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Opinión

  • | 2005/06/25 00:00

    Comercio bilateral

    El único producto que de verdad tiene importancia en el comercio bilateral entre los Estados Unidos y Colombia es la cocaína

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Hago una pregunta que, por obvia, tal vez parezca impertinente. ¿Ha mencionado alguien, en esta negociación tan larga y tan ardua sobre el Tratado de Libre Comercio entre Colombia y los Estados Unidos, la palabra...? Pero antes, y para que no se alargue demasiado la pregunta propiamente dicha, voy a hacer un paréntesis de respiración, o dos.

Dije: sobre el Tratado (o TLC). Pero ¿no será más bien bajo el Tratado? 'O hacia el Tratado? Se agotan las preposiciones de la lengua castellana: hacia, hasta, para, por... ¿Sin el Tratado? (No lo quiera Dios, dicen nuestros negociadores). ¿Contra? (Que no lo quieran ni Dios ni el Diablo). Tras. Tal vez esa sea la preposición que mejor se ajusta a nuestra idiosincrasia. Tras el Tratado, o del Tratado en pos. A ver si por fin algo. Una limosnita, doctor. Monita, yo se lo cuidé.

Tras el TLC: Y vuelvo al principio.

Quiero preguntar: en estas tratativas tan densas y tan prolongadas, tan complejas, para adelantar las cuales ha sido necesario instalar durante años hasta nada menos que veinticuatro 'mesas' simultáneas y sostener reuniones en dos o tres docenas de centros de convenciones turísticas situadas en numerosos paralelos y meridianos geográficos y a tres o cuatro pisos térmicos; en las cuales han participado por el lado de Colombia varias docenas de funcionarios de variados niveles, desde el Presidente de la República y algunos de sus ministros (Agricultura, Hacienda, Comercio, Relaciones Exteriores), hasta la gente de la Dian, Proexport, el Banco de la República; y sobre las cuales han opinado tantos ex ministros de Hacienda, y de Comercio, y ex presidentes de la República, y banqueros, y empresarios, y finqueros, y dirigentes de gremios económicos, y guerrilleros, y obispos; y por las cuales se han dado tantas discusiones no sólo internacionales e intertransnacionales, sino hasta intrafamiliares; quiero preguntar, digo, a riesgo de ser impertinentemente obvio:

¿Alguien ha mencionado la palabra cocaína?

Porque bueno, sí: las flores, las artesanías de cabuya y nuez de coco, las pieles curtidas de babilla, etc., etc... Ah, sí: y el café, que todavía se siembra, y el petróleo, que todavía no se ha acabado, y... ¿qué más? ¿Los bluyines de marca que cosen las madres de los huérfanos de las comunas de Medellín? Sí, bueno, todo eso. Pero lo cierto es que el único producto que de verdad tiene importancia en el comercio bilateral entre los Estados Unidos y Colombia es la cocaína. ¿Y la menciona alguien en las exhaustivas, nos dicen, discusiones sobre, para, por, según, el TLC?

Creo que no la menciona nadie. O por lo menos yo no la he oído mencionar.

Y sin embargo tiene importancia. No sólo representa, en dinero, el más alto rubro de intercambio entre los dos países, sino que sus efectos indirectos y colaterales son inmensos. Piensen ustedes en lo que va de aquí para allá, además de la droga propiamente dicha: las lanchas y los barcos y los aviones confiscados, las 'mulas' detenidas, los 'capos' extraditados, e incluso la valija diplomática que utilizaba aquel coronel de la Embajada norteamericana en Bogotá del cual nadie ha vuelto a hablar. Las pieles de babilla rellenas de coca, las artesanías rellenas de coca, etc. También la mala fama. Yo no sé cómo se evalúa con exactitud la mala fama, pero sé que puede hacerse, como se evalúa el 'good will' intangible de una empresa. Y piensen también en lo que viene de allá para acá, además de los dólares que pagan la droga. Piensen en los insumos químicos precursores de la refinación de la coca, y en los defoliantes químicos para erradicarla; piensen en los agentes de la DEA y en los consejeros militares del Plan Colombia (hoy Plan Patriota); piensen en las armas.

No soy economista profesional. Mucho me lo han reprochado algunos profesionales de la economía cuando he opinado sobre temas que ellos creen de su exclusiva competencia (o incompetencia). Pero creo que es precisamente por no serlo (por no ser estrechamente economista, o manguianchamente economista) que a veces me doy cuenta de que la economía es más amplia de lo que ellos aseguran.
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