Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2007/08/11 00:00

Cómplices

Los millones de ciudadanos que se abstienen de ir a las urnas, por apatía o por incredulidad, le hacen la vida fácil al fraude electoral y le allanan el camino al poder del mal gobernante

Cómplices

Hace una década pocos se atrevían en Bogotá a salir en bicicleta, y mucho menos de noche. La calle era peligrosa y el riesgo de regresar a pie a casa era grande. Se perpetuaba así el círculo perverso por el cual la calle era de los delincuentes porque los ciudadanos no se la disputaban y éstos no salían porque allí estaban los delincuentes. Una mejoría en la seguridad, la construcción de ciclorrutas, las ciclovías nocturnas, pero sobre todo una transformación cultural por la cual los bogotanos se apropiaron orgullosamente de su ciudad, cambiaron radicalmente esa realidad. La bicicleta se volvió medio de transporte para miles de capitalinos, cientos de jóvenes viajan a sus colegios en bici y deben ser muy pocos los que aún piensan que pueden perder su cicla si salen con ella a pasear. Cuando se rompió el círculo vicioso y las personas de bien llenaron la calle, los criminales quedaron arrinconados.

El panorama electoral está pidiendo a gritos un cambio cultural semejante. La falta de fe en el sistema, la apatía, la percepción de que la política es una actividad seudo delincuencial, ajena a ellos, ha llevado a millones de colombianos a abstenerse de votar. Aun en elecciones tan polarizadas como las presidenciales del año pasado, cuatro de cada 10 ciudadanos no votaron. Colombia tuvo una abstención electoral sólo superada en la región por Guatemala y Jamaica. Los nicaragüenses, los haitianos, los salvadoreños, todos con niveles de desarrollo social y económico más bajo que el colombiano mostraron un mejor desempeño en sus certámenes electorales recientes.

Aunque mucha gente no va a votar simplemente porque no puede: no tiene cédula, vive demasiado lejos o no tiene recursos para viajar al puesto de votación más cercano, la mayoría de los abstencionistas son habitantes de las ciudades que no les quedaría demasiado difícil inscribirse y votar. Es más, uno podría decir que son ciudadanos más independientes que muchos votantes, ya que no necesitan ir a votar por nadie para obtener algún favor a cambio. El colombiano más necesitado es quien muchas veces se ve obligado a votar para obtener un dinero o un almuerzo o para satisfacer las demandas de un ‘padrino’ político que después le retribuirá el favor. El abstencionista muestra que tiene la independencia económica y política para no votar, y por lo tanto la tiene también potencialmente para votar.

Hoy un candidato puede ganar elecciones con una inmensa minoría que pudo amarrar de antemano. Los ciudadanos que no participan le han dejado la calle libre y poco les importa qué fechorías haga para triunfar. Al igual que como sucedía con los osados ciclistas de antes que salían solos a la calle y perdían hasta la camisa, los pocos ciudadanos que se atreven a votar a conciencia y con libertad salen muchas veces derrotados porque son minoría.

Hace poco en un foro, el procurador Edgardo Maya decía que ya hoy en Colombia ya no se roban elecciones comprando votos, sino comprando jurados electorales o corrompiendo funcionarios electorales. De ahí que alguien podría argumentar que de nada serviría si el 100 por ciento de los ciudadanos votara porque el fraude se hace después. Quizás hay algo de razón en ello, pero aun así, habría una diferencia fundamental: si todos votáramos, nos volveríamos bastante más exigentes con la transparencia del sistema electoral. Las elecciones ya no serían “cosa de políticos”, sino cosa nuestra, de los ciudadanos, y como tal no nos la birlarían tan fácilmente.

Otro argumento en contra de salir a votar es que de todos modos los gobiernos son muy malos, entonces da lo mismo quién gane. Que eso no es del todo cierto lo podríamos atestiguar bogotanos y medellinenses, entre otros, que hemos visto la enorme diferencia que hace en nuestra calidad de vida una mejor gestión local.

Si votan pocos, la probabilidad de que el gobierno sea malo es mayor. Por ejemplo, si todos los 26,5 millones de colombianos mayores de 18 años registrados en el Censo Electoral en 2006 hubieran votado para Senado –y no sólo los nueve millones que, en efecto, votaron–, las maquinarias de los candidatos, por poderosas o intimidantes que hubiesen sido, no habrían podido hacer mella en la voluntad popular. El voto de esos 18 millones de ciudadanos que se abstuvieron habría seguramente impedido que fueran elegidos muchos de los senadores que hoy están en la cárcel. Sin saberlo, quienes por pereza o incredulidad en el sistema no votan, paradójicamente contribuyen a hacer ese sistema más vulnerable al fraude y a la manipulación y, por lo tanto, a que aumente la probabilidad de que gane el peor.

En estas elecciones regionales de 2007 hay una esperanza de que el anhelado cambio cultural haya comenzado a darse. Como pocas veces antes, están floreciendo iniciativas ciudadanas que invitan a votar y a votar bien. Mientras decenas de organizaciones nacionales se han asociado bajo la Misión de Observación Electoral (MOE) para hacer un seguimiento crítico a la elección, un grupo de colombianos encabezados por Antanas Mockus ha lanzado la iniciativa de Voto Vital, que invita a los ciudadanos a tomar conciencia de la importancia de su voto y a participar. Otros grupos cívicos de jóvenes y líderes sociales están movilizándose en el mismo sentido en diferentes departamentos. Si tienen éxito, pronto presenciaremos el mismo milagro que hemos visto en Bogotá, y así como los ciclistas se tomaron las calles y los atracadores quedaron arrinconados, de la misma manera todos los ciudadanos se tomen las elecciones, y el poder de manipuladores y politiqueros quede reducido a un mínimo.

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