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Opinión

  • | 2012/02/04 00:00

    Con el perdón de Belisario

    Es infame que padezca su vejez sin un bastón: que le devuelvan, al menos, el de mando, que perdió en la toma.

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Tan pronto como escuché al presidente Santos pidiéndole perdón a Belisario en nombre de todo el país, vestí a mis hijas, agarré a mi mujer y me propuse ir a visitarlo con toda mi familia al hotel La Fontana, donde, arropado con una ruana, el expresidente toma religiosamente sus clases de manualidades para la tercera edad. Soñaba con pedirle perdón personalmente; con que mis propias hijas lo pudieran tocar; con entregarle un detalle en nombre del pueblo colombiano: un radio, una sudadera, al menos un tubito de Corega.

Y quería, lo voy a confesar aquí, abrazarlo. Decirle que lo quiero. Sí, como lo oyen: que lo quiero y que nos perdone por haberle dado esta vida triste en la que debe elogiar las esculturas de greda que hace Dalita en Barichara y resignarse a que, a pesar de haberle servido al país durante tantos años, hoy por hoy no tenga ni siquiera un cupo en el programa Viejitos en Acción. Es infame que padezca su vejez sin contar, siquiera, con un bastón: que le devuelvan, al menos, el de mando, que perdió por los días de la toma.

Siempre he considerado que su Presidencia fue de una de los mejores que ha tenido Colombia, y cada vez que puedo me maravillo ante su mayor legado, que es, como todos sabemos, una paloma gigante que está pintada en una roca que hay en la vía a La Calera: es la obra más perdurable de gobierno alguno. ¿Dónde tomaría trago la juventud si no existiera aquella roca? ¿Dónde pelearían, borrachos, nuestros adolescentes sin esa piedra de la paz?

De los líderes conservadores de la tercera edad, siento especial ternura por Belisario y José Galat. De Galat me distancié por sus posturas de avanzada y no volví a seguirlo ni en su cuenta de Twitter ni en mi tabla de ouija. No pienso perder, ahora también, a Belisario, cuyos poemas me han puesto a soñar. Literalmente.

Creo, sin asomos de ironías, que como nación nos ha hecho falta pedirles perdón a nuestros gobernantes. El presidente Santos debería pedirle perdón, en nombre del país, a mi tío Ernesto. E indemnizar generosamente a sus sobrinos. También debería pagarle un curso en el Ipler a Pastrana, comprarle una caja de dientes a Gaviria o al menos regalarle un bono de la peluquería de Norberto a su hijo Simón, para que evite la situación humillante de que una vaca lo peine a lambetazos cada mañana. Ya es tiempo de hacer algo, si no por los delfines, al menos por las vacas.

Cuando sucedió todo lo del Palacio de Justicia yo era una especie de Pachito Santos: ni siquiera me había desarrollado y carecía de uso de razón. De ese miércoles apenas recuerdo que la única funcionaria que estuvo a la altura de las circunstancias fue Noemí Sanín, quien, en lugar de mostrar lo que sucedía en la Plaza de Bolívar, ordenó transmitir un partido de fútbol. Entiéndanlo: era un partido muy importante. Jugaba Unión Magdalena contra Millos. Quienes amamos el mejor deporte del mundo siempre agradeceremos que Noemí no haya sucumbido a la tentación histórica de permitir el registro de la toma y haya entendido que primero es lo primero. Los dos equipos ya estaban en octogonal. Ambos jugaban muy bien. Podía pasar cualquier cosa.

No faltarán quienes digan ahora que, por episodios como ese, el fútbol es el opio del pueblo. Pero si el fútbol es el opio del pueblo, ya se entiende por qué a Wílder Medina le gusta el fútbol. Y, como sea, desde aquella noche mágica Noemí comenzó su meteórica carrera hacia la junta directiva de Millonarios.

Algunos juzgarán a Juan Manuel por poner en entredicho, como lo hiciera Uribe, los fallos judiciales. Yo, en cambio, aprecio ser gobernado por un mandatario con pantalones, por más de que estos sean color amarillo pollito. Y por eso lo apoyo cuando critica a las Cortes, incluyendo al magistrado Leonidas Bustos, 'Puchecas' para sus amigos, que está hasta su apellido de las intromisiones del jefe de Estado. No importa. Hace bien el presidente en hablar por todos y ofrecer excusas. Solo el perdón nos sacará adelante. Por eso, en nombre del país, quiero pedirle perdón, también, al doctor Álvaro González Alzate por haberlo juzgado por sus comentarios homofóbicos; a Laura Acuña por el displicente trabajo de pedicure del que fue víctima; a las señoras Zarzur porque sus dos criadas negras dejaron enfriar el café por posar para la revista Hola.

También hago un reconocimiento muy especial a los miembros del M-19, sin cuya oportuna intervención no se habría desatado este bonito camino que culmina, ahora, con las excusas a Belisario. En nombre de Colombia, les pido perdón a ellos, a los del M-19, por no dejarles el Palacio de Justicia por más tiempo para que alcanzaran a quemar más folios y martirizar a más inocentes. Y también, cómo no, pido perdón a los militares, que se tomaron el poder apenas por unas horas: de haber contado con más tiempo, no habrían tenido que desaparecer a nadie posteriormente: lo habrían podido hacer allí mismo, sin tantos líos.

Llegué con toda mi familia a La Fontana, pero Belisario estaba durmiendo la siesta y había dado orden de que nadie lo interrumpiera. Ni siquiera Carlos Fuentes. No tuve otro remedio que ir a la Paloma de la Paz de La Calera, donde unos adolescentes bebían por dos en lo que parecía ser una tomata doble. Es decir, otra retoma.
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