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Opinión

  • | 2017/07/05 07:22

    La sociedad colombiana bajo el síndrome de ansiedad

    De todo hay en la viña del Señor: cultivadores de uva buenos y malos; los que aman la guerra y los que aman la paz; los felices y los infelices; los que creen en la justicia y los que no creen.

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Interpretando diferentes conceptos médicos, el síndrome de ansiedad es un estado en el que se encuentra un individuo por una preocupación que lo hace anticiparse involuntariamente frente a situaciones internas o externas y que se perciben como amenazantes o peligrosas. Este es el síndrome que padecemos los colombianos en forma generalizada.

Normalmente resulta lógico que nuestra sociedad esté contagiada de esta enfermedad porque históricamente ha sido sometida a las diferentes clases de violencia, que comparada temporalmente con los países vecinos, resulta suficiente para adquirir patologías que resquebrajan la colectividad.

La violencia política data en Colombia de más de 60 años, mientras que en el Salvador fueron 12 años, 1980-1991, en Perú 20 años entre 1980 y 2000, y en Guatemala el conflicto duró mas de tres décadas - 1962-1996 -.

Nuestro país, asediado desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, momento conocido como el parte-aguas de la historia colombiana, pasó por una insurgencia contemporánea con la llegada de las guerrillas de inspiración comunista, maoísta o "cubana": Las Farc, en 1964 con la operación Marquetalia; el ELN en 1965 mediante el denominado manifiesto de Simacota; y el EPL en 1968.

Además, por el surgimiento del narcotráfico como flagelo hasta 1983 “permitido” y perseguido a partir de esa fecha, por la aparición del contubernio nefasto entre actores armados y narcotraficantes, y por el advenimiento del paramilitarismo desde la conformación del MAS en 1982 aunque se reconoce que ya desde finales de la década de 1970 había estructuras de autodefensas como las Campesinas del Magdalena Medio fundadas por Ramón Isaza en Puerto Triunfo. (Datos tomados de la Sentencia C-250/12 Corte Constitucional).

Pero no es normal que se sufra de ansiedad colectiva cuando se está implementando el acuerdo de paz celebrado entre la guerrilla más vieja del mundo y el Estado colombiano, lo que debería producir mayor seguridad y tranquilidad ciudadana porque se ha quedado atrás la causa de un país con un número considerable de víctimas que supera los 6 millones.

Es paradójico, contradictorio y extraño que se piense y se actúe en contra del acuerdo de paz en el país más feliz del mundo, en el de más reinados y fiestas populares, en el que a todo le sacamos un meme.

Como sí resulta comprensible que esa ansiedad esté exasperando otros aspectos de nuestra vida cotidiana, como el desarrollo normal de la justicia en donde el ciudadano queda entre dos verdades o dos mentiras porque la racionalidad jurídica ofrecida por sus instituciones no da para tomar partido, cuando debería dirigirse a la confianza y credibilidad de tan supremo valor.

Por ejemplo, ante resultados prontos de la investigación del atentado en el Centro Comercial Andino, los medios piden el descubrimiento inmediato de los elementos materiales probatorios y evidencias físicas que sirvieron de sustento a la imputación de los presuntos responsables cuando aún no es el momento procesal para ello; por su parte, los abogados defensores estigmatizan las actuaciones judiciales enmarcándolas dentro del concepto de “falsos positivos judiciales”, es decir, “encarcelamiento de civiles inocentes presentados como culpables o sin las pruebas requeridas para su reclusión.”

¿Por qué se debaten hoy en nuestra sociedad estas situaciones que causan la ansiedad generalizada? Porque no se cree en la justicia, ni siquiera por quienes deberían creer en ella, pues hasta el propio Fiscal General de la Nación no cree en sus delegados y solicita su investigación ante una toma de decisión, descontando de plano los casos de flagrancia o de abultada comprobación.

O porque en la propia justicia hay quienes han usado el método de recolección de información no veraz, fabricación de falsos testigos, imputaciones con pruebas contradictorias o que generan duda presentándose como inferencias razonables, o porque se priva de la libertad en forma arbitraria y caprichosa.

De todo hay en la viña del Señor: cultivadores de uva buenos y malos; los que aman la guerra y los que aman la paz; los felices y los infelices; los que creen en la justicia y los que no creen. Sin embargo, debemos ponerle freno a nuestras ansiedades para evitar una guerra civil de proporciones mayores, porque de lo contrario bien podemos ser catalogados como anormales y enfermos.

(*) Gutiérrez Morad & Calderón España – Abogados Constitucionalistas.

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