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Opinión

  • | 2014/02/22 00:00

    Detrás de la barrida de Barrero

    Santos tiene problemas para cohesionar el Ejército, no porque esté en contra del proceso de paz, ni mucho menos, ni porque exista ruido de sables o amenaza de ruptura constitucional.

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Santos tiene problemas para cohesionar el Ejército, no porque esté en contra del proceso de paz, ni mucho menos, ni porque exista ruido de sables o amenaza de ruptura constitucional. ¡No! Los militares colombianos son respetuosos del poder civil y se someten al estado social de derecho, pero les preocupa cuál será el tratamiento político y jurídico que recibirán una vez se llegue a un “acuerdo de terminación del conflicto” con las FARC y cuál será el futuro de su institución.

Es obvio. La experiencia demuestra que los militares van a la cárcel y los exguerrilleros al poder. Mientras los que enfrentaron a los criminales son perseguidos y privados de la libertad, muchas veces injustamente, quienes se dedicaron a extorsionar, asesinar, masacrar, violar, traficar drogas, enriquecerse ilícitamente y reclutar niños van directo al Congreso, ministerios o a la Presidencia de la República. A las Fuerzas Armadas las estigmatizan, las califican de instrumentos de terror estatal, y a los terroristas los exaltan como estadistas hasta graduarlos de héroes. Mientras a los soldados se les excluye, señala y repudia, a los criminales se les convierte en referente moral.  

Por eso la posición del saliente comandante de las Fuerzas Militares, general Leonardo Barrero, era clara: no se puede negociar a las FF.MM. en La Habana. Su planteamiento, compartido por un amplio sector de las fuerzas, es que no se deben pactar reformas al estamento castrense con Timochenko. ¿Razonable? ¡Por supuesto! Aceptarlo implicaría que son las FF.MM. las causantes de la violencia y por eso se deben intervenir de común acuerdo con los terroristas.

Además, significa admitir que por ese camino la suerte jurídica de los militares no se resuelva en el Congreso ni en las cortes y dependa de Márquez y Catatumbo. ¡Triste historia! Los militares y policías que ofrendaron su vida en defensa de los derechos de los ciudadanos dependen ahora de las FARC. ¡Victoria fariana!

En los pasillos del Ministerio de Defensa y entre altos oficiales se menciona que la barrida a Barrero tiene que ver con que, en el evento de rendición de cuentas efectuado hace tres semanas por el sector defensa, el comandante se atrevió a decir públicamente al presidente Santos que las FF.MM. no podían ser objeto de negociación en La Habana. Todo el resto que rodea su salida es escenografía montada con el cuidado que permitiera distraer la verdadera razón.

Esas mismas fuentes reconocen que Barrero se salió del guión no sólo por su criterio frente al uso de la fuerza en el marco del DIH contra las bandas criminales, cosa que Sergio Jaramillo veta aún por encima del ministro Juan Carlos Pinzón, sino porque en una reciente reunión con presencia de varios generales en Villavicencio, que congregaba comandantes del Comando Conjunto del Suroriente, Barrero intervino públicamente después de Jaramillo con observaciones que aumentaron la inconformidad de ese sector del Gobierno.

La preocupación de los militares tiene fundamento. En el marco jurídico para la paz, nombre pomposo con el cual se bautizó la reforma constitucional que permite la impunidad para las FARC, metieron un mico que al parecer el Mindefensa aún no ve o ayudó a redactar: “Una ley estatutaria podrá autorizar que, en el marco de un acuerdo de paz, se dé un trato diferenciado para los distintos grupos armados al margen de la ley que hayan sido parte en el conflicto armado interno y también para los agentes del Estado, en relación con su participación en el mismo”. Sí, en “en el marco de un acuerdo de paz”, es decir, en el contexto de un Acuerdo en La Habana con las FARC, se definirá el tratamiento jurídico para policías y militares, una interpretación que se debe objetar.

Tan honda es la preocupación en las filas, que el general, en su carta de despedida, luego de advertir que las FF.MM. están inmersas en una “coyuntura especial”, reconoce que tiene "la esperanza de que, con la unión de esfuerzos y el compromiso que nos caracteriza, nuestra institución no será objeto de negociación en escenario alguno, presente o futuro y bajo ninguna circunstancia”.

Y más adelante, en la misma comunicación, Barrero pide el apoyo para la gestión del general de la Reserva Activa Jorge Enrique Mora, a quien reconoce la calidad de “representante en la mesa de conversaciones de La Habana”. Luego es evidente que la posición de Mora es la misma de Barrero. Al sacar a este se pretende romper esa llave y quitar el bastión sobre el que Mora se espera sostenga una fuerte posición de defensa de los intereses militares en la mesa con las FARC.

Es forzoso entonces interrogarse sobre si lo que se buscaba al sacar a Barrero es debilitar a Mora. Este general, serio, respetado y escuchado por activos y retirados, es garantía; no obstante, juega solo, es decir, tiene que enfrentar la laxitud característica de Sergio Jaramillo en estos temas, el afán de Santos de firmar lo que sea y la codicia del Secretariado que ve en el proceso la oportunidad de pasar una cuenta de cobro y destruir a las fuerzas militares. No hay que olvidar que para los comunistas la “solución política negociada” no es más que una forma lucha revolucionaria.

El mensaje de Barrero no debió fastidiar al presidente a menos que el temor de los militares corresponda a la realidad, caso en el cual la falta de transparencia del Gobierno no sería otra cosa que una emboscada. Con habilidad se trataría de adormecer a los militares para llevarlos a un escenario adverso en el que se imponga la transformación de las fuerzas armadas, diseñada a dos manos con las FARC, así se presente de otra forma por el Gobierno.

Los militares y policías no son deliberantes. ¡No deben serlo! Les corresponde abstenerse de participar del debate partidista y están destinados a cumplir su labor en el marco del objetivo político fijado por el presidente. Eso no se discute. Pero tampoco caer en el extremo de pretender su silencio absoluto cuando se trata de sus garantías judiciales y del futuro de la propia institución.

En twitter @RafaGuarin
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