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Opinión

  • | 2017/04/26 14:06

    Cómo entender la amargura

    No hay estudios publicados sobre tratamientos farmacológicos para este trastorno, pero la buena noticia es que se puede ofrecer ayuda.

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Todo haría creer que estamos en medio de una epidemia de ira, rabia y amargura patológica tanto en Colombia como en otros lugares del mundo y que abundan las disculpas para que muchas personas quieran estar amargadas. Por lo tanto, vale la pena dar una mirada juiciosa al tema.

Una vez que nuestro bienestar se ve frustrado, podemos reaccionar de modos muy diversos. Se piensa que todo empieza por un golpe demoledor a las creencias básicas de la persona, que a su vez provoca una reacción emocional muy fuerte que llamamos amargura.

Cuanto más dificultad tenga una persona para afrontar adecuadamente la frustración, mayor será su sentimiento de amargura.

La amargura es tan frecuente y tan profundamente destructiva que algunos psiquiatras sienten la necesidad de identificarla como un trastorno mental.

El diagnóstico de "Trastorno de amargura postraumática" (PTED por sus siglas en inglés) se ha propuesto recientemente en la Asociación Psiquiátrica Americana para describir un subtipo de trastorno mental adaptativo.
Se presenta con frecuencia y hay que advertir que es diferente a la depresión, a la ansiedad y a otros trastornos mentales. Se calcula que un 1% a 2% de la población está amargada. En un grupo de 50 individuos de la población general, posiblemente uno está sufriendo esta sintomatología y el problema es que estas personas generalmente no acuden a tratamiento porque piensan que “el mundo es el que tiene que cambiar, no ellos”.

Pero, ¿de qué hablamos cuando nos referimos a este trastorno en el que el protagonista es la amargura?

Esta es la descripción del cuadro clínico hecha por el médico que más sabe del tema, el psiquiatra alemán Michael Linden: los sujetos que sufren el Trastorno de amargura suelen ser personas que llevan una vida normal, pero que les sucede algo inesperadamente terrible y les sobreviene un profundo sentimiento de injusticia y en lugar de sobreponerse al trauma se dedican a ser víctimas y se vuelven pesimistas, agresivos y generalmente con deseos de venganza.

El Dr. Linden encontró que los pacientes con Trastorno de amargura también sufren de otras quejas emocionales: trastorno depresivo y trastorno de ansiedad. Esta superposición en los síntomas genera dificultades al intentar hacer el diagnóstico y el tratamiento de este posible trastorno mental.

El diagnóstico del Trastorno de amargura probablemente se aplique a una persona que ha experimentado humillaciones, grandes decepciones, o que percibe que les ha sido gravemente violentados sus principios y valores básicos al enfrentar situaciones muy traumáticas.

Un divorcio, la pérdida de personas a las que se quiere mucho, enfermedades graves, discapacidad, abuso físico, sexual o emocional, etc., que generan sentimientos de hostilidad y enojo generando resentimiento, irritabilidad, rabia y deseo obsesivo, a veces llevado a la práctica, de venganza.

Sin el manejo adecuado, cuando la rabia reprimida se convierte en amargura, puede llegar a convertirse en odio. Y para completar, tales personas caen fácilmente en el nihilismo: la convicción filosófica de que la vida carece de sentido y que nada importa. Este es un proceso lento e insidioso, pero el resultado final, si no se maneja adecuadamente, es muy destructivo a nivel personal, familiar y comunitario.

Los observamos como individuos reprimidos, sin alegría y de corazón duro, cuyo resentimiento no resuelto y la amargura envenenan y paralizan toda su personalidad. No desean gozar de relaciones cercanas o de cálidos lazos familiares. Casi siempre eligen actividades solitarias, parecen indiferente a la crítica de los demás y demuestran frialdad emocional y desprendimiento de todo. Los vemos como arrogantes, egocéntricos, codiciosos, en ocasiones excesivamente dedicados al trabajo y la productividad, con exclusión de las actividades de ocio y amistades, rígidos, obstinados, mezquinos y explotadores de los demás. En resumen son personas patológicamente amargadas. Es importante saber que no todas las personas amargadas se vuelven físicamente violentas, pero pueden llegar a serlo.

Si queremos comprender mejor y ser capaces de prevenir al menos algunas de las terribles explosiones de rabia violenta, que como sociedad hemos sufrido cada vez más en décadas recientes y sobre todo, teniendo en cuenta el escenario de post acuerdo, post conflicto y la tan anhelada Paz, haríamos bien en estudiar la peligrosa evolución y repercusiones del Trastorno de la amargura en las personas más vulnerables.

No hay estudios publicados sobre tratamientos farmacológicos para este trastorno, pero la buena noticia es que se puede ofrecer ayuda. La actividad terapéutica va dirigida a lograr un cambio de perspectiva de la vida, aprender a tomar distancia de sí mismo, desarrollar empatía con las personas que se perciben como agresoras, aceptar emociones no deseadas, tener la capacidad de contextualizar los sucesos de la vida y relativizar las aspiraciones y perspectivas a largo plazo.

Al tratar la amargura patológica, primero que todo se debe reconocer su existencia y por supuesto sus consecuencias negativas. Después, trabajar sobre las causas subyacentes a esta y lograr que las raíces psicológicas y existenciales sean llevadas a la conciencia y examinadas de cerca. Por último, la persona debe reconocer que él o ella tienen la opción de aferrarse a la amargura o dejarla ir. Continuar rechazando la vida o abrazarla.

De pronto Franz Kafka nos esté dando una pista importante al reflexionar que “el gesto de amargura del hombre es, con frecuencia, sólo el petrificado azoramiento de un niño”. ¿Ustedes que opinan?

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