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Opinión

  • | 2013/12/07 00:00

    El partido contra las Farc

    Meterle fútbol al proceso permitiría llevar a la mesa a Maturana para que filosofe con Márquez.

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Tan pronto como supe que el Pibe Valderrama iba a aspirar al Senado, me persigné: que no lo haga, rogué a dios; que no sume a nuestros problemas uno nuevo. Porque no son tiempos de calma. El país avanza hacia atrás. Como si hubiéramos viajado en el tiempo, desde hace una semana despertamos súbitamente en la década de los noventa: el proceso 8.000 arde de nuevo; el Nacional pinta para campeón. Y los personajes que ocupan la primera plana son Pastrana, Gaviria, mi tío Ernesto. Y, por si fuera poco, el Pibe Valderrama.

Que de todos ellos se salve al menos él, pensaba. Si quiere que lo fiche La U, que espere a que lo llamen de La U de Chile. Pero que no suponga que por haber robado unas cuantas marcas en el mediocampo puede ahora convertirse en congresista.

Lo visualizaba en el Capitolio y me daban ganas de llorar. Sí: podría preparar debates sobre hidrocarburos, fiscalizar el presupuesto nacional; incluso volver a sacar a la venta su colonia, arrumada en cajas de cartón en una bodega, y perfumar el cuello de sus colegas, a quienes Uribe llamaba “ladrones de cuello perfumado”.

Pero, por otro lado, su presencia resultaba preocupante: ¿no es mejor volver futbolistas a los políticos, ya que hacen todo a las patadas, y no al revés? ¿Se dejará el Pibe agarrar las partes nobles del senador Gerlein, ese Michel godo, durante el forcejeo de una plenaria?

Puestos a llevar exfutbolistas al Congreso, es mejor lanzar a Eduardo Pimentel, tan compatible con ese mundo; aun a Efraín el ‘Caimán’ Sánchez, cuyo mote de lagarto gigante y destreza para taparlo todo, le permitiría reemplazar a Roy Barreras.

Pero el Pibe, como mucho, meterá leyes por ‘el hueco’, como antes balones. Y al hablar del hueco no me refiero necesariamente a Simón Gaviria, sabio muchacho que refrescó el Partido Liberal primero con el gobernador Guerra Tulena y ahora con Horacio Serpa, quien se disputará los votos de las juventudes colombianas frente a Roberto Gerlein, el jefe de los comandos azules. (Quiera dios que surja una opción que de verdad signifique un cambio, en cabeza de José Galat: la gente se burla de él, pero, de no ser por su actitud temeraria al atravesar el estrecho de Bering, este continente estaría tan deshabitado como uno de esos buses azules del SITP que exigen a los usuarios cargar con dos tarjetas diferentes).

El hecho es que, en correspondencia con la seriedad de su decisión, exactamente medio día después de proclamar su candidatura, el Pibe la retiró. Y, para que no se diga que su carrera pública fue fugaz, ahora promueve un partido contra las Farc. En eso, justamente, reside su genialidad política: en quitarle la plataforma ideológica al Uribe Centro Democrático. ¿Creían haber fundado un partido contra la guerrilla? No. El verdadero partido contra las Farc lo montó el Pibe, sin necesidad de alquilar Corferias ni de hacerle trampa a nadie, y sin la angustia de inventarse una suerte de marioneta cuya candidatura parece un avión de Avianca en el Puente Aéreo, porque presenta demoras para despegar.

Meterle fútbol al proceso de paz puede producir resultados satisfactorios, como llevar a la Mesa de diálogos a Pacho Maturana para que tenga largas disertaciones filosóficas con Iván Márquez, o al Bolillo Gómez, para que Tanja se intimide.

La idea, de todos modos, es que se juegue un partido en Colombia y otro en Cuba, y el equipo que pierda vaya a la repesca. A la repesca milagrosa, se entiende. El árbitro, como es lógico, será Jesús Santrich. Maradona será invitado central, dado que en este ciclo se debate el asunto de las drogas. El fiscal y la contralora harán parte de las barras bravas. Y Sigifredo López haría el saque de honor si le certifican que es el Pibe, y no la Fiscalía, quien organizó el cotejo.

Del equipo guerrillero se sabe poca cosa: apenas que ubican al dummy de Simón Trinidad en las barreras; que Iván Márquez pide despenalizar los penales; que los volantes de marca copan el terreno rival, casi siempre con sembradíos de coca; que tiene veloz salida por Venezuela, y que sus delanteros, cuyos dribles quiebran cinturas y patas a la vez, cambian de frente, juegan al bombazo y fusilan al arquero: de clasificar al Mundial, habrían quedado en el ‘grupo de la muerte’, bautizado de esa forma en honor a ellos.

Por eso, no basta con que el Pibe congregue viejas glorias futbolísticas que vengan al caso, como el Bombardero Valenciano; el Rambo Sossa; Anthony ‘el Pipeta’ de Ávila o el Mortero Aravena. No. 

Es preciso convocar lo más belicoso que tiene el país, que son sus expresidentes: que Pastrana juegue retrasado, como hasta ahora, y se encargue de los despejes; que mi tío Ernesto siga estorbando por el centro izquierda, porque si lo ponen a marcar atrás con seguridad le ganan la espalda; que Gaviria vocifere, ora en el entretiempo, ora en CMI, para quebrar otra vez el campo, esta vez de juego; y que Uribe cargue en el hombro a Óscar Iván Zuluaga por la banda ultraderecha a ver si en las graderías lo reconocen. Seguirán peleando entre ellos cuando vayan perdiendo y el juez Santrich pite el final del partido y tome tranquilamente un bus del SITP: son las ventajas de ser árbitro y andar con dos tarjetas en el bolsillo.
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