Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2000/12/18 00:00

¿Congelar para qué?

Para los civiles es inconcebible seguir la confrontación sin un acuerdo humanitario que esencialmente enfatice la distinción entre combatientes y no combatientes.

¿Congelar para qué?

La decisión unilateral de las FARC-EP de congelar los diálogos de paz con el gobierno se ha producido simultáneamente con la intensificación de las acciones militares en el Putumayo, el debate sobre el Plan Colombia, la persistencia de las masacres y desplazamiento, el aumento del secuestro y el aumento de la presión extorsiva sobre los civiles.

La reacción en vastos sectores de la opinión ha sido tocar las trompetas de la guerra. Abundan los llamados a suspender la zona de distensión, a recuperar secuestrados y territorios a sangre y fuego, a financiar nuevos batallones, las manifestaciones en el Valle pidiendo mano dura, todo eso expresa la indignación con la arrogancia de la guerrilla, el cansancio y el rechazo a la confrontación armada, vista cada vez más, como inútil y en contra de los civiles.

El gobierno nacional ha asumido la decisión de las Farc como otra contingencia del proceso y le ha restado importancia. Sorprende en el escenario nacional los cuestionamientos irresponsables que se han vuelto verdades y el ocultamiento de la discusión de los problemas esenciales. Se sostiene, por ejemplo, que el proceso de diálogo no ha producido ningún resultado y se soslaya la discusión del Plan Colombia, las reformas económicas, un nuevo régimen político y la victimización de los civiles.

Reconstruir lo logrado hasta hoy en el proceso de negociación demandaría más de cuatro años luego de otra etapa de la confrontación armada. La salida que se recomienda es la exigencia de hechos de paz. Las Farc piden el canje y el país el cese de las hostilidades contra los civiles. Se desconoce así que los hechos de paz son el resultado de los avances del proceso de negociación. Esta superficialidad ha impedido comprender que el proceso de negociación enfrenta hoy una encrucijada: lleva al país hacia la paz o lo conduce a una guerra con costos humanos, sociales y económicos devastadores.

Para el país, incluidas las Farc, el dilema es ganar la guerra o resolver los complejos problemas de la negociación. Contrariamente a lo que sostienen las Farc, la pelota está en su terreno. Son ellos quienes están imponiendo el ritmo de la negociación y deben decidir cuál opción escogen. Pretender mantener el diálogo sin acuerdos, imponer condiciones previas a la negociación, deslegitimar la contraparte y jugar con el desgaste del Gobierno sólo contribuye a debilitar el respaldo y las posibilidades del proceso de paz.

Evidentemente la búsqueda de una solución negociada al conflicto armado enfrenta su peor crisis en dos años y las Farc y el Gobierno gozan de gran impopularidad. Respecto al proceso de negociación se han manifestado las consecuencias de negociar en medio del fuego, negociar sin un facilitador extranjero y negociar en mesas separadas con los diversos actores. Para ser justos ninguna de las tres falencias fue escogida o impuesta por el Gobierno, ellas fueron fruto de las circunstancias.

Si todos los colombianos deseamos la paz, ¿qué hacer para hacerla viable? En las actuales circunstancias parece aconsejable pasar del diálogo a la negociación (los acuerdos) y definir entre las partes un propósito común de la negociación.

Abordar con empeño y simultáneamente el canje, el cese al fuego y de hostilidades, la política para erradicar los narcocultivos y el narcotráfico, y un plan económico de choque, contribuiría a recuperar la esperanza en la solución negociada del conflicto armado. Para el Gobierno es bastante difícil el canje sin cese al fuego y el cese al fuego sin cesar las acciones contra los civiles; y para las Farc es impensable el cese al fuego sin medidas sociales y económicas y sin concertación en el tema de los narcocultivos.

Estos acuerdos no son fáciles pero si son posibles. Desafían la creatividad y la ruptura de esquemas y ponen a prueba la voluntad de encontrar salidas concertadas. Por ejemplo, en lo referente al cese al fuego hay que superar el concepto que su viabilidad depende de la localización y encontrar salidas más ágiles para encontrarlo.

Es deseable igualmente adoptar un acompañamiento extranjero y convenido por las dos partes, al proceso de negociación.

Sobre el tapete queda el tema de las autodefensas. Sus alevosos ataques contra los civiles se condenan reiteradamente y deslegitiman sus pretensiones políticas. Pero el realismo político aconseja encontrar una salida a este grave problema.

En el evento de que los jefes del Gobierno y las Farc sean inferiores a su responsabilidad histórica y nos conduzcan a agudizar la confrontación, en contra de la voluntad mayoritaria, no se puede repetir el error de Tlaxcala. Para los civiles es inconcebible seguir la confrontación sin un acuerdo humanitario que esencialmente enfatice la distinción entre combatientes y no combatientes.

Para los civiles el desafío es actuar con inteligencia y no sólo con voluntarismo y construir un gran frente para defender el proceso de paz demandando de las partes concretar los avances que esta crisis exige.



*Miembro del Consejo Nacional de Paz.

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