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Opinión

  • | 2000/12/04 00:00

    Constitucionalismo y simplismo

    Una razón - tal vez la principal - de los fallos absurdos es querer que se cumplan los absurdos que prometió la Constitución

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Lo malo de las sentencias absurdas de la Corte es que no son absurdas. Pero lo malo de la Corte es que sus críticos tienen la razón. Y el resultado malo de este trabalenguas es que el remedio que viene va a empeorar la enfermedad.

El trabalenguas se debe a que los fallos de la Corte Constitucional no tienen uno solo sino una variedad de motivos mucho, poco o nada razonables. Claro está que sólo Dios podría decir cuánto pesó cada motivo en cada decisión. Y claro también está que la Corte y sus amigos no ven sino los motivos válidos mientras los críticos no ven sino los dudosos.

Lo mismo podría decirse de todos los tribunales y de todos los países. Pero a partir de 1991 se produjo en Colombia una singular sobredosis de estímulos al activismo y a las sentencias desconcertantes de la Corte. Y así, a falta de una explicación, hay seis o siete explicaciones distintas de porqué los magistrados fallan como fallan.

1. La Constitución tiene virtudes y valores muy grandes, pero igual quedó larga, prolija, promesera y ambigua. De suerte que una razón —tal vez la principal— de los fallos absurdos es querer que se cumplan los absurdos: que un colegio privado no cobre matrícula, que el ISS costee enfermedades ruinosas, o que ningún salario pierda con la inflación.

2. Aquí se vive de violar la ley. Así que la principal razón del desconcierto también podría ser que a los magistrados les dio por tomar en serio la Constitución: hay miles de colegios que asaltan al usuario, un ISS que vive de poner conejo y un 60 por ciento de trabajadores a quienes les birlan el salario mínimo.

3. Los fallos más desestabilizantes son culpa pura y simple de nuestros estadistas: la Ley del Plan que fue mal tramitada, la de Isagen que fue mal licitada, la de los trámites que se hizo mal tres veces, la del Upac que excedía facultades…

4. La Constitución es nueva y el país vive enredado, así que faltan desarrollos legales y la jurisprudencia aún no se decanta. Lo uno explica las llamadas “sentencias integradoras”, donde la Corte llena los vacíos de la ley —o sea que legisla de lo lindo—; lo otro explica los bandazos que sin duda han menudeado en estos años.

5. Crear una jurisdicción especializada ya de por sí estimula el activismo. Y además el Artículo 241 de la Carta da más poderes a la Corte de los que tienen sus homólogas de cualquier otro país: guardar “la integridad y supremacía de la Constitución” frente a leyes, sentencias, tratados y acciones de tutela de todo rango e índole.

6. A lo cual —en mi modesta opinión y la de muchos— la propia Corte ha venido añadiendo poderes que la Constitución no le confió: desconocer el principio de cosa juzgada, calificar de fondo la declaratoria de un Estado de excepción, escoger la fecha de vigencia de sus fallos, explicar sus sentencias ante los medios, darle plazo al Congreso para que legisle, realizar audiencias políticas, producir “sentencias integradoras”, u ordenarle al gobierno o a un particular que lleve a cabo acciones específicas (recalcular un crédito, devolver un impuesto…).

7. Y queda el detalle de las ideologías o, para no ofender, de la escuela jurídica de cada magistrado. La escuela “constructivista”, según la cual el juez debe crear leyes. La doctrina social de la Iglesia, que José Gregorio confunde con la ciencia económica. El marxismo, con perdón, vulgar, que revive la tesis del valor-trabajo y no logra entender la transformación del valor en precio que Marx desarrolla en el tomo III de El Capital.

Mi moraleja es menos enredada: hay el peligro de un remedio simplón a una dolencia compleja y matizada. Dicen unos que cambiar de Constitución. Dicen otros que acabar con la Corte. Que anexarla a la Corte Suprema. Que prohibir los fallos integradores. Que elección popular de los magistrados. Que llevar economistas. Que escogerlos de otras escuelas jurídicas.

Yo me conformo con que Dios nos libre de tanto curandero improvisado. Y que nos libre, sobre todo, de la Corte que está por llegar. Mientras los ingenuos divagamos, cada grupo de presión que hay en Colombia rebusca, veta, intriga y gasta en busca de un amigo-magistrado. Al fin y al cabo en este tiempo todo mundo entendió dónde estaba el poder decisivo del Estado.
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