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Opinión

  • | 2017/01/06 10:40

    Con Trump, 2017 será un año de muy pocas buenas esperanzas

    EE. UU. pasa a las manos del comediante de televisión y presunto multimillonario, de genio destemplado y violento. El mundo deberá pagar los platos rotos.

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Este 2017, mirándolo bien, comienza con espesos y oscuros nubarrones en el cielo, anunciando más inclemencias que buenas esperanzas, principalmente para quienes vivimos en los patios traseros de Estados Unidos. A partir del próximo 20 de enero, la presidencia de este país estará en manos del comediante de televisión y presunto multimillonario Donald Trump, de genio destemplado y violento, para quien el calentamiento global es una farsa y se muestra extrañado por el hecho de que sus más recientes antecesores no usaron el poderoso arsenal nuclear que ahora estará enteramente a sus órdenes.

No parece verosímil que Trump (quien durante sus 70 años de vida se ha portado como un patán y hecho gárgaras con las leyes para acrecentar su fortuna) vaya a convertirse ahora, de la noche a la mañana, en una persona bien portada, honesta y justa. Cualidades que siempre ha aborrecido y rehuido, de acuerdo con todo lo que le oímos decir durante la campaña política, en la que, sin reservas, se mostró perverso y despreciable, hasta obtener el triunfo, con menos de casi tres millones de votos que su contrincante, la deslucida y elegante señora Clinton. Es curioso que en Estados Unidos no siempre gana el que obtiene más votos, pues el caudal electoral es pasado por un cedazo que privilegia los votos de primera clase y desmerece los de segunda y de tercera. Todos en este país, sin embargo, están de acuerdo con que así sea. Son sus reglas.

Lo más peligroso de Trump, empero, no son su intemperancia, su mal gusto, su inmoralidad y su falta de educación y de delicadeza. Tampoco son la actitud y el lenguaje depravados con los que humilla a las mujeres, ni las fullerías que imperan en sus casinos, ni la manera como evade impuestos, ni sus negocios prostibularios disfrazados de concursos de belleza. Lo peor de todo es la promesa que lo llevó al poder: volver al pasado. Darle a los Estados Unidos el esplender de los años 50, 60 y 70, cuando el obrero promedio del país, encarnado en Pedro Picapiedra y Homero Simpson, llevaba una vida mucho más que próspera y estable, en medio de la ignorancia absoluta y el patriotismo invencible. Solamente debía saber operar, mecánicamente, una pequeña parte de la cadena de producción en una fábrica para recibir un salario que le daba para poseer una casa enorme e impecable, exactamente igual a las dos o tres mil de su barrio; dos carros del año y toda la cerveza necesaria para ingerirla eternamente, con papas fritas y hot dog, viendo por televisión partidos de béisbol y fútbol.

Pero el mundo cambió, las fábricas se trasladaron a la China o a la India, en donde el trabajo de Pedro y Homero ahora lo hacen operarios sin suerte ni derechos y, en muchos casos, niños esclavos. La próspera economía estadounidense de hoy está soportada en ese nuevo esquema de producción que dejó en la ruina a la gran clase media de los buenos tiempos, a los que Trump ofreció regresar sin decir cómo.

Nada más peligroso e imposible, y al mismo tiempo subyugante, que pensar en regresar al pasado. Cuántos quisiéramos retornar, por arte de magia, a nuestros mejores días de hace 20, 30 o 40 años. Regreso que implicaría, claro está, tener 20, 30 o 40 años menos pero con la misma experiencia y bagaje de la vida que tenemos hoy, como lo prometió el demagogo Trump.

Esa fantasía se estrellará con la realidad desde el primer día de su gobierno y con el paso del tiempo se convertirá en tragedia.

Trump solamente podrá cumplir con la parte de sus promesas a la que más miedo le tenemos en el resto del mundo: la amenaza nuclear, la exclusión, el racismo, el odio contra los más débiles y su decidida voluntad de exterminar a los latinos y otros grupos humanos a los que aborrece, como los musulmanes. La selección de nombres de funcionarios que ha anunciado para gobernar indica que no dará pie atrás.

Cancelará la reciente apertura de relaciones con la moribunda Cuba (insignia de lo que queda del comunismo en el mundo) y lanzará pronto acciones militares triunfantes contra otros lodazales de la decadencia, como Venezuela, en repudio a la tiranía siniestra de Nicolás Maduro, a pesar de que con ello solamente conseguirá (aparte de los muertos que resulten de los bombardeos) darles nuevos aires y convertir en héroes a los dictadores, además de degradar todavía más la miseria y la debilidad en la que se debate el Tercer Mundo.

Trump echará por tierra los acuerdos de paz de Colombia, que ya tienen suficientes enemigos con los dos que los firmaron: el presidente Juan Manuel Santos y las mismas FARC. Así, este país volverá a ser el mismo charco de sangre de toda la vida, que tantos réditos le da a Álvaro Uribe.

Estados Unidos son, sin la menor duda, la nación más poderosa de la tierra. Y la más admirable en innumerables aspectos. Es la democracia más estable del mundo: tanto que, sin decir ni mu, eligió a Trump y está lista a soportar los rigores de su inmoralidad y su locura.

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