Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1988/07/18 00:00

COMPAÑEROS DE HABITACION

COMPAÑEROS DE HABITACION

La gente que se supera es admirable. La vida, al fin y a cabo, está hecha de ambiciones y de esfuerzos. Pero una cosa es la gente que se supera y otra, muy distinta, es la gente perfeccionista, que no admite errores, que almuerza todos los días a la misma hora, que obliga a los niños a aprenderse de memoria la tabla de multiplicar del doce o los versos interminables de Don Juan de Castellanos.
La vida suele jugarles a estos seres humanos unas pesadas bromas surrealistas. La otra noche me contaron la historia de un perfeccionista que no encontraba lugar seguro para guardar la copia de la llave de su escritorio. Se le ocurrió, naturalmente, esconderla dentro del escritorio. Hasta que una mañana tuvo que llamar al cerrajero para que le hiciera una copia de la llave que le permitiera recuperar la otra copia de la llave. Una trampa circular del destino, como las que hace a veces Bioy Casares.
No he conocido, sin embargo un ejemplo más acabado de perfeccionista que el hombre que prepara, desde la noche anterior la ropa que se va a poner a la mañana siguiente. Para él todo está arreglado de antemano, y no le deja nada a la imaginación, a la inventiva, al margen de error que mantiene viva a una persona.
En cierta ocasión, hace ya mucho tiempo, y a causa de un viaje de trabajo, compartí gustosamente mi habitación de hotel con un compañero locutor. Maravillado por el asombro, pasmado por la emoción, con la boca abierta por la admiración, estuve hasta las once de la noche viéndolo organizar como un artesano su atuendo para el otro día. Puso el pantalón en un taburete, doblado por la linea perfecta de las rodillas. Encima le colocó la camisa. Después, como si estuviera oficiando una ceremonia sagrada, alineo los zapatos al pie de la silla, uno al lado del otro. Abrió un pañuelo sobre la ropa no fuera que le cayese polvo, y termino su ritual poniendo dentro de un zapato las medias cuidadosamente envueltas, en un solo paquete, como si se tratara de un huevo.
No resistí la tentación de romperle la perfección de su mundo a aquel hombre: me hice el dormido, esperé a que estuviera profundo, me levanté en puntillas en medio de la oscuridad, y, con el sigilo de un ladrón, le cambié una media azul por una verde y le escondí el pañuelo. Ni se dio cuenta. Confieso que me averguenza revelar en una revista esta perversidad.
La vida y el periodismo me han enseñado, en tantos viajes, que escoger un compañero de cuarto es tan delicado como escoger esposa. En un hotel de Medellín compartí la habitación con un colega maniático. Agotado por el trabajo del día, yo dormía a pierna suelta en las primeras horas de la madrugada, cuando me desperté sobresaltado por una bullaranga estremecedora.
Por teléfono, mi compañero peleaba a grito herido con la señorita de la recepción.
-¡Es que no puedo dormir -vociferaba él- si no me tomo todos los días, a la una de la mañana, un vaso de leche con un bocadillo de guayaba!
Por lo que pude entender en medio del zafarrancho, ella le explicaba que a semejante hora era imposible complacerle semejante deseo. Pero el hombre no entendía razones. Agarré mi almohada y una sábana y me fui a dormir al suelo del corredor.
-¡Y agradezca que no le pido la leche con un poquito de brandy! -fue lo último que alcancé a escuchar antes de trasponer la puerta.
No hay, sin embargo, historia más triste que la de un compañero de habitación que ronca con el estrépito de los buques fluviales.
En el periodismo radial colombiano es legendario el caso de un reportero -que tiene barba y aparece al medio día en un noticiero televisivo- cuyos ronquidos forman parte de las mejores tradiciones del oficio.
Es el único ejemplar que se conoce, en toda la historia de la ronquidología, de un ser humano que ronca con partitura: si se acuesta con ánimo alegre, es capaz, con resoplidos y silbidos de la garganta, de roncar completa la canción que pregunta qué será lo que quiere el negro. Pero si, por el contrario, nuestro personaje ha tenido una jornada deprimente o extenuante, esa noche roncará sin saltarse un solo compás, el Concierto Emperador o una de las retumbantes óperas de Wagner. Lo hace mejor, mientras duerme plácidamente, que muchas orquestas sinfónicas. Hay que oírle el solo de Oboe que hace cuando ha comido fríjoles.
Cómo será de extraordinario y singular este fenómeno que hace un par de años, durante el recorrido de la Vuelta a Colombia en Bicicleta, los amigos más cercanos del roncador aprovecharon la parada en un hotel de Buga y, sin que él se percatara, cobraron a 100 pesos la entrada para verlo y oírlo roncar. A la media noche llegaron los espectadores, sin hacer ruido, y se sentaron en platea, al pie de la cama.
El hombre -a quien ahora llaman "Archipiélago" porque es al mismo tiempo Roncador y Quitasueño- interpretó primero un corrido de la revolución mexicana. Descansó un momento mientras se volteaba hacia la pared. Se lanzó luego con una cumbia cadenciosa y terminó el concierto con un tango arrabalero y compadrito.
A pesar de las consignas impartidas, los espectadores no pudieron controlar la admiración y prorrumpieron en una salva de aplausos. El roncador quedó despierto como una lámpara, sentado en la mitad de la cama, pero hasta hoy no ha podido saber qué fue lo que pasó...

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