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Opinión

  • | 2011/02/19 00:00

    Cómo pasa 'El Tiempo'

    Disfruto ver a los personajes de siempre en ambientes novedosos. Me viene de la niñez, cuando gozaba cada vez que los de la vecindad del Chavo viajaban a Acapulco

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No fue una semana fácil. Supuse que me invitarían a la fiesta de los cien años de El Tiempo. Lo daba por hecho. Ya le había alquilado el esmoquin a un mesero de confianza y mi mujer había asistido a la misma peluquería donde Tutina se hizo la permanente, 'el Sodomita' Rivera, el bikini y otros miembros del establecimiento se arreglaban para tan magno evento, cada uno frente a su respectivo tocador. El tocador del 'Pincher' Arias era Silvestre Dangond. Ah, degenerado. Claro que le pagó sus aguinaldos.
 
Me preparé para estar a la altura del banquete. Ya sabía diferenciar a Ana Marta de Pizarro de la mamá de Miguel Bosé; estaba listo a distinguir a Luis Alberto Moreno de Tatú, el de La isla de la fantasía, en caso de que se fuera con esmoquin blanco, y cruzaba los dedos para que Carlos Mattos luciera su tuxedo con dignidad y no lo fueran a confundir con un mesero, sino, como mínimo, con el mago Lorgia.
 
Estaba emocionado, no lo niego. Me veía a mí mismo ayudándole a Martha Isabel Espinosa a acomodar dos directorios y un cojín en el asiento de Abdón, para que alcanzara el plato; eligiendo el menú: "Debes comer"; descubriendo los letreros del baño: "Debes soltar, debes bajar la tapa". Y revisando la cuenta: "Debes 200.000 pesos". Y, en esa bonita y sana mezcla de periodismo y poder, fantaseaba con codearme con algunos miembros de la farándula y la alta sociedad, que estaban arropados con sus mejores galas.
 
Disfruto ver a los personajes de siempre en ambientes novedosos. Es un gusto que me viene de la niñez, cuando gozaba cada vez que los de la vecindad del Chavo viajaban a Acapulco. Así me pasa ahora con las páginas sociales. Muchos de quienes fueron a la fiesta de El Tiempo salieron hace una semana, de gamuza y fular, en la temporada taurina. (Cristian Toro posaba con una boina y tomaba champaña en una bota). Hace dos semanas todos estaban en el Festival de Música Clásica de Cartagena reteniendo líquidos en ropa de tierra caliente. (Cristian Toro posaba en sandalias y pantalones anaranjados, y tomaba champaña en un coco). Asistir a la fiesta de El Tiempo era mi oportunidad de ver a Cristian Toro en persona posando en corbatín y tomando champaña en copa larga, y de ser testigo presencial de otras valiosas rotaciones de vestuario: la de Poncho, que pasó de la vaporosa bufanda rosada al sobrio chal fucsia de lana; o la de Salvo, que pasó del pañal de lino al de gamuza.
 
Quería entregarles mi tarjeta -para lo que pudieran necesitar- al presidente Aznar y a su esposa, la señora Botella, por culpa de la cual el doctor Uribe no asistió al evento: él, en lo posible, evita el contacto con toda Botella, porque teme que le salga a flote el Rito Alejo que lleva adentro: por eso guardó por un año más, envuelto en naftalina, aquel frac tetillero que causó furor en España.
 
También quería saludar, presentarme, ponerme al servicio del nuevo presidente de la Casa Editorial, el doctor Creuheras, cuya mujer, si no leí mal, se llama Columna: ¿no es eso tener vocación para manejar un medio? ¿Cómo se llama el hijo, Reportaje? ¿Es cierto que a la niña le pusieron Entrevista?
 
Quería estar allá, con todas las fuerzas vivas del país, más Belisario; quería pisar la alfombra azul; aplaudir cuando mencionaran, ya no a Eduardo Santos, que es el pasado, sino al doctor Sarmiento Angulo, nuevo accionista que ayudará a financiar un periodismo independiente y crítico del poder, en especial del de ciertos bancos, y quería compartir mesa con esa nueva camada de columnistas refrescantes e impolutos que están listos a sostener la tradición liberal del periódico: un José Obdulio, por ejemplo, a quien pensaba proteger en caso de que algún resentido le tirara un huevo, esta vez de codorniz y obtenido de los pasabocas, o un Saúl Hernández, que es casi genio, o aquel empresario ínclito, integérrimo, llamado Fernando 'el Serruchito' Londoño, que esta semana se definió como un liberal al estilo europeo, lo cual es cierto: ahora anda con el pelo largo, se hizo un piercing en una tetilla y tiene un tatuaje con el logo de Invercolsa en el hombro izquierdo.
 
Pero la invitación nunca me llegó. Y ahora trato de conformarme con las fotos que ha ido publicando el periódico todos los días de esta semana y que crean la ilusión de que los invitados siguen allá: ¿siguen allá? ¿Cuándo van a salir? ¿Y cómo, si la ciudad quedó colapsada por los camioneros? ¿Van a caminar, en esmoquin, por los carriles vacíos del TransMilenio? ¿Alguien, por favor, puede pedir que no publiquen más fotos y que más bien le avisen al alcalde Moreno lo que está pasando con la ciudad?

Y no lo digo por criticar a Samuel, a quien admiro porque, en vez de irse a Miami, sigue viviendo en el infierno de Bogotá. Sino porque si siguen publicando fotos todos los días, al final saldrán personajes muy devaluados. El miércoles ya iban en Rafael Novoa y gentecita digna de unas sociales de los premios TV y Novelas. En dos semanas terminará saliendo Edward Santos, el colombiano más chiquito del mundo, en vestido de galita. En tres, los que fueron sin esmoquin. Y en cinco, las Amparos.

Yo no, porque no clasifiqué. Y me da rabia. Porque si algo tiene El Tiempo de hoy es un montón de clasificados.
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