Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2016/10/15 20:23

¡Presidente, qué es la unidad a este lado de la mesa!

Le corresponde al presidente cumplir con su palabra de que “vamos a decidir entre todos cuál es el camino que debemos tomar para que esa paz sea posible”.

Pedro Medellín Torres. Foto: Semana

El primero de abril del 2013, un año después de iniciados los diálogos de La Habana, publiqué una columna titulada “Y la unidad a este lado de la mesa?” Para entonces ya eran evidentes las ventajas que comenzaban a tener las FARC por haber llegado unidos a la negociación, a pesar de los varios años de dura lucha interna que les había tomado llegar a esa decisión.

En cambio, en el otro lado de la mesa era cada vez más evidente la ruptura. Los términos en que Santos y Uribe se trataban, profundizaban cada vez más la brecha. La vocación de paz de gobierno y oposición, era solamente para afuera. Adentro, como perros y gatos. Las búsquedas de la paz quedaban despedazadas por las disputas personales. Lejos de pensar en el país, uno y otro avanzaron ciegos en su propósito de acabar con cualquier realización de su “enemigo”.

Al cumplir dos años de negociación, ya era evidente que Santos y Uribe se equivocaban al no haber buscado consensos, por ejemplo, sobre lo que no era negociable. El no haber trazado las líneas rojas más allá de las cuales la negociación no podía ir, le permitió a los opositores decir que "Santos estaba entregando el país a las Farc", o que todo iba a terminar en indultos y amnistías encubiertos que llevarían a llevar a los jefes guerrilleros al Congreso o a los cargos públicos.

Los mínimos que planteó Santos, como que las FARC no tendrían curules en el Congreso solo por firmar la paz, rápidamente se irían diluyendo en una negociación en la que cada vez más el gobierno políticamente se abría al exterior, pero se cerraba internamente. Lejos de aclimatar un proceso hacia la paz, Santos y Uribe habían logrado dividir el país.

Y en el plebiscito, paso lo que tenía que pasar. El estrecho margen con que ganó el No, hizo que todo se viniera abajo. Con su voto, los colombianos dijeron claramente, primero, que a los acuerdos había que introducirles cambios que ayudaran a mejorarlos. Y segundo, que optar por el No de ninguna manera era un rechazo a la paz, sino a las condiciones bajo las cuales se acordaba el final del conflicto con las FARC.

La conciencia en torno a la necesidad de un diálogo entre ganadores y perdedores, que desató el sorpresivo resultado, rápidamente se quedó sin piso. El igualmente sorpresivo premio nobel a Santos, sirvió para que las tensiones volvieran a crisparse. Las FARC, que inicialmente dijeron que “le seguirían apostando a la paz”, luego dice que el acuerdo es intocable; el presidente que había anunciado que convocaría a todos los sectores, para decidir el camino a seguir para que la paz sea posible, pero luego anuncia que el cese al fuego iría hasta el 31 de octubre. Y los ganadores del No que en principio habían tendido la mano, ante las reacciones del gobierno alertan y se preparan para un “conejazo”.

El país está indefectiblemente dividido. Tanto, que no dejan ver lo positivo de los resultados. A las Farc, que seis millones y medio de colombianos apoyan los acuerdos con el gobierno. Y eso ya le confiere una legitimidad incuestionable a la negociación. Y a Santos, que la decisión de los ganadores, de respetar las facultades presidenciales y reconocer su liderazgo, le están dando un segundo aire a un gobierno antes que presionar su renuncia.

Pero ojo. Los acuerdos con las FARC no están cerrados. Seis millones y medio de votos también le han dicho que deben ser ajustados. Y el presidente tiene la obligación no sólo de respetar esas mayorías, sino de convertirse en su vocero en la mesa de negociaciones. Así como la Constitución le impone la búsqueda de la paz, también le confiere el erigirse como símbolo de la unidad nacional. Y quienes votaron No a los acuerdos, no fueron los que levantaron en armas contra el Estado y las descargaron contra ciudadanos indefensos.

No hay que olvidar que las Farc todavía están sentadas al otro lado de la mesa. Y le corresponde al presidente, cumplir con su palabra de que “vamos a decidir entre todos cuál es el camino que debemos tomar para que esa paz sea posible”. Es el consenso necesario para garantizar la unidad en este lado de la mesa.

*Doctor en Ciencias Políticas

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