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Opinión

  • | 2011/04/27 00:00

    Construye realidades

    Utilizamos el lenguaje sin darnos cuenta del poder que tienen las palabras, sin ser conscientes de que con lo que decimos profetizamos cosas que acaban cumpliéndose; el lenguaje construye realidades.

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En Bogotá, el uso del ‘pero’ es muy frecuente. Basta con llegar a un restaurante y preguntar si hay mesa. El mesero lo piensa y al cabo de unos minutos dice: “Sí, pero sólo en el segundo piso”. Si hay mesa, ¿para qué el pero? ¿Acaso el cliente dijo que quería una mesa en el primer piso? ¿El segundo piso no es tan ‘bueno’ como el primero? El ‘sí’ inicial se borra al haberle añadido el ‘pero’ y la sensación que queda –inducida por la respuesta del mesero-, es que tal vez el segundo piso no es el mejor sitio para comer.
 
Los expertos en PNL (Programación Neuro-Lingüística) que han estudiado el funcionamiento del cerebro por años, proponen que la palabra “pero” borra todo lo inmediatamente anterior: “Estoy feliz pero…”, el ‘pero’ borró lo anterior. Utilizamos el lenguaje sin darnos cuenta del poder que tienen las palabras, sin ser conscientes de que con lo que decimos estamos profetizando cosas que acaban cumpliéndose pues el lenguaje es una herramienta que construye realidades. “Es que todos los tipos son unos hp…” me decía una paciente. Aunque la experiencia que ella había vivido con ‘todos los tipos’ con los que había estado había sido esa, al decirlo en esa forma lo vuelve una ‘verdad única’ imposible de cambiar.
 
Con frecuencia, les pregunto a los pacientes si para ellos la realidad es lo que a uno le ocurre o lo que uno hace con lo que a uno le ocurre. Hasta el momento, todos me han respondido lo segundo. Para ilustrar esto de manera más clara, les ponía a unos estudiantes el siguiente ejemplo. Cuando uno abre las cortinas por la mañana en Bogotá y ve que diluvia, tiene dos opciones: una, maldecir la ciudad, odiar el clima, enfurecerse porque no para de llover, pensar que se va a mojar todo el día, etc. La otra es decir: ‘¡Uy! ¡El día está perfecto para estrenarme las botas de caucho de colores que me regalaron!
 
En el primer caso, al finalizar el día, seguramente sea esa la realidad que vivió esa persona: se lavó, llegó a la casa tan furiosa como se levantó, sigue renegando por el clima, porque no ha parado de llover y termina diciendo: ‘…Lo que me faltaba, ahora me va a dar gripa. ¡Yo sabía desde esta mañana que me levanté y vi el clima!’, me decía una paciente al día siguiente. En el segundo caso, la persona se va a su trabajo caminando entre los charcos, disfrutando de estrenar sus botas y al llegar a su casa por la noche, no se ha mojado la punta de la media. La realidad ‘objetiva’ es la misma, la vivida es otra.

Esto mismo vi trabajando con unos padres que llegaron a la primera consulta preocupados porque sus hijos estaban teniendo problemas disciplinarios y académicos en el colegio. A medida que avanzamos en diseñar estrategias para el manejo del problema, ellos se comenzaron a dar cuenta del lenguaje que utilizaban para referirse a sus hijos, pues aunque en el trato directo con ellos no lo hacían en malos términos, en privado se referían a ellos como “este chino marica” o “típico de este huevón”.
 
Al tomar consciencia de esto, asumieron el reto de reemplazar esas palabras por otras que ellos mismos escogían en los momentos de rabia y malestar, lo que no sólo empezó a generar cambios en la relación con sus hijos, sino también en la relación de ellos como pareja: ya no se alteran tanto cuando discuten sobre sus hijos, han empezado a ver más soluciones a los problemas que van surgiendo y la tensión que se había generado entre los miembros de la familia, ha ido disminuyendo notoriamente. Tanto así que en la última consulta contaban con alegría que cuando están conversando y a alguno todavía se le sale una grosería, se pega una palmada en la boca, se atacan de la risa, se acompañan y se ayudan a evitar el uso de esas palabras. La realidad ‘objetiva’ es la misma –pues con los niños siguen surgiendo nuevos desafíos todos los días- pero la manera de abordar y vivir cada situación difícil es distinta.

Ser consciente diariamente del lenguaje que usamos es complejo y exigente por el hábito que tenemos de usarlo sin pensar. Empezar a cambiar el uso de algunas palabras -como el ‘pero’ después de una frase positiva-, preguntas y generalizaciones, genera pequeños cambios que producen un ‘efecto avalancha’: los efectos iniciales casi no se notan y parecen débiles, pero terminan por generar enormes cambios. Generalizaciones como la que me hacía la paciente sobre los hombres pueden cambiarse por frases como “los tipos con los que he estado hasta ahora han sido una chanda”. Se refiere a algo que efectivamente ocurrió, pero no convierte lo ocurrido en una ‘verdad eterna y universal’. Queda abierta la posibilidad a que los hombres que conozca puedan no seguir siendo unos ‘hp’.

Cuando enfrentamos dificultades tenemos la tendencia a preguntarnos: “¿Por qué me ocurre esto a mí?” Con esta pregunta estamos responsabilizando a otros por lo ocurrido –Dios, el universo, el destino, la humanidad-. Si reemplazamos esa pregunta por “¿Para qué me ocurre esto?”, asumimos la responsabilidad de investigar cuál es la enseñanza que nos deja cada experiencia y así devengamos un aprendizaje de cada situación, aprendizaje que nos ayuda a ser conscientes y a evitar la futura repetición de los mismos errores. No somos responsables de lo que nos ocurre, pero sí de lo que hacemos con lo que nos ocurre, por lo que empezar a hacer pequeños cambios en el lenguaje se vuelve un reto cotidiano y divertido para cada persona, pues poco a poco va cambiando sus actitudes, comportamientos y, finalmente, la realidad que se va construyendo.

Ximena Sanz de Santamaría C.
Psicóloga – Psicoterapeuta
xsantamaria@gmail.com
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