Sábado, 21 de enero de 2017

| 1988/11/14 00:00

CONFESIONES DE UNA ANTIGUALLA

CONFESIONES DE UNA ANTIGUALLA

Una señora de Armenia, que se define a sí misma como una mujer moderna y liberada, me escribe una carta graciosa en la que, entre chiste y chanza, se burla de mí. No me enfado. Por el contrario, y lo digo con franqueza, hace ya muchos años Michelet nos enseñó que el verdadero humor comienza cuando uno es capaz de no tomar en serio sus propias cosas.
Si no me equivoco, y si la vejez no me esta atrofiando la memoria, alguna vez escribí en esta página sobre el mismo tema. Creo que fue a propósito de una carta de cierta corresponsal de Medellín. Ahora regreso sobre el asunto a raíz de la dama quindiana, o cuyabra, como los llaman graciosamente, por razones que desconozco.
Ella me llama predicador sin sotana o cura laico por el tono de mis crónicas semanales. Dice que tengo algo de vieja beata y rezandera, pero admite, honradamente, que se divierte con mis pequeñas tonterías, sacándole un poco de jugo a la vida. Eso me alegra. Los payasos y los periodistas, que tenemos tantas cosas en común, ya que descendemos ambos de los bufones y farautes de las cortes antiguas, sabemos bien que es una maravilla de oficio el que permite sacarle una sonrisa a la gente.
No se preocupe, amiga mía, porque hasta mis propios compañeros de trabajo, mis amigos e incluso mis familiares me toman el pelo con esa historia del predicador. Hasta el punto de que, en la noche de brujas del año pasado, mi mujer pretendía disfrazarme de cardenal, con una capa morada y un pectoral de oro, para que saliera a recoger dulces de puerta en puerta con los niños de mi barrio. Lo hice, pero sin el hábito talar, con la cara cubierta con un antifaz de Batman, y por fortuna no me descubrió nadie en el vecindario.
Hablemos en serio. Sé muy bien que soy una antigualla, una viejera, un vicario, como dicen mis hijos, y que en esta sociedad moderna y audaz vivo como una mosca en leche. Soy un anacronismo, lo admito, porque parezco una sombra que se quedó fondeada en el pasado.
Creo a pie juntillas, o a tacones separados, como usted prefiera, en cosas que ya no se usan, como el Tricófero de Barry, las buenas costumbres, el jabón de monte para lavar la ropa, el respeto a las opiniones ajenas, las virtudes caseras, el sentido del honor, el aceite de ricino para curar a los muchachos melancólicos y las virtudes milagrosas de las píldoras del doctor Ross.
Con mucha tristeza y desazón he descubierto, señora de Armenia, que algunas personas a las que estimo hacen chacota conmigo porque todavía creo en la fidelidad hogareña, cuando lo que se estila hoy, lo que está de moda, lo que da lustre y produce admiración, es lo contrario, tener una barragana o varias -si es posible- y comportarse como un maestro en el arte resbaladizo del engaño.
Conozco personas que se ufanan de su habilidad porque son capaces de recitar, de memoria, sin un titubeo, los nombres de cuatro docenas de moteles, sin confundir el color de las sábanas de uno con el labrado de las paredes del otro. No me averguenza sostener en público, como lo hago, que soy un hombre aburrido, que no va a cocteles, que ama a su mujer, que cree en la vida eterna y que, como si fuera poco, se orienta por aquel sabio proverbio según el cual en este mundo no hay como Dios y la cama de uno.
El otro día me gané un regaño de grandes proporciones por cuenta de una reportera de revista de variedades. Pretendía ella, acompañada de un fotógrafo, entrar entrar a mi casa y describir a sus lectores la forma como vivo. No soy vedette de televisión ni actor de nada. Soy un trabajador que trata, sanamente, de cumplir con sus deberes, hasta donde me lo permiten mis torpezas y errores. Pero mi hogar, mis hijos, mis pantuflas, el rincón donde veo televisión, no son pasto para la voracidad pública, ni ando en busca de promociones fatuas, ni de vanidades mundanas, ni de alardes publicitarios.
Espero que, con esta declaración, mis amigos de Barranquilla entiendan por que no fui a la ciudad amada el día en que le entregaban a Jorge Eliécer Julio el boxeador olímpico de Seúl, las llaves de su nueva casa. Porque lo único que me importaba era que un muchacho digno y esforzado, como él, tuviera una casa decorosa para compartirla con su familia. Conseguida la vivienda, gracias a la generosidad de la gente, lo demás no me seduce.
Lo demás es frivolidad pública, zafarrancho callejero, pasar la factura de cobro y andar yo dando declaraciones para alimentar mi propia soberbia. Me niego a eso.
Pienso, como el almirante Nelson herido en Trafalgar, tocado por el ala de la tragedia, que un hombre puede morir tranquilo cuando ha cumplido con sus obligaciones. Las mías son con mi oficio, con mi familia y con Dios.
Creo en su existencia y voy a misa. Rezo al levantarme y al acostarme. Aunque se sigan burlando de mí y mis amigos -como usted, señora quindiana- me llamen predicador. La vida no está hecha solamente de barro, de huesos y de cartílagos. La vida está hecha de virtudes y de amores, de esperanzas y de fe, de angustias y de dolores, de un poco de poesía. La vida es mucho más valiosa que un pedazo de carne perecedera. La vida es un ideal por el cual hay que luchar cada día.

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