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Opinión

  • | 2001/03/26 00:00

    ¿Cómo reformar la política?

    Por obra de los magos del Congreso, el clientelismo sale reencauchado de una reforma propuesta para “limpiar la política”

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Mark Twain noto que la politica es como el estado del tiempo: todo el mundo se queja, pero nadie sabe cómo mejorarlo.

La queja de los colombianos es tan justa como bien conocida: nuestro sistema político está asfixiado por el clientelismo. Cada “dirigente” de provincia o de barrio se hace elegir a cambio de unos puestos o unos kilómetros de carretera. De aquí resultan un Congreso, unas Asambleas, unos Concejos y unas JAL de náufragos, donde cada quien se las apaña para sacar su tajada y la de su clientela. Nada de consideraciones abstractas o de intereses generales —vale decir, nada de principios y nada de valores—.

La alternativa parece ser muy clara: habría que prohibir la “operación avispa”, castigar las microempresas electorales, lograr que los partidos se disciplinen, obligarlos a presentar una lista unificada. Y en efecto, la lista única se ha convertido en piedra angular de los últimos cuatro proyectos de reforma (el de la Comisión Samper, el de la Alianza para el Cambio, el del referendo y el que ahora entra a segunda vuelta en el Congreso).

Pero resulta que en nuestro sistema electoral, es mejor ser cabeza de ratón que cola de león: el segundo renglón tiene que esperar a que el primero complete su cociente, mientras la cabeza de una lista pequeña puede ser elegida por residuo. Nadie que tenga votos acepta ir de segundas y menos todavía de terceras.

Así que la lista única implica un cambio en el sistema electoral, y por eso el Proyecto adopta la “cifra repartidora”: cada lista elige un número de renglones exactamente proporcional al total de sus votos.

Lo cual es justo, equitativo y saludable. Pero por eso mismo es un lío para el glorioso Partido Liberal. ¿Quién, por Dios, quién, sería capaz de convencer a Amílkar, a Luis Guillermo y a Víctor Renán de que acepten los puestos, digamos 9, 27 y 63 en su flamante lista de aspirantes al Senado?

Así que Amílkar y sus colegas le encontraron la comba al palo: lista única y cifra repartidora, pero con una perla que llaman “voto preferente”. Es sencillo: el orden de la lista no se estipula de antemano, sino que va primero la persona que tenga más ‘X’ en el tarjetón. O sea que cada quien moviliza su clientela y los barones compiten entre sí (igual que pasa ahora) pero el voto de los ‘quemados’ no se desperdicia sino que se acumula en beneficio del Partido Liberal.

Por obra pues de los magos del Congreso, el clientelismo sale reencauchado de una reforma propuesta para “limpiar la política”. Los 29 artículos (y 21 parágrafos) restantes del Proyecto se ocupan de escondernos el muñeco. Que el Estado financiará “en su integridad” las campañas —como si no existieran los dragacoles, los Rodríguez de Cali, ni la compra de votos—. Que los partidos y movimientos han de ser “democráticos” —como si no vivieran de caciques los unos y de caudillos los otros—. Que la oposición tendrá derecho a réplica y a voz en el Congreso —como si la inexistencia de la “oposición” no se debiera a que la dejan sin puestos ni contratos—. Que cada partido actuará como “bancada” en el Congreso —aunque las reglas de la bancada son un asunto interno del partido—. Que cambiará el trámite de las leyes —como si no se hubiera cambiado varias veces—. Que un delito electoral hará perder la investidura —como si hoy no invalidara la elección—. Que alcaldes y gobernadores serán elegidos por cuatro años —abriendo así la puerta para que una “ley posterior” unifique sus elecciones con las de Congreso y vuelva a fortalecer la maquinaria—.

Por sobre todo, igual que en un poema de Rimbaud, el Proyecto dice más en silencios que en palabras. Lista única, cifra repartidora, bancada, democracia interna, financiación transparente… saldrán todas sobrando mientras tengamos la bobería de 63 partidos registrados. ¡Si hasta Valencia Cossio presidió el conservatismo para hacerse elegir a nombre de un “movimiento” de nombre Coraje! (coraje, lo que dan las andanzas de Valencia).

Así que yo, señores congresistas, les propongo cambiar sus 32 artículos huidizos por uno solo que diga al comenzar: “Para el registro de un partido o movimiento se necesita comprobar la afiliación de por lo menos 500.000 ciudadanos…”. Después de esto, hablemos de reforma política.
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