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Opinión

  • | 1999/04/19 00:00

    CON PEÑALOSA HABRA FUTURO

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Hay políticos de políticos. La gran mayoría se mueven como felinos hambrientos en la
exuberante jungla burocrática. Sus movimientos sibilinos en busca de puestos y dádivas, y sus discretos
pero letales raponazos al presupuesto nacional resultan imperceptibles para la opinión pública.Los demás, la
minoría, están marcados por la controversia. Y están subdivididos en dos categorías. Los que generan
controversia porque su apetito clientelista o sus garras ensangrentadas con los dineros públicos fueron
descubiertas a través del follaje por la justicia o los medios. Y los que generan controversia porque se atreven a
gobernar. En esta última categoría se encuentra el actual alcalde de Bogotá. Peñalosa se acerca a la mitad
del período de su mandato y la controversia lo ha perseguido desde el día de su posesión: que pico y placa,
que los bolardos, que las calzadas de la 15, que el desalojo de vendedores ambulantes, que sus
proyectos faraónicos, que la demolición del Cartucho, que su actitud napoleónica frente a los medios. En
todos los frentes le han dado 'palo'. Y muchas veces con razón. Pero es un 'palo' que quiere decir una cosa:
Peñalosa está gobernando. En su quijotesca tarea por defender el interés público, el alcalde se ha
enfrentado a una línea Maginot detrás del cual se han escudado tenebrosas alianzas entre políticos,
burócratas y particulares para sacarle impunemente tajada al desgobierno del Distrito. Recuperar así la
esfera de lo público significa no solo chocar con nuestra cultura mafiosa _que describe bien Luis Jorge
Garay_ sino tropezar con unas minorías que tienen un inmenso poder para proteger sus intereses. La mafia
de los transportadores, que se lucra de la infame guerra del centavo, se opone a la construcción del metro. El
clan de los urbanizadores piratas, que explota venalmente a los marginados sin techo, se interpone ante los
programas de vivienda de interés social. Y los sindicatos del Distrito, cuyas onerosas prebendas tienen a
las empresas públicas al borde de la quiebra, se van a paro ante cualquier atisbo de privatización.Hay un
statu quo en el cual la coexistencia caótica pero rentable de intereses particulares colonizó hace mucho
tiempo el bien público y que, como hemos visto, está dispuesto a dar la pelea a capa y espada para
preservar sus respectivos feudos. Y son grupos bien organizados que tienen acceso a los medios y hacen
mucha bulla. En esta lucha por recuperar lo colectivo, sin embargo, Peñalosa ha cometido varios errores. Es
inaudito, por ejemplo, que en una situación de inminente explosión social como la que vive Bogotá se
desaloje a punta de bolillo y gas lacrimógeno a vendedores ambulantes e indigentes sin antes haberlos
reubicado. O que se instalen bolardos sin antes construir parqueaderos, golpeando aún más a un comercio en
franca crisis. Pero más allá de las embarradas de Peñalosa y de su sano enfrentamiento con el statu quo, su
paso por la Alcaldía ha sido un interesante laboratorio para evaluar nuestra actitud frente a los
gobernantes. Y en este sentido el resultado no puede ser más revelador.Cuando todos sabemos que los
problemas de Bogotá exigen medidas de fondo, nuestra visión como ciudadanos no puede ser más
parroquial y cortoplacista. Nos quejamos día y noche de que nuestros políticos piensan en chiquito, pero
cuando Peñalosa planea una ciudad para el largo plazo, que exige grandes proyectos como Trasmilenio y la
avenida longitudinal, es estigmatizado como faraón y despilfarrador. A Virgilio Barco también lo criticaron
duramente cuando era alcalde por la otrora 'faraónica' Avenida 68 y, 30 años después, es de las únicas vías
transitables de la capital. De esta forma, me preocupan menos los pasos en falso de Peñalosa que nuestra
visión inmediatista e irresponsable de las soluciones para civilizar a Bogotá. Por esa arraigada cultura del
avivatazgo y del dinero fácil, nos gusta todo rápido, sin contratiempo, sin esfuerzo, tomando atajos. No
entendemos la visión de largo plazo porque nadie nos ha enseñado a pensar en el futuro. Además, pensar a
largo plazo es antielectoral. Y por ese motivo es muy probable que nuestro alcalde se queme políticamente
por estar planificando su Peñalandia del 2020. (Lo que, de paso, nos indicaría que lo que realmente
necesitamos es una generación de políticos-kamikasee que nos convenzan de que nuestra única opción para
salir de este atolladero es apostarle al futuro.)Ahora, si Peñalosa nos logra vender su proyecto de ciudad
futura en el año y medio que le queda, peligran las ambiciones presidenciales de Serpa y Noemí. En caso
contrario, su dilema recaerá en el próximo alcalde: cómo pensar en grande y no morir políticamente en el
intento.
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