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Opinión

  • | 2013/11/13 00:00

    Congresista por un día

    Los ricos son más ricos y los pobres más jodidos, qué suerte sería ser parlamentario por un día.

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No hay que ser un gurú en economía ni presidente de una agremiación nacional para deducir que la brecha en Colombia cada día es más grande: es decir, que los ricos son más ricos y los pobres más jodidos, qué suerte sería ser parlamentario por un día ¿te gustaría?

José Humberto Díaz Rey abandonó hace más de 20 años su natal Guayabetal, un municipio enclavado al oriente de Cundinamarca, con la ilusión de buscar un mejor futuro en Bogotá para él y su familia; su día inicia muy temprano: a las cuatro de la mañana junto a su esposa preparan el desayuno y almuerzo para ellos y sus tres hijos. Una vez deja a sus pequeños en la escuela del sector, emprende camino desde el barrio el Portal de Oriente para comprar el surtido de su negocio, ubicado media cuadra abajo del parque de la 93. Su local: un carrito de sombrilla con dulces, galletas, chocolatinas y minutos de celular a todos los operadores. ‘El mono’, como es conocido en la 93, surte su negocio con las ganancias del día anterior, 15.000 pesos, otro tanto debe distribuirlo muy bien para alimentación, servicios y el estudio de sus hijos y cuando puede, ayudar a su madre que se encuentra delicada de salud en su pueblo natal.

Resignado entre sus galetas, bocadillos y colombinas ve descender diariamente de sus camionetas personajes de los que ha oído hablar y que identifica sin necesidad de ver en televisión: llegó el doctor Roy, el que se acomoda con todos; allá va el hijo del expresidente Gaviria, un muchacho que dicen no sabe leer; viene el senador gordito que camina con un ‘tumbao’, seguramente se refiere a Roberto Gerlein. Su resignación hace tránsito lento a la indignación pues no entiende cómo esos señores ganan tanto dinero cuando él tendría que trabajar toda la vida por muchísimo menos.

Pero no es solamente la indignación de José, igual ocurre con la mayoría de los colombianos que no entienden por qué un congresista gana millones de pesos trabajando tres días a la semana, en un momento donde la economía creció un 3,4 por ciento durante el primer semestre de 2013 y el salario mínimo es de 589.500 pesos, ad portas de un incremento del 3 por ciento para 2014. Es decir, que el ingreso per cápita de muchas familias en el país no supera 310 dólares mensuales, tremendo.

Tampoco el desprevenido colombiano entiende cómo una sentencia del Consejo de Estado que reduce la prima de salud y de localización a los congresistas en 8 millones de pesos, el gobierno lo convierte después en bonificación y devuelve el monto, creando rabia entre los colombianos, cuando su salario, si es que tiene, no subirá más del 3 por ciento para el próximo año; entre tanto, José Humberto debe atender sus servicios médicos en el Sisbén con interminables filas a la madrugada y hacer múltiples esfuerzos para que el banco no le embargue su casa ubicada en los cerros de la ciudad.

Como sí lo anterior no fuera suficiente y para agudizar el malestar del constituyente primario, hay que observar las continuas sesiones del Congreso con un alto grado de ausentismo justificado por gripas y dolores de cabeza, y otras ausencias injustificadas porque sí.

Para creer lo que manifestó hace pocos días el presidente del Congreso, Juan Fernando Cristo, quien con tono de prócer de la democracia, afirmó que parlamentario que no asistiera a la respectiva sesión se le descontaría el día; por ver, son 800.000 pesos diarios.

Con ese panorama político nacional y en época casi preelectoral hay un colombiano que tiene una aspiración legal como la de cualquier persona del común: ser parlamentario por un día; sí señor, es José Humberto, este hombre de humilde extracción, hijo de Guayabetal que quisiera ser congresista por un día, así tenga que crear su circunscripción electoral, con la de gente humilde y trabajadora, vendedores de dulces y minutos, representando en la corporación al pueblo honesto y trabajador, y compartir, por qué no, una curul con Roy Barreras (bueno, mejor no).

Con los 800.000 pesos en un día el mono seguramente no tendría que levantarse a las cuatro de la mañana a preparar los almuerzos para llevar a su sitio de trabajo; este tiempo lo invertiría en comprar un 500 por ciento más de surtido y aumentar el cargo básico de minutos para llamar alegría y una carpa nueva para no mojar las ilusiones en este invierno.

Desafortunadamente todo es un sueño y lo más duro al despertar es la pesadilla de la desilusión de los colombianos. La brecha, cada día es más grande, como enorme es el abanico de candidatos para lanzarse al Senado en la próxima legislatura que supera en más de 2.700 candidatos en todo el país para 268 curules.

Parece un chiste pero no lo es, como tampoco que hasta los más reconocidos humoristas de la radio quieren pertenecer a este selecto grupo de honorables parlamentarios; entre tanto, José Humberto y millones de colombianos tendrán que seguir trabajando muchas horas diarias para un sustento mínimo. 

Cualquier colombiano del común es libre de aspirar a una alta dignidad trabajando tres días a la semana, con camionetas en Bogotá y sus regiones, con una buena dosis de medicina prepagada, con dos vuelos semanales en primera clase y con un modesto apartamento en una zona exclusiva de la ciudad, todo, por una módica suma de 24 millones de pesos, y qué casualidad, siempre hay unos pocos sacrificados que quieren trabajar por el país: los Galán, los Lara, los Gaviria, los Lizcano, los Gechem, los Char. ¿Votarías por el mono? Él también trabajaría por el país y por ese sueldo no sería ningún sacrificio enaltecer el talante y el empuje del común de los colombianos que también son gente bien. Recuerda, vota bien.



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