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Opinión

  • | 1984/03/26 00:00

    COMO LIBERARSE DE LA LIBERACION FEMENINA

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No hay necesidad de militar en el movimiento de liberación femenina para criticar la forma como algunas reacciones de nuestra sociedad degradan a la mujer. Como ejemplo podrían citarse las que produjo el nombramiento de Nohemí Sanín en el ministerio de Comunicaciones, que impresionó antes que nada a la opinión pública por tratarse de la "primera mujer" en el gabinete de Belisario, y que entusiasmó más a muchos por la belleza de la funcionaria que por sus cualidades intelectuales, como si fueran éstas y no sus atributos físicos las encargadas de cumplir en ella un papel ornamental.
El hecho de que el triunfo de Nohemí Sanín hubiese intentado atribuírsele a su condición de mujer, y no a la de persona, demuestra lo peligrosamente permeables que hemos sido ante el legado, en muchos aspectos funesto, de la liberación femenina, un producto del imperialismo intelectual que muchas mujeres lationoamericanas "tragaron entero" sin haber analizado con anterioridad que tan aplicable era en nuestro medio.
Quizás el primer pecado mortal del movimiento fue el de haber luchado para que las mujeres fueran tenidas en cuenta como premio y no como seres humanos.
Pezagos de tan equivocada tesis se vieron reflejados, por ejemplo, en lo que intentó hacer el actual Presidente de Colombia a comienzos de su gobierno cuando, inspirado por las mejores intenciones vanguardistas, entregó en paquete todos los viceministerios de su gabinete al sexo femenino, actitud que desgraciadamente produjo un efecto negativo: el de haber degradado a las viceministras de su calidad de personas a la de simples mujeres.
Una de las principales incompatibilidades del movimiento de liberación femenina con la realidad latinoamericana existe, precisamente, en cuanto a la pretendida igualdad de oportunidades de ambos sexos en el mercado laboral. Mientras en las naciones desarrolladas las mujeres pueden permitirse el lujo de gastar su tiempo reivindicando a gritos en la calle su derecho a trabajar, en países como Colombia la mayor parte de la población femenina invierte este mismo tiempo trabajando. El tan considerado "derecho" es, para la mayoría de las mujeres colombianas, una obligación esclavizante. Si a ello añadimos la circunstancia de que los salarios que devenga nuestra población femenina son inferiores en un 30% a los que devengan los hombres, será fácil admitir el peligro que encierra simpatizar con las tesis gremiales del movimiento de liberación: las trabajadoras colombianas no lograrán jamás una equivalencia salarial con la población masculina hasta tanto sigan siendo remuneradas como mujeres, y no como personas.
Como el croissant, las Malvinas, las flores de plástico y Veruschka, el movimiento de liberación femenina, simplemente, pasó de moda. Quedó condenado historicamente a servir de sello a los convulsionados años sesenta, pero en la década de los setenta y en especial en la de los ochenta las mujeres se han visto obligadas a reasumir individualmente su proceso de adaptación al cambiante ritmo de la sociedad.
La primera y última conquista de la mujer como gremio fue el derecho al sufragio. Más allá las actitudes gremiales del feminismo sólo han demostrado su utilidad para ahondar aún más la brecha existente entre hombres y mujeres, en lugar de facilitar su coexistencia con base en el respeto y la colaboración mutuas. Los principales logros femeninos en la sociedad contemporánea no los han alcanzado las mujeres agremiadas sino independientes, y tampoco en su calidad de mujeres sino en la de personas.
No obstante, Colombia parece ser todavía campo abonado para el feminismo gremial, y no es extraño escuchar, especialmente en epocas pre-electorales como éstas, declaraciones imbuldas de proselitismo que se hacen en nombre de "la mujer colombiana" y que exigen, únicamente con base en consideraciones de sexo, una cuota femenina en el poder.
Por fortuna Nohemi Sanin parece tener todas las condiciones necesarias para enseñarles a estas herederas tardlas del movimiento de liberación femenina que al poder no se llega reclamándolo como mujeres sino mereciéndolo como personas. Pero doña Nohemí tiene, además de sus condiciones intelectuales, la ventaja de ser femenina y bonita, dos accidentes a los que las precursoras de los movimientos feministas culpaban de la "horrible" circunstancia de que los hombres sintieran deseos de conquistar, amar y poseer a una mujer.
Y es que ése fue el segundo pecado mortal de las feministas.
Montar su campaña sobre la base de que ser mujer era un problema que había que resolver, en lugar de una ventaja que se debía explotar. Por fortuna, una vez pasada de moda la liberación femenina, nadie podrá prohibirle a una mujer inteligente que se pinte los labios. -
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