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Opinión

  • | 2008/06/12 00:00

    Cómo construir un turismo amigable en San Andrés

    Es hora de evitar que, como dijera Alberto Moravia, unos sigan construyendo su paraíso con el infierno de otros.

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Por el Día Mundial del Medio Ambiente comunidad y academia se reunieron en la isla de San Andrés para discutir el turismo en áreas protegidas, convocados por la autoridad ambiental local, Coralina y el Infotep. El caso de estudio fue reserva de biosfera Seaflower que comprende todo el archipiélago. El tema no podía ser más oportuno y sensible en el Caribe colombiano y en el país. Según cifras oficiales, entre los años 1997 y 2005 el número de visitantes de los parques nacionales registró un aumento del 43 por ciento, lo que muestra que los turistas están muy interesados en visitar estos parajes debido a sus atractivos naturales.

La Unesco elevó al archipiélago a la categoría de Reserva de la Biósfera en 2000 y esto despertó grandes expectativas entre sus habitantes pues creyeron que esta condición iba a traer profundos cambios en el modelo de ordenamiento territorial y a incidir en la adopción de un modelo de desarrollo sostenible que irrigara sus beneficios a la mayoría de la población insular. Luego ha habido desilusión.

La Contraloría General de la República ha advertido sobre el grave deterioro ambiental de la isla: mal manejo de basuras y la explotación no regulada de los acuíferos por parte de los hoteles. Los sanadresanos sienten que el modelo turístico predominante en la isla no promueve la conservación de sus áreas naturales de manera efectiva. Tampoco lo perciben como democrático pues reparte sus beneficios la población local de manera amplia y equitativa. Modalidades turísticas como las del “todo incluido” despiertan una profunda antipatía entre la población raizal pues no solo se le considera excluyente, sino poco respetuosa de las formas de vida de las comunidades donde se desarrollan las actividades y servicios. Es frecuente que los promotores turísticos hagan parodias de las danzas y músicas locales y vendan entradas en teatros y otros recintos cerrados.

Las áreas protegidas en Colombia suelen superponerse con los territorios de los grupos étnicos lo que implica tener en cuenta tanto la diversidad biológica como la diversidad cultural. Estamos más acostumbrados a alabar las ventajas de la actividad turística que a estudiar sus inocultables impactos. En algunos casos la introducción de nuevos visitantes a territorios étnicos conlleva un deterioro de la calidad paisajística, contaminación arquitectónica y sobrecarga en la infraestructura turística. Todo ello sin mencionar los efectos no deseados sobre la lengua, la gastronomía y vivienda vernácula. La creciente presión demográfica sobre San Andrés puede llevar a que la población raizal termine sintiéndose extraña en su propia tierra lo que ya genera síntomas de inocultables tensiones interétnicas entre raizales y continentales.

No se trata de imponer a la actividad turística un modelo restrictivo y conservacionista ambiental pues ello podría llevar a un empobrecimiento y a un aislamiento aun mayor de la sociedad insular con respecto al resto del país y del mundo. No es conveniente olvidar, sin embargo, que se trata de una Reserva de Biósfera de alta vulnerabilidad por su condición insular que es a la vez una entidad territorial única en lo histórico, en lo étnico y en lo cultural. La jurisdicción ambiental de Coralina, por ejemplo, abarca unos 300 mil kilómetros y es más extensa que el territorio de muchos países centroamericanos.

Los habitantes del archipiélago están impulsando un conjunto de medidas integrales que incluya a todos los sectores involucrados en la actividad turística y que comprendan, entre otras cosas, que el Plan de Desarrollo departamental y el POT del archipiélago sean el marco para el manejo de la Reserva de Biósfera.

Un camino a seguir puede ser el del apoyo a la pequeña hotelería que promueva la conservación de los recursos, la interculturalidad real y una mayor participación económica de la población local. Coralina puede seguir estimulando los casos de buenas prácticas otorgando sellos de calidad ambiental a los establecimientos turísticos respetuosos de los recursos naturales.

Algunos investigadores como Paola Quintero han considerado que el turismo en este departamento debe orientarse hacia segmentos del mercado con mayores niveles de gasto y que debe diversificarse la oferta con el propósito de ampliar los canales de circulación de dicho gasto. Un mayor grado de autonomía política y cultural para los habitantes de este singular territorio podría también contribuir a la construcción y ejercicio de su visión propia de colombianidad.

Las reflexiones de los habitantes de San Andrés, Providencia y Santa Catalina y las lecciones ya aprendidas son de utilidad para todos los colombianos. En tiempos en que el mercado y los intereses de algunos grupos económicos orientan la dirección de las políticas públicas no es conveniente que las áreas protegidas no se diferencien en su regulación y manejo de las áreas no protegidas. No debemos marchar bajo figuras sutiles hacia la privatización total de los espacios públicos.
 
El turismo no puede ser concebido como la versión moderna de la plantación colonial en la que los habitantes de las islas caribeñas participaban solo como recolectores de la zafra. Ya es hora de evitar que, como dijera Alberto Moravia, unos sigan construyendo su paraíso con el infierno de otros.

wilderguerra@gmail.com

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