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Opinión

  • | 1996/05/06 00:00

    CON LA IGLESIA NOS TOPAMOS

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Cuando los ánimos se calmen dentro de algún tiempo, una de las anécdotas que se recordará con más gracia dentro de las muchas del proceso 8.000, será la respuesta de Horacio Serpa a los ataques de los obispos. Serpa, desesperado, les recordó que la Iglesia se había pasado 2.000 años doliéndose de que a Jesús lo hubieran condenado sin juicio previo, paraconcluir que a los curas no se les ve bien hacer lo mismo con Samper. Les faltó velocidad mental a los prelados, pues habrían podido contestar que a Jesús lo crucificaron tras una consulta popular, que es, por coincidencia, el procedimiento que están buscando Serpa y Samper para salvarse.Pero aparte de la tesis de Serpa _que no pasa de ser un calambur ingenioso_, lo cierto es que la Iglesia está en plan de pelea. Y si yo fuera Samper andaría preocupado, pues no se conoce que el clero colombiano se haya metido en una pelea cuyo desenlace no conozca de antemano.No se les ve mucha seriedad a los jerarcas de la Iglesia en este bochinche. No porque no tengan derecho a meterse en la discusión nacional sobre el proceso 8.000. Al contrario. Tratándose de personas cuyo oficio es andar pastoreando almas, lo lógico es que pongan el grito en el cielo frente a uno de los episodios de corrupción más profundos de nuestra historia.Pero para meterse en las peleas importantes hay que tener, como decían los malandros cubanos, papeles de guapo. Y la Iglesia colombiana no los tiene. La crítica más sólida que han recibido nuestros curas, obispos y cardenales a lo largo de la historia reciente es que se han mantenido demasiado al margen de los pecados evidentes de la sociedad, empezando, como ahora, con la clase dirigente.Para ser sinceros, durante los últimos años la Iglesia colombiana ha sido más diligente en la tarea de perdonar culpables que en la de condenar su comportamiento.Frente a sus ojos han pasado episodios vergonzosos de injusticia social, de abusos en el poder del Estado, de violencia sin límites, de infiltración de los pecados derivados del narcotráfico y su riqueza y, por supuesto, de corrupción. Pero sólo hasta ahora se escucha la voz tronadora que produce Dios cuando le sacan la piedra. ¿Qué pasaba antes? Una de dos: o antes se hacían los de la vista gorda, o ahora han mejorado sus sistemas de comunicación con el Altísimo.Por todo lo anterior, los baculazos de los últimos días sobre el presidente Samper y la clase política provocan en el colombiano raso una mueca de incredulidad. A pesar _hay que reconocerlo_ de que nada de lo que han dicho es mentira.Pero aparte de todas estas consideraciones, el hecho real es que le apareció a Samper la verdadera oposición.Hasta la fecha, sus máximos opositores habían sido los columnistas de prensa, con un impacto sólido en las clases dirigentes pero con mucho menos fuerza en las masas populares. Aparte de ellos, la oposición se había limitado a uno que otro dirigente político sin demasiados seguidores y a varios dirigentes gremiales, con mucho menos arraigo popular.Pero con la Iglesia la cosa cambia. Los obispos y sacerdotes le sacaron todo el jugo al Domingo de Ramos en materia de agitación política, y a la hora de escribir esta columna falta el show central de los púlpitos: el sermón de las Siete Palabras del Viernes Santo, que, al paso que van las cosas, está como para alquilar reclinatorio.La Iglesia es, hoy por hoy, la única organización sólida, popular y jerarquizada entre todas las que se han metido en la discusión sobre la actualidad nacional. En términos políticos, esto equivale a decir que es el sector que está en capacidad de hacerle un daño mayor al presidente Samper y a su gobierno."Con la Iglesia topamos, Sancho", dice la célebre frase de Cervantes, y ese tiene que ser el comentario de hoy del Presidente a su Ministro. Aunque desde el punto de vista de la figura, Serpa se parezca más a Don Quijote, y Samper mucho más a su escudero.
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