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Opinión

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Voy a responderle a Alfredo Iriarte el artículo que, con un "se ruega contestación", me dedicó la semana pasada en las Lecturas Dominicales de El Tiempo. Si esto no es hacer obra de caridad, que venga la madre Teresa de Calcuta y lo vea.
A propósito de la madre Teresa me dice Iriarte que el haberla llamado "monja senil" es "un agravio inicuo", "una sandez" y "un exabrupto demencial". No. Es una mera descripción. Y ni siquiera es un invento mío: porque estaba senil, las propias monjas de su orden habían apartado de la dirección a la madre Teresa y la habían sustituido por otra más joven, la hermana Nirmala. Iriarte, reverencial pero erróneamente, se empeña en describir a la difunta como "un ser gracias al cual miles y miles de menesterosos, enfermos, desvalidos, infantes y ancianos gozan hoy de una existencia plácida y segura". Pero resulta que, así como mi escueto diagnóstico clínico se ajusta con exactitud al lamentable estado de la anciana mujer, el verbososo encomio lírico de Iriarte está equivocado de medio a medio. Nadie goza hoy de una existencia plácida y segura gracias a la difunta madre, porque su dedicación consistía precisamente en lo contrario: en ayudar a bien morir a los desahuciados. Ella misma calculaba que cerca de 40.000 habían muerto en sus brazos; lo cual es sin duda admirable, pero, repito, es exactamente lo contrario de lo que a Iriarte le parece admirable.
Y ahí está el busilis del asunto (para usar, como Iriarte, rebuscados voquibles): en que la gente, como Iriarte, habla sin el menor rigor. Así, a Iriarte le hubiera bastado una "somera revisión" (la expresión es suya) de mis artículos de prensa para saber que no es cierto lo que dice de ellos. Que no es cierto, para empezar, que yo "fusile mientras llega la orden": no recibo órdenes. Que tampoco es cierto que yo use en mis "réspices" (contestaciones malhumoradas, lector sin diccionario) "golpes no reglamentarios": los otros me bastan. Que no es cierto, en fin, que sea una "fórmula infalible para granjearse mi afecto" la que él propone: disfrazarse de torero. Es justamente al revés, porque lo que de verdad suscita mi indignación y mi desprecio, como puede comprobarlo cualquiera que revise someramente mis artículos, es el disfraz: la mentira, el engaño, la falsedad, el fraude; y eso, "en cada quisque", empezando por los toreros.
Y, sobre todo, no es cierto que yo nunca elogie a nadie. He elogiado muchas veces (revise someramente, don Alfredo) no sólo a los toreros (si lo son de verdad, y no están simplemente disfrazados de toreros para que les tomen fotos), sino a muchos artistas, a muchos poetas, a muchas mujeres bellas: o feas, pero que no pretenden a base de potingues y cirugías fingirse bellas. He elogiado inclusive a algunos políticos cuando, en vez de politiquear, hacen y dicen lo que de verdad piensan: al general De Gaulle, pero no al farsante de Mitterrand; a Mao tsé Tung, pero no al mentiroso de Nixon. Elogio todo lo que no es simulación: lo verdadero. Y sólo elogio cuando el elogio es verdadero él también, y no falso. Por eso al elogiar a Manolete no digo que inventó la manoletina. Pero si digo que no la inventó no es por "entonces sí quedar contento", como cree Iriarte. Sino sencillamente porque Manolete no inventó la manoletina.
Debo reconocer que elogio con menos frecuencia de lo que quisiera, pero es por conciencia profesional: soy un comentarista de actualidad, y casi toda la actualidad es una farsa. Quien debería entender esto mejor que nadie es el mismo Alfredo Iriarte, que escribe cada semana una columna titulada 'Rosario de perlas' en la que denuncia indignado los numerosos errores y gazapos que se cometen en la prensa. Yo la leo con atención, y no sólo someramente (y muchas veces he encontrado en ella perlas del propio Iriarte del tamaño de la famosa 'Peregrina' que fue de Felipe II y ahora es de Elizabeth Taylor): pero nunca he visto que ahí se alabe a nadie por un gerundio bien traído o un adverbio bien puesto. (No he visto, por ejemplo, una felicitación a D'Artagnan por haber aprendido por fin a usar con relativa propiedad la conjunción adversativa 'empero').
Pero el problema no se reduce a Alfredo Iriarte, sino que es general. En Colombia, nación de lambones, todo lo que no sea lambonería cruda y descarada, y mejor si es mentirosa, es visto como 'negativismo'. No es casualidad que ninguno de los cuatro periodistas que menciona Iriarte en su artículo -Jorge Zalamea, Eduardo, Lucas y Enrique Caballero-, que fueron grandes en su oficio pero jamás fueron lambones, tampoco recibieran jamás un premio colombiano de periodismo.
Nota: como una modesta contribución a su próximo 'Rosario', cito unas pocas perlas pescadas al azar en el artículo de Iriarte.
Quevedo, "digno émulo" de Zalamea. No. Ni recurriendo a la paradoja de Borges según la cual cada autor crea a sus predecesores es posible llamar "émulo" a alguien muerto tres siglos atrás antes de que naciera el modelo emulado.
"Sus espadas de gladiadores". Hombre, no. Las de los gladiadores no son precisamente las espadas más dignas de admiración. Solían ser esclavos, y era siempre mercenarios.
"Casi tío". No, no. Tío a secas. No cabe el adverbio 'casi' para definir un grado preciso de consanguinidad. Se es tío o no se lo es.
"La Santa Inquisición Antonina". Tampoco. La Inquisición, como su nombre lo indica, se limitaba a inquirir, o sea, a averiguar. No juzgaba ni condenaba, funciones reservadas al llamado 'brazo secular': la justicia del Reino.
En fin. No quiero alargarme.
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