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Opinión

  • | 2017/06/15 12:19

    Saber y decidir

    ¿Es lícito apelar al temor de la colectividad para motivar decisiones interesadas, oportunas desde el debate ideológico, pero que proponen resolver temas de fondo haciendo pasar opinión por conocimiento?

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La asimetría entre el conocimiento oficial respecto al popular es gigantesca, sea que el primero esté basado en ciencia racional y robusta o en el método Trump, utilizado por decenas de tiranos o mercaderes para justificar la “verdad” de las decisiones interesadas que toman; o que el segundo provenga de tradiciones consolidadas como en el caso de los pueblos indígenas, o de esa mezcla de preceptos y juicios que hacemos cotidianamente sin ningún fundamento.

El conocimiento popular es apasionante cuando en la vida cotidiana emergen las recetas para cuidar la gripe, los secretos culinarios, las maneras amorosas de conversar con las mascotas. También cuando encierra sorpresas asociadas con tradiciones perdidas y modos inusitados de hacer las cosas, que no solo traen recuerdos sino reviven por un instante toda una forma de mirar el mundo. Era reconfortante en mi infancia rezar en las noches el ángel de la guarda que la abuela me enseñó en catalán, no porque creyera que me protegía de malos pasos, sino porque era el símbolo de su preocupación por mí: ella era el ángel.

El conocimiento popular es también el mecanismo para lidiar con las miles de decisiones de cada día que no vienen en la cartilla del parto. ¿Será bueno dormir boca arriba o de medio lado? ¿Es más fácil conquistar pareja pecosa con perfume de granadilla? ¿Comer camarones por la noche es indigesto? ¿Invierto los ahorros de mi vida en la pirámide del sobrino? Para la única especie animal que parece hacerse preguntas constantemente, la racionalidad puede ser una tortura, aunque no tanto como esa faceta detestable de la opinión “amigable” que “sabe lo que te conviene” y que, haciéndose pasar por experiencia, solo pretende que las demás personas hagan caso: ahí nace el conflicto entre saber y poder, cuando creemos tener derecho a recomendar algo y no sabemos distinguir si lo hacemos por expandir nuestro ego o para hacer del mundo un lugar mejor.

Otra faceta del conocimiento popular, que también nos permite seguir adelante cada día, es aquella que asimila fe y confianza con saber. De hecho, pocas personas podrían describir mínimamente el mecanismo bioquímico mediante el cual una agüita de hierbas o una píldora de ácido acetilsalicílico calman una jaqueca, pero hacemos docenas de juicios inútiles para preferir una opción. Así, día a día circulamos por el mundo haciendo cosas automáticamente, algunas recomendadas por los abuelos, otras por la televisión, los maestros, el cura, el profesor, la vecina, sin saber que la mayoría de comportamientos automáticos adaptativos provienen de la ciencia y el buen uso de la tecnología, que a su vez descansan en los pilares de la filosofía. Y tratamos de controlar la publicidad engañosa.

Toda esta digresión, por supuesto, para pensar en el conocimiento que debería alimentar las consultas populares, los referendos coyunturales o los acuerdos climáticos: ¿es lícito apelar al temor de la colectividad para motivar decisiones interesadas, oportunas desde el debate ideológico, pero que proponen resolver temas de fondo haciendo pasar opinión por conocimiento?

Circulamos entre los extremos de la propaganda cómplice del mercantilismo y los discursos fervientes de quienes de manera iluminada parecen saber lo que es mejor para la humanidad. En medio, el conocimiento de las ciencias, que por dudar de todo siempre será juzgado como tibio, así apele apasionadamente a la razón.

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