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Opinión

  • | 2000/07/31 00:00

    Con Juan Camilo no

    Al conocer a alguien hay que saber, ya no sobre su pasado, sino sobre su futuro judicial

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Si hay un alma pura en la política, a juicio de Lorenzo, ésta es la de Juan Camilo Restrepo. El ánimo corruptor, que cunde en el país, de salpicar a todo el mundo —no importa que se haya dejado en la impunidad el mayor escándalo histórico—, ha conducido a verdaderos juicios populares, copiados del Oriente comunista. Juicios sin fórmula de juicio.

Juan Camilo ha tenido, como todo político, socios de la vieja guardia. Hizo dupleta, en determinado momento, con Fabio Valencia, todo un político de los de antes. Y de quien la Fiscalía samperista ya se ocupa, con lo que consigue estropearle el camino hacia la candidatura presidencial conservadora. Valencia es miembro de una gran familia, de muchos hermanos (como dice C. Ll. de la F., cada día conocemos uno más), y es hombre de envidiable feudo electoral. Reemplazó a Jotaemilio en Antioquia como el gran elector que fue y quien falleció en acción política, cuando cayó literalmente sobre un pueblo que lo esperaba. No es raro que Valencia Cossio haya servido de apoyo a figuras nuevas, con ánimo de servicio y sin capacidades temperamentales de darse al público de masas, que es, en últimas, el que vota.

Ignoro si a Restrepo lo llevaron las iniciativas de su gran elector, cuando se prestó al homenaje que le ofreció Reginaldo Bray en Cartagena y es de suponerse el desgano con que aceptó. El periodismo investigativo pinta a Hugo Escobar Sierra señalándole el puesto de honor en esa mesa, hoy cuestionada, pero el ex ministro ni siquiera estaba en la ciudad. Yo le creo a Juan Camilo cuando afirma que dio órdenes a su campaña de no recibir contribuciones del ocasional anfitrión, por mero pálpito de lo que podría venir.

Y es que hoy en día, al conocer a alguien, no bastaría con saber sobre su pasado judicial (es decir, que está limpio), sino que habría que averiguar por su futuro judicial (esto es, que no va a ser incriminado), para no caer en garras de quienes juzgarán a posteriori con tanta vehemencia, como puede hacerlo una Fiscalía politizada o unos periodistas acuciosos y con algunas imprecisiones, así como samperistas de toda laya, que no pueden sacudirse de la espalda al pesado que sabemos.

En el caso Restrepo se ha llegado al extremo de que se le pregunte por qué no incluyó en los libros de su campaña el aporte de Bray, consistente en aquel almuerzo con vinos y papayera. ¿De modo que un acto de acercamiento amistoso —y lagarto— se considera aporte en especie a una campaña? Ocurrió esto cuando Bray todavía no era sinónimo de Dragacol y Dragacol no era sinónimo de Trágame tierra. Aún no habían encontrado los vengadores este filón de denuncias con que se pretende tapar el elefante y, desde luego, pasar por encima de los contratistas de Invías, que, como también ha sido denunciado, financiaron al candidato oficial del gobierno pasado.

¿De qué más se acusa al Ministro? ¿De pagar lo que le solicitan desde los distintos ministerios o desde los distintos órganos del poder público, cada cual, a su aire, ordenador del gasto? Yo pensaría que no es él la persona responsable de cuanto se destine a determinados rubros de la administración, en cada dependencia, pues vendría siendo el gran pirata del tesoro, dueño y repartidor de riquezas a su leal saber y entender.

Si la Cámara despilfarra, es la Cámara la que despilfarra; si el Ministerio del Transporte o el instituto equis lo hacen, son estas precisas dependencias las que lo hacen. Por qué se acusa al Fondo Interministerial, que maneja el despacho de Hacienda, por poner a disposición de una corporación lo que ésta le solicita, dentro de la división de los poderes públicos y dentro de la autonomía del gasto que es, en la práctica, lo que apuntala esa separación de poderes. Y no olvidemos tampoco que se viene de un gobierno que alimentó su propia defensa con movidas presupuestales que provocaron, cuando menos, investigaciones preliminares en contra de los congresistas.

No lo digo tanto por el periodismo, que busca despabilar sus departamentos investigativos (de por lo general una o dos personas), cuanto por los que quieren comer ministro, desde la otra orilla política, pero la verdad es que esto de querer acabar con todo el mundo, aun con lo más decente que habita el escenario público, refleja una tendencia desesperada por hacer daño. Así sea el último daño o la última bala que en las películas de vaqueros dispara el caído contra su perseguidor.

Yo espero que Juan Camilo pueda hacerle el quite necesario a esta andanada en su contra. En otra ocasión fue a dar a un ministerio como el de Minas y Energía y al momento de su posesión se le fue la luz a todo el país.

De ahí que su cara sea de dolorosa quiteña y sus ojeras como las que pintó Romero de Torres para expresar un ‘alma llena de pena’. No pretendo dedicarle mis lástimas, mucho menos con sorna, pero estoy convencido de que las fieras del zoológico político, aquellos que no ignoran de donde vienen y lo que han tenido que hacer para llegar, reconocen en el actual Ministro de las finanzas a una inmaculada y cordial oveja (a una especie de Esteban Jaramillo), llevada mansamente al matadero de la maledicencia.
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