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Opinión

  • | 2013/10/12 00:00

    El momento definitivo de La Habana

    Todas las fuerzas que se han opuesto a las conversaciones con las Farc husmean el fracaso y sienten que se acerca el instante de pasar la cuenta de cobro.

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Están de plácemes Uribe, Pacho Santos, Lafaurie, Londoño. Se frotan las manos los grandes ganaderos, los bananeros, los palmeros y el Centro Democrático. Hacen cuentas los vendedores de armas y las mafias. El presidente Santos habla de la posibilidad de una suspensión de las negociaciones de paz y las Farc también consideran esta opción. 

Algunos columnistas se preguntan, incluso, si llegó la hora de acabar con la Mesa. Todas las fuerzas que se han opuesto a las conversaciones con las Farc husmean el fracaso y sienten que se acerca el instante de pasar la cuenta de cobro. Se imaginan en elecciones recorriendo plazas y hablándoles a los medios de comunicación de la mala hora en la que se le ocurrió a Santos abrir las puertas de las negociaciones de paz.

Entiendo perfectamente lo que ocurre en La Habana. Ha llegado el momento decisivo. Lo sentí alguna vez que estuve en un proceso de paz. Sentía la angustia de los guerrilleros que tendrían que cambiar drásticamente de vida después de muchos años de guerra. 

Lo veo ahora en los rostros de los jefes de las Farc que cargan sobre sus hombros con 50 años de monte y de conflicto. Quieren más tiempo para asimilar esa nueva vida. Prepararse para el doloroso encuentro con las víctimas. Quieren algunas certezas antes de abandonar la rutina de los uniformes, las armas y el combate. El hombre se acostumbra, el hombre se apega, aun a los oficios más tristes. 

¿Qué certezas? No hay que ser demasiado inteligente o demasiado informado para entenderlo. Las Farc necesitan vislumbrar el espacio político que tendrán en su ingreso a la vida civil y quieren absoluta claridad sobre la Justicia transicional que les tocará enfrentar. Digo una cifra, quizás arbitraria, sobre el significado que tienen, para ellos, estos dos puntos de la agenda. Creo que significan el 80 por ciento de la negociación. 

Santos y la opinión, Santos y el país, están en el momento crítico. Tienen que decidir si les pueden dar a las Farc una representación atractiva en el Congreso y unas condiciones para acceder al poder en zonas y regiones donde han estado por tantos años. Es decir, garantías de que no los van a matar, circunscripciones especiales y acceso a la financiación y a los medios de comunicación para competir con posibilidades de triunfo en el cerrado mundo de la política colombiana. 

Tienen que decidir si al fin es viable, o no, lo que en principio dijo el fiscal general de la Nación: un indulto y una amnistía condicionadas, es decir, la posibilidad de penas alternativas a la cárcel para los más comprometidos a cambio de verdad, de reparación y de compromiso sagrado de no repetición. Sin eso no hay nada. 

Si estas dos cosas se aclaran en el seno del gobierno y si las Farc rompen el miedo a la civilidad, si saltan sobre la angustia que implica el desarme y la desmovilización, si comprenden que llegó la hora de cambiar de vida, la negociación da un salto, la negociación se puede hacer en días o semanas. El problema no es el tiempo, el problema son las ofertas de lado y lado. Ese es el lío. Es la ausencia de ofertas audaces lo que tiene al gobierno y a las Farc hablando de suspender y a otros de parar las negociaciones.

Si estos puntos, que son el corazón de la paz, están plenamente concertados se puede firmar el acuerdo definitivo a principios del año 2014. Podrían quedar temas de negociación pendientes. Se podría continuar el proceso de concertación en medio de la desmovilización y del desarme. Así lo han hecho en otros procesos de paz. 

Y, en caso de que las partes insistan en no dar el paso definitivo antes de las elecciones, entonces podrían firmar un acuerdo parcial que incluya lo agrario, la participación política y la Justicia transicional y sobre esa base se suspenden por un tiempo definido las negociaciones y las Farc decretan un cese unilateral de hostilidades. 

Así la suspensión tendría el color de la esperanza y no el aroma del fracaso. Así la pausa sería un interregno para perfeccionar los acuerdos y proceder, una vez pasen las elecciones, a firmar el convenio para la terminación de la guerra y el inicio de la reconciliación. 
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