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Opinión

  • | 2014/03/14 00:00

    Después de la placenta, no hay manual

    La educación de un hijo exige gran flexibilidad y también sensibilidad para identificar en qué forma responder de manera adecuada a cada situación que se presenta.

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Una de las tareas más exigentes en la vida de una persona es ser madre o padre. Aun cuando los hijos han sido deseados y planeados, empezar a tener a cargo la responsabilidad de la vida de otra persona, que inicialmente es completamente dependiente de los otros, es uno de los cambios más profundos que se presentan en la vida de un ser humano. Y es aún más difícil porque después de que el bebé y la placenta salen del cuerpo de la madre no llega con ellos ningún manual. Sólo es posible aprender a ser padre o madre en la práctica, es decir, a través de la experiencia.

En el mundo actual, en el que cada vez hay menos límites y en el que todo está al alcance de la mano con tan solo hacer un click, los padres viven en una constante preocupación por todos los peligros que asechan a sus hijos. Por eso, y por muchas otras cosas, intentan protegerlos de todo lo ‘malo’ que les pueda pasar para evitarles el sufrimiento y el dolor. El problema está no sólo en que esto no es posible, sino en que con ello se termina haciéndoles más daño a los hijos. Es lo mismo que ocurre cuando se sobreprotege a los niños en exceso para evitar que se enfermen: el efecto es que el cuerpo no desarrolla ni fortalece su sistema inmune. Luego no sabe cómo defenderse.

“Me preocupa que veo a mi hija muy débil: se deja llevar por las amigas en todo, sufre mucho si pelea con ellas y hace todo por darles gusto así no esté de acuerdo. Me preocupa que, como ya está entrando en la adolescencia, no sepa decir no a las drogas, al trago, al sexo, a los borrachos, a todos los peligros a los que se exponen los jóvenes hoy en día”, me decía una madre angustiada por la menor de sus hijas. Empujada por sus propios temores, válidos y comprensibles, le prohibía cada vez más las salidas a su hija: intentaba que los planes fueran siempre en su casa para poderla supervisar, y cuando no lograba organizarlo de esa manera, era tan estricta con que ella cumpliera con las horas de salida y llegada  que en ocasiones llegaba al extremo de no dejarla ir. 

Al comienzo la hija lo aceptaba sin mayor dificultad porque aún no le interesaban tanto los planes de estar con amigos fuera de su casa. Pero con el paso del tiempo los planes fueron aumentando y con estos, su interés y deseo de salir. El problema era que sus padres le seguían negando los permisos. Como consecuencia, las peleas y los enfrentamientos fueron aumentando en frecuencia e intensidad, generando en la hija reacciones que, según ellos, ella jamás había tenido. Esto desencadenó en los padres la sensación de estar perdiendo el control sobre ella y el pánico de que se volviera una niña rebelde, que dejara de cumplir con sus responsabilidades y deberes en el colegio, y que llegara a tener comportamientos tan extremos como escaparse de la casa. Cuando se dieron cuenta que no estaban teniendo éxito procediendo como lo habían hecho con sus otros hijos –los regaños, la imposición de reglas, etc.-, vieron que necesitaban ayuda.

Lo primero que se puso en evidencia fue que tenían que hacer un primer acuerdo con la hija: ella se comprometía a llamarlos siempre que llegara al lugar en el que iba a estar y cuando se fuera a ir y ellos se comprometían a no llamarla. “Las primeras veces nos costó mucho trabajo, sobre todo a mí. Pero desde que hicimos este acuerdo ella siempre llama,  nosotros estamos más tranquilos y además ella ya no está agresiva”, decía la madre después de algunas semanas. 

El siguiente acuerdo fue que hablarían entre ellos cada vez que a ella se le presentara un nuevo plan con el fin de ‘evaluar’ entre los tres si los padres la dejaban ir o no. Y así como muchas veces pudo ir, hubo otras en que no le dieron permiso porque no se sentían tranquilos, o porque consideraban que no era un plan para una niña de su edad. Eso llevó a que varias veces la hija se molestara e intentara insistir en que la dejaran ir. Pero parte de la tarea de los padres es saber poner límites porque con los adolescentes ocurre lo mismo que con los caballos: hay que saber cuándo se les suelta la rienda para que aprendan a galopar solos, pero también tienen que saber que hay “alguien encima” que tiene la responsabilidad de indicarles cuándo se galopa, cuando se camina y cuándo se frena. De lo contrario pueden desbocarse sin saber los peligros que esto conlleva.

La educación de un hijo exige de los padres no sólo una gran flexibilidad sino también la sensibilidad necesaria para poder identificar en qué forma responderle de manera adecuada a cada situación que se presenta. Es necesario entonces estar constantemente cambiando. Pero la flexibilidad no significa permisividad. Por el contrario, implica saber identificar cuándo se debe poner un límite y cuándo es importante dejar que los hijos vivan su vida con plena libertad, así eso les genere sufrimiento y dolor; porque la autoestima y la seguridad en sí mismo las construye y las desarrolla cada persona enfrentando los momentos difíciles para superarlos y así, demostrarse a sí mismo que tiene la capacidad para enfrentar y resolver sus propios problemas. La labor de los padres es entonces contribuir a que los hijos desarrollen su propio criterio y estar ahí cada vez que ellos los necesiten, sabiendo que la ayuda es útil cuando quien la necesita la pide, y que cuando se provee en exceso hace más daño que bien. El camino para educar a cada hijo se construye con cada uno, en la práctica. Y la única regla es que no hay reglas porque cada situación es un desafío distinto.

En Twitter: @menasanzdesanta
Psicóloga-Psicoterapeuta Estratégica
ximena@breveterapia.com
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