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Opinión

  • | 2013/11/30 00:00

    El que manda, manda

    Las drogas ilícitas son dañinas, multifacéticamente dañinas, no porque sean drogas sino porque son ilícitas.

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Y ahora van a empezar a hablar en La Habana del tercer punto de la agenda de paz, que es el de las drogas prohibidas. Tienen mucho qué decir de lado y lado. Las Farc son, desde hace más de veinte años –desde mediados de los ochenta, según el tomo Guerrilla y población civil que acaba de publicar el Centro de Memoria Histórica– protectoras de los cultivos ilícitos, en particular de coca, y compradoras, o cobradoras de impuesto, de la hoja y la pasta base de cocaína.

En los noventa –cito– “el control guerrillero sobre las zonas cocaleras aseguró el despegue definitivo de su aparato militar”: es decir, los ingresos crecientes del narcotráfico, practicado en su origen aunque no en el extremo final de la cadena de mercadeo, multiplicaron su poder. Y por el lado del gobierno, o más exactamente de las fuerzas políticas que el actual gobierno representa, y que son casi todas dentro de la llamada Unidad Nacional, también se conoce el tema de sobra: no solo en la represión, sino en la participación: la protección, las alianzas narcoparapolíticas, los multimillonarios ingresos de divisas a la economía nacional por la llamada “ventanilla siniestra” abierta de par en par. Tienen mucho de qué hablar.

Pero leo en los periódicos que, incomprensiblemente, las partes han decidido “enfocar el problema desde la prevención y la salud pública”.

No es que yo esté en desacuerdo con eso: la educación, la salud: ni siquiera los que se lucran de ellas, que no es mi caso, se oponen a ella. Por el contrario: son asuntos de una intachable corrección política. Pero me parece un enfoque completamente insuficiente. Las drogas ilícitas son dañinas, multifacéticamente dañinas, no porque sean drogas sino porque son ilícitas. 

Llevo cuarenta años diciéndolo –hace apenas quince días mencionaba aquí esa larga travesía del desierto, apenas con la compañía de economistas neoliberales como los editorialistas de la revista The Economist o el difunto premio nobel de Economía Milton Friedman. Todo lo que se declara ilícito se torna incontrolable, y cae inevitablemente en las manos de mafias criminales. 

Que los gobiernos declaren ilegales los columpios de los niños en los parques, con el argumento de que los niños se pueden marear y vomitar montando en ellos, y la estadística de los que se han desnucado por hacerlo. Y al día siguiente aparecerá un Al Capone o un Pablo Escobar que mate gente y soborne policías y políticos por hacerse con el negocio prohibido de los terribles columpios, que serán clandestinos, y costosísimos por clandestinos. Y matarán más niños.

Al parecer escaldados por los cuarenta años de fracaso de la prohibición, que no ha hecho más que agravar el problema, la opinión está por fin empezando a cambiar. En los Estados Unidos, adalid del prohibicionismo, varios estados han legalizado por votación popular el consumo recreativo de la marihuana, para empezar. Después vendrán la cocaína, las anfetaminas, etcétera. Las drogas son infinitas, y siempre han sido necesarias para el hombre, del vino al yajé, del tabaco al café, del prozac al tetrahidrocannabinol, y es por eso que su prohibición es insensata. 

En varios países o regiones de Europa, como Portugal o Cataluña, o la ciudad de Ámsterdam, el consumo ha sido “despenalizado”. Lo mismo, con el añadido del monopolio estatal de la producción y distribución, está haciendo el Uruguay. Hasta el presidente Juan Manuel Santos ha dicho a veces, y no solo en sus discursos locales sino ante la conferencia de las Naciones Unidas, que él sería partidario de la despenalización si lo acompañara todo el mundo.

Pero lo malo es que no lo acompaña todo el mundo. Su propio negociador plenipotenciario en La Habana en las negociaciones sobre el problema de la droga con las Farc, el general Óscar Naranjo, exdirector de la Policía Nacional, acaba de escribir en esta misma revista que, pese a que el precio que ha pagado Colombia en la insensata guerra contra las drogas decretada por los Estados unidos “es altísimo”, en sangre y destrucción, y de que sus resultados son “frustrantes” y “poco alentadores”, es “imperativo” seguir en ella.

“Imperativo”, escribe el general. Es decir: que lo manda el Imperio. De modo que lo que discutan o lleguen a aprobar las dos partes colombianas que se sienten a la mesa de La Habana no tendrá consecuencias. El que manda, manda.
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