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Opinión

  • | 2000/12/04 00:00

    ¿Cómo va la causa?

    El Partido Conservador ha muerto. Pero vaya uno a saber si espanta

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Algunos analistas de última hora le han rezado el réquiem y hasta han asistido a la cremación de la colectividad azul, en razón de su pobre desempeño en las pasadas elecciones regionales.

No sé si semejante actitud corresponda a una realidad, pero constituye por ahora la manera que tienen los eternos adversarios del Partido Conservador de compensar su descalabro, en lo tocante con la primera alcaldía de la Nación.

Ha perdido el liberalismo la Alcaldía de Bogotá. Es asunto, sin embargo, que ya no tiene mayor sabor. A la hora de la verdad, a nadie le interesó, en tres años, la filiación política del alcalde del espacio público. Se le criticaba o elogiaba en términos de trancón, de arbitrariedades, de altura de andenes e intersecciones (muchas calles han quedado cerradas en los cruces o bocacalles con un mampuesto que da continuidad a las ciclovías, con lo que el propio alcalde está invadiendo el espacio público).

Pero que Peñalosa fuera liberal pudo ser primera noticia para algunas personas que no conocieran la historia familiar y hasta su parentesco lejano con Lleras Camargo. Sus procedimientos no fueron los más liberales, sus desalojos, todo el sentido de carga negativa que tuvieron bolardos y grúas policivas, sus pretendidos impuestos y las decisiones imperiales, sin consulta al pueblo, excepción hecha del referendo que intentó para proyectar una decisión suya a 15 años vista.

Analistas ya colocan a Enrique Peñalosa júnior en la fila india liberal, detrás de Horacio Serpa, Alvaro Uribe Vélez, Juan Manuel Santos, César Gaviria (en segundas y mediante modificación de la Constitución) y alguno más por ahí. Va, pues, hacia el poder supremo como liberal. Falta ver —lo mismo que ocurrió con Virgilio Barco— que en adelante nos haga creer que ha sido un luchador político, aquél decía que al lado de Gaitán, éste dirá que de Galán. En todo caso, es liberal y no es el Partido Conservador el que pueda acreditarse la obra faraónica que ha quedado en marcha, unas aceras sí, otras no, unos pavimentos sí, otros no, una parte del mismo en cemento, otra en asfalto, unos puentes peatonales que hay que recorrer con morral y avíos de caminante, por su extensión desmedida, etcétera.

Un coloquial politólogo, abuelo de la Constitución del 91, en charla televisada, ha expuesto paladinamente que los votos del partido de la derecha en la capital de la República han sido, ni más ni menos, los mismos emitidos por el locutor Vinasco Che, como si este ciudadano hubiera sido elegido por esa colectividad para su representación. Es raro que el inoportuno fenómeno de los avales no fuera comprendido por tan juicioso analista, pues es asunto corriente de las últimas contiendas electorales, en las que se ha visto de todo. En los curiosos avisos políticos, con reseña incluida, pude ver a alguien que se acreditaba como crucigramista de prensa, no sé avalado por cuál partido o movimiento y a otro que, siendo cantor de tangos (bastante bueno), tenía el respaldo de un movimiento indígena.

Lo que me parece es que el Partido Conservador no participó en elecciones en esta ocasión. No se puede negar que está en decadencia, que su gente está dispersa y, sobre todo, que carece de un conductor que arrastre. Una especie de Serpa furibundo (es como si el bipartidismo requiriera del sectarismo) con sus vibratos de plaza pública, pero de signo contrario. Noemí Sanín, por más que niegue su extracción y no se deje proclamar de convención alguna, llevará el signo conservador, pero nadie sabe si su timbre femenino y la delicadeza de su gesto arrastren muchedumbres de plaza y de día de mercado. Debería ensayar el trémolo operático.

En mi sola condición de observador estupefacto, como esos curiosos que atisban por un roto las obras públicas, pienso que ha habido ocasiones históricas en que una colectividad no participa por falta de garantías, que no es el caso. Pero así como el glorioso partido de Caro y Ospina no se dejó contar en el año 34, ni en el 38, ni en el 42, tampoco ahora, por cualquier otra razón, como la conciencia de su dispersión y falta de compactación, el descrédito mismo de la política o por otras causas, entre las cuales es imposible dejar de contar el asesinato de su dirigente mayor, Alvaro Gómez, y la muerte, yo diría que prematura —cuando hay ex presidentes octogenarios activos— de Misael Pastrana.

A lo que se agrega la legítima dedicación de Belisario a la poesía, a la pintura y al amor. Juan Camilo Restrepo no tiene el temperamento; Fabio Valencia está signado por la Fiscalía, que ha venido haciendo, con todo juicio, los daños políticos que ha podido a la enseña azul y Nicanor Restrepo es de aquellos políticos empresariales (tipo Ospina Pérez) que, siendo nombrables, no son, mientras se les conoce, fácilmente elegibles. Noemí es la única que cuenta en las encuestas y de qué manera.

El Partido Conservador ha muerto. Pero vaya uno a saber si espanta.
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