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Opinión

  • | 2010/06/21 00:00

    Con esos apoyos…

    Gaviria llega a la fiesta a ofender a los anfitriones. Apoya al candidato uribista agrediendo al uribismo.

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Ni siquiera el destemplado y tardío apoyo de César Gaviria logró oscurecer el rutilante triunfo de Santos en las urnas. Muy seguramente la intención de Gaviria fue empezar a provocar un rompimiento entre Santos y Uribe. Empeño inútil. A su manera, con su propia agenda y prioridades, el gobierno de Santos será un eficaz y fiel continuador de las políticas de

Uribe, cuyo acierto y éxito han merecido el apoyo absolutamente mayoritario y limpio del pueblo colombiano, demostrado en las dos elecciones de Uribe y ahora en la de Santos.

Pero muy pocos han logrado entender cómo es posible apoyar a un candidato -y ahora a su gobierno- que ha pregonado a los cuatro vientos que considera al gobierno de Uribe como el mejor en muchas décadas, que se enorgullece con justicia de haber contribuido a su éxito y que se declara continuador de sus políticas, mientras, al mismo tiempo, quien brinda ese apoyo califica a ese mismo gobierno como "un asco". La incoherencia es evidente. Lo cual lleva a preguntarse si ese apoyo es realmente sincero o es simplemente un asunto de cálculo y de oportunidad política. Porque se podría afirmar con total seguridad que Gaviria y el Partido Liberal habrían apoyado a Mockus si este hubiera ganado la primera vuelta y hubiera sido previsible su triunfo en la segunda. Con Santos o con Mockus, era un asunto de pura sobrevivencia política.

Pero hay formas de hacer las cosas. Gaviria llega a la fiesta a ofender a los anfitriones. Apoya al candidato uribista agrediendo al uribismo. Porque resulta casi increíble que a estas alturas alguien desconozca, como hace Gaviria, los importantes logros de Uribe en materia de seguridad, libertades públicas y derechos humanos. La caída del homicidio a la mitad, del secuestro en 95 por ciento, la reducción del desplazamiento, la realización de las elecciones más libres y seguras en décadas, el clima de seguridad y libertad que hoy se respira en el país, no le merecen a Gaviria ningún reconocimiento, aunque el pueblo colombiano y la comunidad internacional sí lo valoran. Con razón Santos lamentó y rechazó los términos del apoyo que le ofreció Gaviria. Cómo es posible que a estas alturas se hable de "recuperar" las libertades públicas, el derecho a la seguridad y a la paz, dando a entender que todo esto se ha perdido en los últimos años, cuando la realidad y las evidencias demuestran precisamente lo contrario, o sea, que antes de Uribe esos derechos y esas libertades estaban seriamente limitados en Colombia por obra y gracia de la violencia guerrillera, paramilitar y narcotraficante, y que ha sido precisamente el gobierno que ahora termina el que los ha devuelto a los colombianos.

También es absolutamente inaceptable sugerir que en el gobierno al que Santos dará continuidad prevaleció la cultura del atajo y el todo vale, o que se debilitaron el Estado y las instituciones. Ni los 'falsos positivos' ni las 'chuzadas' del DAS fueron políticas de Estado. Más aún, como lo sabe la opinión pública, esos delitos ni se inventaron ni se iniciaron durante este gobierno, vienen de muy atrás y nunca se había hecho nada para erradicarlos. Este gobierno terminó con ellos definitivamente, como también se reconoce por doquier. Los responsables de esos delitos están siendo investigados, y serán juzgados y castigados acorde a la ley, lo cual nunca había sucedido.

Es claro que luego de su contundente triunfo en las urnas, el gobierno de Santos aspire a contar con unas mayorías cómodas y suficientes en el Congreso para garantizar una sólida gobernabilidad y un trámite fluido de las importantes iniciativas legales para empezar a desarrollar su programa de gobierno. Para esto será útil el respaldo de la bancada liberal. Por fortuna, la mayoría de los congresistas liberales no ha adherido a los términos en que Gaviria expresó su apoyo a Santos, y ha preferido ignorar el incidente. Ellos entienden que el costo de su respaldo no puede ser el de forzar a Santos a renunciar al uribismo o a romper con Uribe. Porque, obviamente, aunque Santos tiene una agenda propia y le imprimirá a su gobierno su propio talante y estilo, el Presidente electo no va a renunciar al uribismo pues son precisamente su identificación con Uribe y la decisión de continuar sus políticas los elementos clave en el inmenso apoyo popular que recibió Santos durante la campaña electoral y que seguirá recibiendo en su gobierno.

Eso sí, una vez iniciada su gestión como Presidente de los colombianos, Santos tendrá que dejarles a los ex presidentes Uribe y Gaviria la disputa sobre el pasado: él deberá hacerse cargo del futuro.
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