Jueves, 23 de octubre de 2014

| 2013/01/26 00:00

Con nombre propio

Esa reforma constitucional, que se estaría cocinando a espaldas del país, les permitiría a los congresistas salirse de sus partidos y entrar en otros sin tener que incurrir en el delito de doble militancia.

Foto: Guillermo Torres

¿Si Uribe reformó la Constitución para reelegirse por qué los congresistas no pueden hacer lo mismo? Esa debe ser la reflexión que puede haber servido de base para que en el Congreso ande prosperando y de manera soterrada una reforma constitucional que de ser aprobada, podría acabar con la poca legitimidad que le queda a la Carta del 91 luego del ultraje cometido por Uribe. 


Esa reforma constitucional, que se estaría cocinando a espaldas del país, tendría por objetivo  impulsar la escisión de los partidos y la primera gabela que obtendrían a costa del interés nacional sería toda una conquista: a los congresistas se les permitiría salirse de sus partidos y entrar en otros sin tener que incurrir en el delito de doble militancia. 


La reforma no tiene padrinos conocidos y cuando uno indaga sobre ella en los corrillos políticos no hay ni un congresista que acepte estar apoyándola. Sin embargo, con todos los que hablé para hacer esta nota confirman que la reforma anda caminando y que no saben quién o quiénes son los que la están pedaleando.  


En Presidencia dicen que Juan Manuel Santos no la apoya  y que se ha opuesto a ella públicamente. Los liberales afirman que no la están alentando y los de Cambio Radical ni siquiera tocan el tema. 


A pesar de lo anterior, misteriosamente la reforma se ha seguido cocinando en la clandestinidad y según lo reveló la semana pasada el Nuevo Siglo, este proyecto se estaría presentando en marzo próximo. Las bancadas de la Unidad Nacional lo empujarían para que cumpliera rápidamente los cuatro debates que requiere y pueda ser realidad antes de mitad de año. De hecho, este sería el segundo intento que tendría una iniciativa de esta índole. El año pasado se presentó en la Cámara, pero como no hubo consenso no prosperó. 


El contenido de la reforma demuestra, además, que sus autores tienen muy poco respeto por su función y que no les importa hacer el ridículo: están impulsando un proyecto que va en contra del espíritu de la última Reforma Electoral que ellos mismos aprobaron en 2009 y que prohibió el transfuguismo. Obviamente dirán que la política es dinámica y que todo se puede meter por esa amplia rendija, pero por más que lo intenten, no podrán maquillar su desprecio por el interés común que juraron representar. Los colombianos podemos ser ingenuos, pero no estúpidos.    


Desde luego si esta entelequia se llega a aprobar, los grandes beneficiados serían Cambio Radical y el liberalismo porque lograrían reunificar sus huestes de cara a las próximas elecciones. Pero no solo habría caras alegres entre la Unidad Nacional sino entre los progresistas de Petro que siguen atrapados en el Polo sin tener una salida y desde luego entre los uribistas del Puro Centro Democrático quienes podrían llevarse a congresistas como Juan Carlos Vélez o como Miguel Gómez a sus listas. 


Por el bien del país es mejor que esta reforma nunca vea la luz. Y el mismo destino le deseo a otra propuesta que anda por ahí abriéndose campo y que les permitiría a los congresistas ser ministros. Es cierto que esa es una prohibición absurda impuesta por la Constitución del 91, pero si se propone cambiarla debería al menos no ser automática porque da la impresión de haber sido hecha con nombre propio.  


Si estas reformas se abren paso, los partidos se convertirían en refugios temporales y sus integrantes en tránsfugas itinerantes. Su fidelidad sería solo comparable a la que tienen los jugadores de fútbol y la Constitución, ultrajada una vez más, acabaría siendo una herramienta de la corrupción política sometida a las necesidades de los grandes caciques. 


Pero, sobre todo, sería un triunfo de los corruptos y de quienes piensan que las normas no están para ser respetadas sino para ser cambiadas al antojo de los poderosos. 


La gran moraleja de todo este embrollo es que no se necesita de un Álvaro Uribe para atropellar la Constitución porque son muchos los políticos colombianos que tienen un uribito hibernando en su coranzoncito. Sorpresas te da la vida.

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