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Opinión

  • | 2013/11/16 00:00

    Bombazo

    Habría que pensar que las Farc son idiotas, o que el señalado cerebro del plan, el jefe de la columna Teófilo Forero, el Paisa, es un traidor a la organización.

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Pensaba que, medio acordado y medio pospuesto el punto dos de su programa, los dialogantes de La Habana no pasarían al previsto punto tres, que es el del fin del conflicto. Sino que dejando ese para el final, como lo dicta la lógica, saltarían al cuatro, que es el de la solución al problema de las drogas ilícitas. Y eso me daría pretexto para volver a escribir sobre su necesaria legalización.

Legalización que vengo predicando en el desierto desde hace cuarenta años, porque es su ilegalidad (y sus consiguientes rentabilidad fabulosa y control por parte de las mafias criminales) la que las convierte en el gran multiplicador de todos los problemas de este país dominado por ellas, destruido por ellas, desprestigiado por ellas, obsesionado por ellas. Me preparaba, pues, para echar otra vez esa carreta.

No contaba con la astucia de los enemigos de la paz.

Porque sucede que, como señalaba esta revista la semana pasada en su artículo de fondo, el proceso de diálogo de La Habana no es irreversible: “Un bombazo o un gran atentado de las Farc podrían descarrilarlo”. Y apenas revelado el proyecto de acuerdo sobre participación política, ¡zas!: como por ensalmo vino el descubrimiento por parte de los servicios de inteligencia militar de un plan siniestro de ambas cosas a la vez: gran atentado con bombazo de las Farc. 

Sería un doble atentado, nos dijeron: contra el expresidente Álvaro Uribe y contra el fiscal general Eduardo Montealegre. Con bomba de 16 arrobas de explosivos en un taxi, con metralla impregnada de cianuro en una grabadora. Aterrador. Desmesurado. Im-presionante, para decirlo en dos palabras (como dejó dicho para la historia, hablando de otra cosa, un torero español). Espectacular, para darle el adjetivo que aquí se le da a todo: un plato de cocina, una reina de belleza, un atentado o cualquier bobería.

Pero justamente por demasiado espectacular, por im-presionante, por aterrador y desmesurado, por truculento, y sobre todo por su contradictoria duplicación de objetivo –contra Uribe, enemigo de los diálogos de La Habana, y contra Montealegre, amigo de esos diálogos–, no creo yo que ese atentado presuntamente frustrado por los servicios de inteligencia militar haya querido ser un atentado de verdad. 

No creo que las Farc sean tan idiotas. Llevan tres años embarcadas en los diálogos, en el curso de los cuales han perdido a su jefe Alfonso Cano, que fue quien les dio inicio. Están logrando resultados políticos, todavía insuficientes y precarios y sometidos a condiciones y ajustes, y a la aprobación final de los colombianos, pero tangibles. Saben que esta de La Habana es su última oportunidad, para muchos años, de llegar a una paz honorable. 

No van a tirarla a la basura por el pueril capricho de vengarse de un enemigo, Uribe, matando de paso a un interlocutor comprensivo, el fiscal, y más de paso aun a un tercero que ni pincha ni corta, como es el ex vicepresidente Francisco Santos.

Habría que pensar que las Farc son idiotas, digo; o que el señalado como cerebro del plan para los servicios de inteligencia militar, el jefe de la columna Teófilo Forero de las Farc llamado el Paisa, es un traidor a la organización. 

Puede serlo, dados sus turbios antecedentes: empezó de sicario del MAS de Pablo Escobar, y de la cárcel saltó a la guerrilla. Y en las Farc, por otra parte, no han faltado desertores y traidores: basta con recordar al siniestro Rojas que asesinó a su jefe mientras dormía y le cercenó una mano para llevarla como recibo de cobro de una recompensa millonaria. 

Y llama la atención la cauta reacción de los representantes de las Farc en Cuba ante la denuncia: “Estamos esperando a que se decante la información”, dijeron por todo comentario. De manera que sí, las dos cosas pueden ser: o una idiotez, o una traición. Pero yo creo más bien que es cierta una tercera. Que los servicios de inteligencia militar, con cuya astucia no contábamos, creen que la opinión pública es lo bastante idiota como para creer idiotas a las Farc.

Los agents provocateurs no son invención nueva. Los falsos atentados, o los falsos anuncios de atentados, o los atentados propios y verdaderos pero falsamente atribuidos a un tercero han sido método corriente de las inteligencias militares desde los tiempos, digamos, del emperador Nerón, cuyos agentes provocadores incendiaron Roma en nombre de los cristianos. Así incendiaron el Reichstag de Berlín los nazis: en nombre de los comunistas.

Las provocaciones se las creen quienes quieren creérselas; y quienes no, no. Así, el expresidente Uribe dijo que agradecía la protección de los 300 hombres de su esquema de seguridad, pero que pedía además “la protección de Dios que ha sido tan generoso conmigo”. Y el fiscal Montealegre, en un comunicado, dijo que él seguiría apoyando el proceso de paz. 
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