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Opinión

  • | 2017/06/27 16:26

    La envidia

    Recordemos que, explotando emociones y frustraciones sociales de esta clase, Chávez llegó a ser presidente de Venezuela hace décadas; el año pasado, el Reino Unido votó retirarse de la Unión Europea; y apelando a los mismos miedos, celos y pasiones, en el 2016 Trump fue elegido presidente de los Estados Unidos.

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Para nadie es un secreto que, por ADN, mala crianza, la herencia colonial, costumbre o por lo que sea, Colombia es un país en donde hay que hacerse perdonar la inteligencia y donde se castiga el éxito.

A diferencia de sociedades de tradición webberiana, donde la prosperidad es validada con dimensiones sobrenaturales y ascéticas, nuestra herencia sociocultural, fuertemente determinada por los prejuicios de la colonización española y un modelo de producción proclive a las inequidades, hace que se mire con desconfianza el progreso de terceros, en especial de aquellos que no sean considerados herederos legítimos de las ventajas económicas o sociales que nuestros imaginarios han reservado inconsciente o conscientemente solo para unos cuantos.

Es entendible que dicha desconfianza se manifieste en regiones en las que aún se viven culturas seudofeudales o en la capital donde las opciones de acceder al poder ejecutivo se las disputan hijos, nietos, o bisnietos de quienes en su momento el mismo establecimiento coronó como "cesares". Eso, en un teórico estado igualitario, es premoderno, chocante y molesto, pero caso diferente es el de nuestro país donde la urbanización y la educación permitieron el surgimiento de una clase media critica, educada y con las aspiraciones legítimas de cualquier actor en una economía de libre mercado que, sin pertenecer a las tradicionales estructuras de privilegios, surgen y se destacan. Pero se ha convertido casi en una regla tácita que estos casos generen reacciones en gavilla para atajar a como dé lugar, a las buenas o a las malas, con verdades o injurias, a ese fulano o fulana, que osó salirse del pelotón por esfuerzo, sagacidad, perseverancia, inteligencia o en general, por méritos propios.

Las descalificaciones de rigor las conocemos: "loba", "corrupto", "se acuesta con el jefe", "lambón", "traqueto", "trepadora", en fin, todo un glosario de términos despectivos que en últimas no hacen sino desnudar esa baja pasión que es la envidia, la cual pulula en nuestra patria y que explica tal vez por qué nos ha sido tan difícil desarrollar un sentimiento compartido de nación, y por lo que carecemos de un elemento fundamental para la viabilidad pacifica de cualquier sociedad: Capital Social.

En el seno de la envidia se incuban muchas de las pasiones que causan desde las guerras hasta los rompimientos más trágicos y tristes de lazos en amistades entrañables, pasando por los odios incomprensibles entre pueblos y naciones. En los estudios morales del comportamiento humano la envidia es considerada como un dolor del sujeto por el bien que disfruta su prójimo, que bien puede ser cercano o lejano, dependiendo del alcance de la imaginación y el grado de la patología acompañante. Caín escribió la primera tragedia humana cuando su alma se oscureció pensando que Jehová, su Dios, se mostraba más propicio con su hermano menor, Abel; y con engaño lo llevó al campo y lo mató. La sangre que se ha derramado por causa de la envidia ha permeado las distintas actividades del hombre tanto, que ni las más nobles como las ciencias, las artes, las religiones, la política o las universidades, se han podido vacunar contra su destructor veneno.

En esencia todos podemos sentir arranques de envidia, pero un entendimiento racional, unido a una voluntad forjada en el bien, podemos reorientar su fuerza hacia la sana emulación, el trabajo en equipo y hasta la nobleza de reconocer lo bueno del adversario gratuito y convertirlo en una meta para el crecimiento personal. Esta posibilidad es lo que justifica la educación en valores o lo que hoy se denomina la formación de la inteligencia emocional o social de los educandos.

La envidia, como sentimiento inherente al género humano, no es reducible a una época en particular. Sin embargo, cuando se analiza a fondo la dinámica social que las fuerzas de la modernidad han desatado, resultan evidentes asociaciones muy específicas entre variables como la libre competencia y la ambición; la igualdad y la envidia; la propiedad individual y el egoísmo. Alain de Boton en su obra Status Anxiety reflexiona cómo la ganancia marginal en materia emocional con ocasión de una promoción o un aumento de sueldo decrece cuando descubrimos que uno de nuestros pares recibió un beneficio similar o superior al nuestro.

Si evaluamos con la distancia necesaria, la saña y brutalidad que acompañan los episodios más sangrientos de la violencia política en Colombia solo serían explicables a causa de una envidia que degeneró en odio y deseo de venganza consecuente con el degradante modelo de inequidad que comentamos arriba. A John Rawls, el autor de la teoría transaccional de la justicia más estimada en el mundo académico, tampoco se le escapa cómo la aspiración de igualdad puede degenerar en los sentimientos negativos de odio y venganza en medio de conflictos violentos como el que se escenifica en Colombia. Precisamente, esta es la tesis del escritor e investigador social colombiano Fernando Cruz Kronfly quien, en su ensayo titulado “La Luz”, hace una disección de nuestras pasiones para leerlas según las claves de las desigualdades desmoralizadoras en que se han dado las relaciones sociales, económicas y políticas en Colombia con mayor distorsión en las zonas rurales, teatros recurrentes de los desplazamientos y asesinatos de campesinos a manos de gamonales investidos del poder irregular de las armas.

Descendiendo a una escala más regular de las relaciones cotidianas, no es menos preocupante la destrucción que instaura la envidia en el tejido de las relaciones interpersonales y el trabajo de las organizaciones. Este hecho llamó la atención del escritor José Ingenieros, quien en uno de los ensayos más incisivos de la sociología moderna nos describe “El hombre mediocre” como el ser frustrado que, víctima de las pasiones guiadas por la envidia, entrega sus energías en armar conspiraciones contra las empresas que ocupan a quienes deciden entregar sus talentos en las obras que empujen la evolución humana y su desarrollo hacia los fines más altos de la ciencia, la tecnología, las artes y las religiones redentoras.

Hoy nos encontramos los colombianos ante una de esas encrucijadas en las que un pueblo o una nación se juegan el porvenir. Es muy angustiante que los responsables de la orientación política profundicen cada día más las divisiones por motivos tan deleznables como las vanidades entre egos que buscan el reconocimiento de la historia no por la sana rivalidad de liderazgos ciudadanos, sino mediante las banderas de los sentimientos más negativos como la envidia, el odio y la irascibilidad vengativa.

Recordemos que, explotando emociones y frustraciones sociales de esta clase, Chávez llegó a ser presidente de Venezuela hace décadas; el año pasado, el Reino Unido votó retirarse de la Unión Europea; y apelando a los mismos miedos, celos y pasiones, en el 2016 Trump fue elegido presidente de los Estados Unidos. Ojalá para el 2018 en Colombia, no sean esta clase de pasiones las que decidan. Difícil.

*Rector Universidad Autónoma del Caribe

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