, y desde entonces a Colombia no le queda más opción que agachar la cabeza cada vez que el diferendo colombo-venezolano se pone sobre la mesa.
A partir de este episodio, los colombianos no volvimos a patrullar las aguas sobre las que creemos ejercer soberanía. Y tenemos en este momento en La Guajira un pedazo de playa cuyo mar nos hemos tenido que resignar a contemplar desde lejos, porque Venezuela ha logrado imponernos su tesis de la "costa seca".
Por fortuna, esta vez los rezos funcionaron, antes de que nuestra humillación fuera mayor. No habían transcurrido 24 horas desde la declaración de Pérez cuando, presionado por los medios de comunicación colombianos, el Presidente de Venezuela medio rectificó su posición. "No estamos negándole derechos a Colombia en el golfo de Venezuela, sino discutiendo esos derechos", dijo. Lo que viene a ser lo mismo que había dicho antes, sólo que lo dijo distinto.
Porque si alguien le reconoce a uno derechos sobre algo, pues no se los discute. Sin embargo, a los colombianos nos convenía asumir que las palabras de Pérez eran una rectificación, ante nuestra tremenda fragilidad.
Aunque es cierto, como lo señaló el debilísimo comunicado de nuestro Gobierno, respaldado a su vez por la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores, aquello de que "no se puede objetar la construcción del puerto venezolano dentro de su territorio ", también sería ingenuo negar que este anuncio es obviamente un reto hacia Colombia, y que si realmente este puerto llega a construirse se generaría un considerable aumento del tránsito marítimo sobre unas aguas que Colombia y Venezuela no se han repartido aún. Tan amenazante situación permite que uno se preocupe en relación con las opciones que nuestro Gobierno está considerando barajar frente al conflicto del golfo.
La simple lógica, y sin necesidad de asesorarse de tupidos tomos de derecho internacional, anticipa que las negociaciones directas podrían no llevarnos a ningún Pereira. El Presidente venezolano que se atreva a hacer un arreglo con Colombia que no implique todo para ellos y nada para nosotros, se arriesgaría a que lo tumbara un pueblo embravecido. En Caraballeda llegamos a lo máximo que podía ceder Colombia, arreglo que aunque significó un sacrificio para nosotros, por lo menos nos garantizaba una cuarta parte del golfo.
Eliminado el acuerdo de Caraballeda, es obvio que todo lo que se acuerde en adelante tiene más posibilidades de empeorar la posición colombiana que de mejorarla. Estamos sometidos a una instancia, la de las conversaciones directas de Estado a Estado, que está dominada por el manejo político. Si dicha instancia fracasa, el presidente Barco dejó arreglado con Carlos Andrés Pérez que acudiremos a una mediación que carece de procedimientos compulsivos. Desgraciadamente en febrero de 1991 Colombia dejó vencer el período para denunciar el tratado de 1939, que era nuestra herramienta para ir a La Haya. A cambio de eso nos dejaron los venezolanos nombrar la Comisión de Conciliación, que hace dos años viene reuniéndose casi en secreto con su contraparte venezolana.
En relación con esa comisión, me asalta el temor de que ese extraordinario pragmatismo del presidente Gaviria, que a mí personalmente me admira y me asusta al mismo tiempo, lo lleve a acordar con Caracas algo que estaría entre la tesis de Caraballeda y la de la costa seca, para que terminemos transando el litigio en la mitad de la mitad.
En estos momentos no puedo menos que acordarme de la posición de Luis Carlos Galán frente al diferendo colombo-venezolano, que tantas críticas le provocaron en su oportunidad. A lo mejor Galán tuvo razón, y en la situación en la que estamos colocados, sea mejor congelar lenta e imperceptiblemente el conflicto de las aguas...
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