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Opinión

  • | 2017/04/30 14:40

    La revolución bolivariana, ¿fue exitosa?

    La declaración de admiración de Timochenko por la revolución bolivariana y una reciente carta de William Ospina a Maduro, han puesto sobre la mesa las bondades de la tarea transformadora del chavismo en Venezuela.

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La declaración de admiración de Timochenko por la revolución bolivariana y una reciente carta de William Ospina a Maduro, han puesto sobre la mesa las bondades de la tarea transformadora del chavismo en Venezuela. Para el primero, la revolución de Chávez fue la respuesta a la esperanza de un pueblo que estaba “hacinado en las grandes barriadas populares, necesitado con urgencia de recursos, trabajo, educación, salud, vivienda, derechos elementales que les habían sido negados siempre”. Para el segundo, “la revolución bolivariana, ha demostrado ser con éxito en el mundo la primera transformación revolucionaria pacífica y democrática”

¿Ha sido un éxito la Revolución Bolivariana? Un balance de los primeros diez años de la revolución, realizada por el Centro para la Investigación de la economía y la política, muestra mejores datos. Hasta 2009, el gobierno de Chávez había logrado reducir en 39% los hogares en condiciones de pobreza y en más del 50% de los que se encontraban en pobreza extrema.

El coeficiente de Gini, que mide la desigualdad, había caído hasta el 41% en 2008 (que era una reducción significativa). El gasto social real por persona había aumentado tres veces más de lo observado en 1998. Las tasas de escolarización en la educación superior se duplicaron, en tanto que, en el mismo periodo la mortalidad infantil cayó en más de un 33% en el mismo periodo y el número de médicos en atención primaria se había multiplicado por doce. Todo gracias a la inmensa cantidad de dinero que le produjo una bonanza que llevó por encima de los US$100 el barril.

Pero las revoluciones no se hacen sólo con dinero. Para avanzar de verdad, necesitan cambios estructurales que les confiera sostenibilidad. Chávez tenía por delante la tarea de modificar la institucionalidad gubernamental y de políticas que sostenía la función reguladora del Estado, y emprender un cambio profundo en los niveles de formación y conocimiento de los responsables de conducir las transformaciones tanto desde la sociedad, como desde el Estado.

Pero esos cambios estructurales nunca llegaron. En 18 años de gobierno, no se logró una nueva forma de intervención que privilegiara los propósitos de la revolución. Mientras el aparato estatal crecía 3 y 4 veces en burocracia, toda la acción social de la revolución se le confía a las llamadas Misiones, que operaban bajo una modalidad más asistencialista que revolucionaria. Se llega así a una especie de paraestado que nunca se conecta con la institucionalidad estatal. Los cubanos no logran transferir su saber acumulado en política social, ni tampoco institucionalizar la estructura de las misiones en el aparato público venezolano.

Tampoco se estructuró un modelo económico que sostuviera la revolución. El chavismo nunca logró poner en marcha una economía de la transformación socialista. La tarea, que había sido confiada a un grupo de  asesores españoles provenientes de la Universidad Complutense y del llamado Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (como Juan Carlos Monedero y Alfredo Serrano), nunca pudo superar la reflexión panfletaria.

Sin un proyecto político y económico de revolución, era evidente que los esfuerzos por impulsar una base productiva y de conocimiento científico que garantizara la sostenibilidad de la revolución, quedara solo en la invocación de los documentos oficiales. Con la expedición de la Ley Orgánica de Ciencia, Tecnología e Innovación, los científicos comenzaron a ser llamados “cultores”. Y la investigación dejó de ser una actividad propia de los científicos, para ser desplazada por la innovación que podría ser realizada por cualquier persona. Ahí quedó todo.

Al finalizar 2010, la renta petrolera había financiado los gastos sociales, pero no había impulsado un a mejor dotación de mejores profesionales, ni más científicos trabajando en investigación y desarrollo en las empresas del país, ni mucho menos en el mejoramiento en las condiciones del personal con formación doctoral al frente de las principales universidades y centros de formación del país o funcionarios cada vez más capacitados en el sector público. 

Los datos no podrían ser más alarmantes. Las publicaciones realizadas por investigadores venezolanos cayeron de un valor máximo de 0,5 publicaciones por investigador, alcanzadas en 1990, a 0,06 publicaciones observadas en 2011. Y mientras en América Latina se producían importantes avances en el registro de patentes (en sectores claves como la industria agro-alimentaria), Venezuela se rezagaba cada vez más.   

La crisis económica mundial toma a Venezuela sin una institucionalidad capaz de responder a las exigencias de un quiebre económico y lo peor, sin un modelo económico que sostuviera la revolución bolivariana, ni una política económica lo suficientemente consistente como para manejar la crisis. La caída de los precios del petróleo puso al descubierto los vacíos del proyecto chavista. El aumento sostenido del gasto público, que para 2015 superó el 47% del PIB, no fue suficiente para compensar la caída generalizada de la actividad económica.

Los avances que se habían obtenido en materia social (nutrición y dotación de vivienda y mejores servicios de salud y educación), se reversan hasta volver  los niveles de 2001. Los venezolanos vuelven a sentir los rigores de la pobreza y la pobreza extrema, pero esta vez agravada por la inflación (que para el año pasado superó el 315 % solo para alimentos y bebidas) y el aumento en el desabastecimiento de todo tipo de bienes, pero especialmente alimentos y medicinas.

No hay duda que la Revolución Bolivariana no ha sido otra cosa que una toma masiva del aparato público por parte del chavismo, pero que nunca logró producir las reformas estructurales, ni mucho menos estructurar los proyectos que condujeran a Venezuela por la senda del Socialismo del Siglos XXI. Una obra que nunca pudo llegar a ser.

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