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Opinión

  • | 2014/02/22 00:00

    Otra revolución perdida

    Venezuela tiene una tradición ejemplar de pacifismo y creo que está muy lejos de una guerra civil. Sin embargo, hay factores nuevos en esta sociedad que preocupan.

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Acojo el consejo de una periodista amiga que vive a unos metros de la Plaza Altamira de Caracas y que me ha dicho: ¡Aléjate de Twitter! Porque si uno se atiene a las redes sociales, Venezuela es un campo de batalla.  Y a lo mejor no lo es tanto.

Se sabía que tarde o temprano la situación iba a estallar. Aunque en estos quince años ha habido polarización, insultos, elecciones reñidas, intentos de golpes, guerra de marchas, conspiradores de lado y lado, la economía no había tocado fondo como ahora. Una cosa es que la política arda y otra que la economía se venga al piso. Con la mayor inflación del mundo (56 %), un desastecimiento de alimentos de primera necesidad, era más que lógico que la gente terminara en la calle.

El fracaso del modelo económico del chavismo no se puede esconder bajo las banderas de la revolución, por más logros que esta tenga.  Menos cuando el gobierno no puede explicar dónde fueron a parar un millón de millones de dólares de la renta petrolera.  La inseguridad cotidiana parece haber llegado también al límite de lo tolerable. Es así como la chispa que incendió la pradera se produjo en Táchira, con un intento de violación de una mujer, que terminó en protestas masivas. Y luego en asonadas, con tintes de violenta anarquía donde se enfrentan gobiernistas y opositores. Durante la semana, según los medios de comunicación, hubo ocho personas muertas por causa de este hervidero social.

Venezuela tiene una tradición ejemplar de pacifismo y creo que está muy lejos de una guerra civil. Sin embargo, hay factores nuevos en esta sociedad que preocupan. Uno es que desde hace más de un lustro Chávez haya propendido por armar a los civiles en milicias.  Grupos que supuestamente defendería la revolución de una agresión externa, pero que han terminado, según acusan manifestantes, actuando como parte de un dispositivo político militar oficial. Si a eso se suma el auge del crimen organizado, la extrema polarización y unas manifestaciones que no tienen norte, el asunto se torna delicado en extremo.

Pero una cosa es que a un sector de los venezolanos se les haya rebozado la copa y otra que Leopoldo López sea el héroe de la jornada. López, replicando las viejas mañas que han llevado al fracaso a la oposición venezolana, se subió cual surfista en la cresta de una ola de inconformidad, para sacar provecho de ella. No para darle una conducción política como haría un dirigente serio, sino para montar toda una escena calculada, con cárcel incluida, que lo catapulte como mártir.  “Sentido de la oportunidad” lo llamarán unos.  “Irresponsabilidad” lo llaman otros. Su actitud ha dividido a la oposición, pues buena parte de ella reconoce que la consigna de “La Salida”  tiene un tufillo desestabilizador. 

En el otro extremo de la oposición, Henrique Capriles, ha hecho llamados inútiles a la calma, y apenas parece estar entendiendo que  estas protestas están cambiando el escenario político de su país.  Que tal vez ya no le alcance el tiempo para desarrollar su estrategia de robarle las bases populares al chavismo a partir de un trabajo de base. 

Si a eso se suman las fracturas dentro del chavismo, mal disimuladas por el presidente Nicolás Maduro y Diosdado Cabello, entonces el panorama no es halagador en el mediano plazo. Buena la hizo Chávez al dejar a los militares en el poder.

El experimento chavista, muy a pesar de que ha significado mucho para los sectores más pobres, es un fracaso para el conjunto de la sociedad, y un sueño que América Latina difícilmente va a imitar. Por su intolerancia, por su arrogancia, y porque ha construido una nueva casta, tan dominante, ambiciosa y corrupta como la que existían antes de Chávez. Es una lástima.
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