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Opinión

  • | 2011/12/19 00:00

    ¿Cómo terminar nuestra guerra?

    Ninguna guerra es justa, ninguna limpia, ninguna guerra es humanitaria. Todas son injustas, sucias e inhumanas.

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“¡Que cese el fuego…señor periodista, diga que cese el fuego!”. Y sus palabras se ahogaron en medio del fuego. El angustioso llamado era del entonces presidente de la Corte, Alfonso Reyes Echandía. Veintiséis años más tarde, si las penúltimas cinco víctimas de esta tragedia humana –Cano incluido–, hubiesen podido gritar en medio de la selva, habrían dicho lo mismo. Veintiséis años después de esas palabras de congoja ante un micrófono, que el ruido de las bombas no dejó escuchar a nadie, dolidos por el luto del humillante asesinato de cuatro uniformados, también ante un micrófono se escucha este diálogo: –Hablar sobre cuatro cadáveres es horrible. –Sí, es horrible, pero debemos hablar para que no haya más cadáveres. Los dialogantes son Salud Hernández y Aurelio Suárez. El micrófono es de Caracol-Radio en Hora 20. ¿Quién tiene la razón? Para qué hacer esta pregunta estúpida, si en la guerra no se debe averiguar quién tiene la razón sino quién tiene las balas, los aviones y las bombas inteligentes.

¿Por qué tanta sangre?, ¿por qué tanta crueldad?, ¿por qué tanta miseria en el alma de los guerreros? Porque ninguna guerra es justa, ninguna limpia, ninguna guerra es humanitaria. Todas son injustas, sucias e inhumanas. Con los cinco cadáveres todavía tibios y los rostros de sus seres queridos inundados de llanto, los dos comandantes de los dos ejércitos se gritan y se amenazan. El uno reducido, con más de la mitad de su Secretariado bajo tierra, casi diezmado, pero aún atrincherado en la selva; el otro, vencedor y triunfalista, como si tuviese toda su gente enterita. ¿Qué espera cada uno? Más cadáveres. Mostrar el último de sus enemigos a los medios de comunicación, con el rostro hecho pedazos, irreconocible. ¿Por qué? Porque así son la lógica y la ética de la guerra. Lo dijo Clausewitz: “Al enemigo hay que acorralarlo, reducirlo y obligarlo a que se rinda”. Lo señaló monseñor Miguel Ángel Builes, en la Cuaresma de 1951: “¿Qué deidad diabólica cierne sus negras alas sobre Colombia? […]. Miembros mutilados, lenguas y ojos arrancados, extremidades cortadas por partículas, entrañas abiertas a barbera y machete, cabezas cortadas, pies y manos desollados”.

Siendo consecuentes con esa sangrienta realidad, el Estado y la insurgencia armada debían ordenar el cese inmediato al fuego y comenzar una negociación de paz. Sin embargo, antes de iniciar conversaciones con la insurgencia, quienes representan los distintos intereses del establecimiento deben ponerse de acuerdo en qué van a negociar con la guerrilla. En relación con los temas de negociación, debe partirse de la “Agenda común” acordada entre Pastrana-Farc, porque los puntos contenidos en ese acuerdo, son los que se debatieron durante veinte años de procesos de paz (1982-2002). En cuanto al procedimiento de la negociación debe haber cese bilateral del fuego, participación del Ejército en los diálogos, acompañamiento de la comunidad internacional y concluir con una asamblea constituyente que protocolice los acuerdos alcanzados en la mesa de negociación.

De manera simultánea con las conversaciones de paz debe iniciarse un tratamiento de psiquiatría colectiva, para extirpar de la sociedad esa patología de guerra que se ha incubado durante medio siglo y que ahora ha llegado a su clímax: hoy hablar de paz es un delito. El tratamiento de psiquiatría social debe comenzar por el uso del lenguaje, dándole al contendiente la denominación de ser humano y arrancando del alma colectiva todas aquellas pasiones que genera la guerra: odio, venganza, humillación, vendetta, exclusión, adicción, hipocresía, perfidia y falsedad.

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