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Opinión

  • | 2002/06/17 00:00

    Comisión de Televisión o televisión pública

    El Congreso de la República deberá decidir esta semana si mantiene o no la Comisión Nacional de Televisión.

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Colombia tiene un esquema de televisión abierta sano, conveniente y pluralista. Pocas sociedades en el mundo cuentan con dos canales privados, dos mixtos (el 1 y el A) y uno público en el orden nacional, sin contar con los ocho canales regionales y los dos locales de Bogotá. Se trata de una oferta televisiva amplia para informar y recrear a los ciudadanos. Sin embargo, este sistema atraviesa una profunda crisis desde hace tres años como consecuencia lógica de la ampliación de la oferta, la recesión económica y la incapacidad comprobada del ente que dirige la televisión en el país.

A partir de esta crisis es que debemos actuar con eficacia y celeridad en la búsqueda de soluciones que nos permitan que los colombianos sigan contando con las alternativas que hoy disfrutan sin tener que pagar un solo peso. Debemos hacer todos los esfuerzos que sean necesarios para preservar el actual sistema, es decir, para continuar en un esquema de "coexistencia pacífica" entre canales públicos y privados, brindándole la posibilidad a los primeros de competir en igualdad de oportunidades con los segundos. Y en esa búsqueda del modelo de televisión del futuro la Comisión Nacional de Televisión dejó de ser un instrumento eficaz para convertirse, por sus propias fallas, en su más grande obstáculo.

Es cierto que al desaparecer la Cntv no se van a solucionar como por arte de magia los problemas de la televisión, pero no es menos cierto, también, que no habrá ninguna posibilidad de salvar la televisión colombiana si se prolonga la vida de un ente absolutamente ineficiente, inútil y altamente costoso para los colombianos. Una entidad que perdió además toda legitimidad y credibilidad frente a la opinión pública y ante los propios operadores de televisión. El único consenso que existe en un medio tan complejo y lleno de intereses contradictorios como es el de la televisión, es el de la urgencia de liquidar de una vez por todas este engendro de la Constitución de 1991.

Por qué el 80% de los colombianos en distintos sondeos de opinión piden la muerte de la Cntv?. Por qué todos los concesionarios de los canales 1 y A y los mismos canales privados claman por su eliminación?. Son muchas las razones. La primera y más simple de entender es que se trata de una entidad que no se requiere hoy en el ordenamiento jurídico colombiano. Tan cierto es que sobra, que si mañana borramos de un plumazo el denominado ente autónomo la prestación del servicio de televisión para los colombianos no se afectará, por el contrario, tenderá a mejorar sin las cargas burocráticas de la Cntv. En segundo término, este es un ente demasiado grande con unos costos absurdos. Recordemos que cinco comisionados de televisión se gastan al año para su solo funcionamiento más de 18.000 millones de pesos, lo cual constituye un pecado mortal en la actual coyuntura fiscal. Además, no es conveniente desde el punto de vista jurídico que la organización del ente y sus definición forme parte de la Constitución Nacional porque determina ataduras constitucionales absurdas a un sector que es dinámico y se encuentra sometido a constantes avances tecnológicos. En ninguna constitución del universo se tiene una figura parecida a la nuestra.

Sin embargo, son las cifras las que nos demuestran con mayor contundencia la urgencia de liquidar la Cntv. Veamos algunas. Si los artículos 76 y 77 de la Constitución Nacional entregaron al ente autónomo la suprema dirección de la televisión en el país, resulta vergonzoso que siete años después de creado, tras gastarse 570.410 millones de pesos, la televisión pública colombiana se encuentre prácticamente al borde de su desaparición. Es aún peor el panorama cuando observamos que casi 100.000 millones de pesos se han gastado solo en el funcionamiento de la entidad y a los ocho canales regionales de televisión se ha dirigido únicamente el 3% de la inversión total, advirtiendo que el año anterior solo se giraron 900 millones de pesos para toda la televisión regional del país. Y hablando de cifras pasa ya de 30.000 millones de pesos la deuda de los concesionarios de televisión por cable con la Cntv sin que la entidad haga nada por recuperarlos, hasta el punto que el mismo Procurador General de la Nación debió exigirles que hicieran algo para defender el patrimonio de la nación.

En fin, se hace interminable la lista de razones para acabar de una vez por todas la Comisión. Basta mencionar a vuelo de pájaro, para rematar, los escándalos permanentes y las investigaciones penales cada vez que se presenta una elección de los comisionados que representan supuestamente a la sociedad civil con asociaciones y agremiaciones piratas; o los abusivos viajes al exterior a pasear por cuenta de los contribuyentes colombianos; o la ausencia de un Plan de Desarrollo de la Televisión que ordenó la ley hace 7 años; o los nombramientos en bloque de personas que coinciden con los debates para definir su futuro; o la práctica de designar comisionados para que lleguen a aprender de televisión en la entidad y la más aberrante de este gobierno de convertir la Cntv en el "pensionadero" de algunos amigos cercanos al régimen.

Pero la demostración más contundente del perjuicio causado por la Cntv al medio es el estado lamentable de la red de televisión pública nacional. Por cuenta del ente hoy se encuentra en peligro grave no solo la supervivencia de los canales 1 y A, sino además, la propia existencia de la red después de una inversión de más de 80.000 millones en equipos que no han servido para nada. Según un último informe conocido sobre el estado de la red pública, de 245 estaciones distribuidas en el país solo se encuentran en buen estado un poco más de 50, mientras que 105 están completamente fuera del aire y el resto funcionan en condiciones técnicas deplorables. Y frente a este panorama la Comisión e Inravisión duraron más de dos años en un espectáculo de recriminaciones mutuas sobre la entidad responsable del mantenimiento. Que desbarajuste institucional al que se ha llegado.

Por todas estas razones es que muchas veces dan ganas de reír, o de llorar según el caso, cuando frente a todas estas realidades algunos Comisionados o sus ventrílocuos, que dependen de ellos mismos en el ente, sacan a relucir orgullosos y con porte de filósofos el poderoso argumento de la autonomía y la independencia de los gobiernos de turno como única razón para mantener la Cntv. Olvidan ellos deliberadamente que esa autonomía consagrada de buena fe y con un excelente marco teórico por los constituyentes del 91 ha brillado por su ausencia en sus siete años de existencia, independientemente de cual sea el gobierno de turno. No sobra recordar la destitución ilegal de dos comisionados por parte del Presidente Pastrana, la manipulación evidente de los gobiernos en la elección de los representantes de los canales regionales o la imposición abierta de decisiones por parte de los gobiernos al ente desde el propio Palacio de Nariño.

Nos llegó entonces la hora de las definiciones. El Congreso de la República deberá escoger esta semana entre mantener la Cntv o abrir la esperanza a la supervivencia de la televisión pública en Colombia. La escasez de recursos en el medio nos conduce a esta disyuntiva que es clara y contundente según las cifras. La época de las vacas gordas se acabó en la televisión colombiana y la Cntv pertenece a ese pasado ostentoso y derrochador. Hay que escoger entre la burocracia inoficiosa de la Comisión o el apoyo decidido a quienes producen y programan televisión en el país, a los concesionarios que sobreviven en los canales 1 y A, a los canales regionales, a Señal Colombia y al propio Inravisión como operador público de la televisión, que debe someterse además a una revisión radical que solo se podrá realizar a partir de la expedición del acto legislativo que deroga los artículos 76 y 77. Solo eliminando la Cntv y reestructurando Inravisión para hacerlo viable y eficiente, en decir, solo racionalizando el gasto público en la televisión y haciendo una profunda cirugía institucional al sector, podremos construir para el futuro una televisión de calidad para la Colombia pluralista, democrática y pacífica que todos soñamos. No olvidemos que al sector ya no ingresarán los mismos recursos de años atrás porque el espectro se ha venido entregando y de los 755.000 millones recaudados en este tiempo solo quedan en el sector 180.000 millones para subsistir y desarrollar el nuevo modelo. Sería un pecado dejar estos recursos a una Cntv voraz, clientelizada y derrochadora.

Si no tomamos medidas drásticas ahora, perdiendo nuevamente un tiempo valioso, con toda seguridad a la vuelta de un año tendremos una Cntv sin operadores a quien regular y controlar distintos a Caracol y RCN y un Inravisión sin la red pública adecuada para llevar televisión a millones de hogares colombianos para quienes la televisión constituye la única alternativa de información, recreación y formación con que cuentan.

La opción es clara: nos quedamos con la Cntv y solo los canales privados o preferimos la televisión pública para todos los colombianos. En mi caso la decisión la tomé por convicción hace ya varios años.

*Actual senador de la República

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