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Opinión

  • | 2017/04/20 08:04

    Degradación relativa

    Para construir un planeta sostenible necesitamos la ecología, en su sentido amplio, y la ecología política. De otra manera será imposible.

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El argumento central del debate ambientalista se centra en la valoración subjetiva o empírica de los niveles de degradación que las actividades humanas imponen a los ecosistemas de los cuales hacemos parte y dependemos. Las ciencias ambientales han desarrollado criterios y métodos para evaluar las transformaciones del suelo, el agua, el aire y la biodiversidad, los cuatro componentes que interactúan funcionalmente y permiten a las sociedades prosperar, estén en el Ártico, el Sahara o el Amazonas, sin que sea necesario identificar cambio con catástrofe: hay umbrales. Por supuesto siempre cabe considerar a la humanidad una plaga fatal de escala planetaria, pero esta afirmación solo es útil como reflexión ética; si el destino está escrito, no hay nada que hacer.

La discusión pública y política acerca de la degradación es más complicada, pues tenemos un sesgo vivencial e informativo muy grande, como saben y manejan los medios de comunicación y los líderes sociales, para bien y para mal. Por una parte, los cambios ambientales son percibidos por el cerebro como amenazas potenciales, ya que el ritmo de adaptación evolutiva a los mismos es mucho más lento en la biología que en la cultura en la cual, por otra parte, la comunicación en circuitos locales tiende a cerrar los discursos y a limitar procesos de integración, como demuestra el tema de las consultas mineras y otras resistencias. Ese desfase podría llevarnos a clasificar la construcción de ciudades, embalses, vías o agricultura como desastres ambientales y paisajes degradados a priori, dado que implican profundos cambios sociales y ecológicos. En general, a afirmar que la cultura material moderna es sinónimo de degradación y a mirar con nostalgia estados inexistentes de la historia, sin recordar que la experiencia humana es única en el planeta y que todas las decisiones que tomamos son experimentales, haciendo de la gestión del conocimiento la música al ritmo del cual se mueven los brazos de Shiva, el destructor de mundos.

La noción de restauración también se hace relativa a las escalas de espacio y tiempo en las cuales se mueven los procesos de cambio ambiental: una mina o un arrozal implican un cambio drástico del paisaje local, pero su impacto puede diferirse o absorberse adecuadamente en el tiempo y el espacio y ese proceso además es susceptible de ser diseñado y mejorado con el ingenio humano. Muchas minas, muchos arrozales tal vez ya no sean deseables, pues pueden transgredir umbrales o puntos de no retorno, pero la decisión dependerá de combinar información en varios niveles, algo que aún se nos dificulta: las transferencias de degradación se conectan haciendo aceptable la desaparición local de una especie de planta, por ejemplo, si y solo si no es letal para sus poblaciones o su futuro evolutivo plausible. Podemos desecar un humedal, siempre y cuando lo podamos reemplazar de manera equivalente, incluso apelando a modelos híbridos tecnológicos. Para eso está la ingeniería de los ecosistemas y en ello el país debería invertir una buena parte de sus recursos de regalías: planificar con criterio los niveles adecuados, seguros y equitativos de transformación, degradación y restauración que requiere la gestión ambiental. Gracias a este principio dibujaríamos, ojalá con más gracia que en el presente, los paisajes de nuestro país.

La ecología, en su sentido más amplio, es la ciencia que provee el conocimiento para destruir y reconstruir en las justas proporciones. La ecología política, es la disciplina que nos permite discutir las implicaciones sociales de esas decisiones. La combinación de las dos, la clave para construir un planeta sostenible.

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