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Opinión

  • | 2013/12/14 00:00

    ¡Cría Ordóñez y te sacarán los ojos!

    Si el alcalde hubiera robado, a lo mejor Ordóñez lo castigaba con menos años.

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Decidí obedecer las instrucciones de Petro y sumarme a la gran marcha que convocó en la plaza de Bolívar, casi tan pronto como nos dio la orden. La verdad es que fueron impactantes las palabras con que el alcalde le contó al mundo la noticia de su destitución. Y lo fueron, en especial, para quienes estaban en la primera fila del auditorio, toda vez que, poco antes de hablar, el alcalde se llevó a la boca una manotada de maní y varios trozos de cacahuete impactaron a algunos de los presentes.

No pensaba quedarme en la casa mientras el procurador Ordóñez se convertía en un miedoso superhéroe que abusa de sus superpoderes. Aún hoy lo podemos ver enfundado en la capa de su uniforme de legionario de Cristo, vestido, a la manera de Superman, con unos calzones de castidad por fuera de la trusa, dispuesto a disparar años de inhabilidad contra sus enemigos políticos como quien dispara rayos.

Vamos a movilizarnos por la Bogotá Humana, me dije. ¿Dónde hay una chompa blanca? ¿Un chal de lana, al menos, unas botas de gamuza? Me sumo a la protesta.

Mientras me alistaba, recordé el inicio de esta historia, cuando el entonces senador Gustavo Petro se puso de rodillas frente a Alejandro Ordóñez, quien, en ese momento, era un oscuro y rollizo candidato a procurador: no como ahora, que es un oscuro y rollizo procurador. El senador Petro le tiraba su voto como si fuera un pedacito de pan, y el procurador lo regurgitaba con verdadera avidez, mientras le crecía el buche. Ahora disimula esa protuberancia abdominal con una faja adelgazante, por entre la cual se pasa la Constitución.

Cría Ordóñez y te sacarán los ojos, pensé. Pobre Gustavo –ya le decía Gustavo, porque lo sentía cercano–: está pagando caro ese acto de compasión humana, de amor por el rival ideológico y la nómina ajena que tuvo aquella vez: ¿cómo no supuso que el fanático de ayer sería el extralimitado procurador de hoy? ¿Por qué los líderes de la derecha suelen ser extralimitados, a excepción de Pachito, que simplemente es limitado?

Defendería a Gus –ya le decía Gus– entre otras cosas, porque, de no hacerlo, el mismo Pachito terminaría de alcalde, y Tapia dejaría de ser el apellido del contratista que acabó con la ciudad, para convertirse en la descripción misma del alcalde.

Puse Canal Capital para ambientarme con el programa de Antonio Morales, quien dirigía una suerte de talk show de izquierdas con exintegrantes de los Amerindios que criticaban el fallo, y me preparé para salir: soñaba con integrar cuanto antes ese movimiento de Indignados del cual Petro, humilde, se acababa de autoproclamar como líder; con asistir a esa gran manifestación que los libros de historia registrarán, en el futuro, como ‘La marcha del Mustang suelto’.

He criticado a Petro por sus semejanzas con Chávez: ambos se creían la reencarnación de Bolívar, ambos se calaban boinas y, si la perrita Bacatá se convierte en la heredera de Petro, que sería lo lógico, ambos habrían dejado su legado en manos de dos animales.

Pero, obligado a elegir, estaba con Petro. Porque, seamos francos: el fallo del procurador se parece a las mismas volquetas recolectoras de basura por las que sancionaron al alcalde: carece de presentación y no tiene reversa. Si el alcalde hubiera robado, a lo mejor Ordóñez lo castigaba con menos años.

Salí de mi casa con la ilusión intacta. Imaginaba que la plaza estaría inundada de petristas: de gente que ha sido perseguida por los militares o al menos por sus esposas con un molinillo; brigadas de pacientes que han quedado mal operados de la vasectomía, y colectivos de personas que hablan de sí mismas en tercera persona, y tutean y tratan de usted en una misma frase.

Compartiría un Pielroja y un tinto en vasito de icopor con los profesores de sociología que tuvieran a bien asistir. Saludaría a Hollman Morris en persona. Conocería a los dirigentes de la política del amor (por lo menos al coordinador de la seccional de celos) y me codearía con Asprilla, con Jaramillo, con la señora Flechas… Sería como estar con Los Marinillos: personajes que se han hecho famosos por improvisar.

Salí de mi casa fantaseando con la idea de bañarme, glorioso, con la gasolina que chorreara del discurso del alcalde. Agradecería su generosidad, en momentos en que la gasolina está tan cara y él se la regala al pueblo, como Chávez. Y le perdonaría que hablara como prócer nacional, y no como alcalde, porque, finalmente, nunca ha hablado como tal.

Pero no pude llegar, vida miserable. Me fue imposible. La ciudad está hecha un caos. No hay calles, no hay metro: no hay nada. Solo una cantidad de años perdidos. Petro invocó una movilización en una ciudad en la que movilizarse es un imposible. Ha debido ser un plantón, para que cada uno pudiera participar desde el trancón en que se hallara.

Regresé a mi casa abatido. Para apoyar al alcalde, tendré que esperar a las elecciones de 2030, que estarán de infarto: serán entre Petro, el Pincher Arias, el hijo de Simón Gaviria y José Galat. Quien gane recibirá la banda presidencial del doctor Ordóñez (quien, por sustracción de materia, será presidente por tres periodos consecutivos) y tendrá que jurar sobre lo que quede de Constitución cuando el mismo Ordóñez se la saque de la faja.
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